“Barcos de papel” – Capítulo 29 c

Por Dionisio Rodríguez Mejías.

3.- El drama.

Notaba que el corazón me latía como una locomotora y empecé a sentir frío. Ya estaba decidido a ir a buscarla, cuando la vi salir del edificio y venir hacia mí. Tragué saliva y le di gracias a Dios. Me echó los brazos al cuello y me besó. Siguiendo con mi papel de hombre duro, le empecé a echar una reprimenda, muy enfadado.

—¿Se puede saber por qué has tardado tanto? No sé el tiempo que llevo esperándote. Si no he subido a buscarte ha sido por si la grúa se llevaba el coche; pero ya me empezaba a desesperar. ¿No lo entiendes?

—Perdona, Berto; sólo ha sido media hora.

—De media hora, nada. Pero no discutamos. Vámonos de una vez.

Lo pensé durante un momento y creí que había llegado el momento: saqué la bolsita del anillo y la abracé con todas mis fuerzas.

—Perdona, si he estado un poco brusco. ¿Vale? Me tenías preocupado, pero ya pasó todo. Olvídalo. Olga, mira lo que te he comprado. ¿Verdad que es precioso? Lleva grabadas nuestras iniciales. ¿Te gusta? Me han dicho que si no es de tu medida te lo ajustarán —dije, mostrándole el anillo con orgullo—. ¿Querrás casarte conmigo? Lo he pensado mucho; no me refiero a hoy, sino cuando lleguemos a Madrid. ¿Qué me respondes?

Todavía siento escalofríos cuando recuerdo aquel momento. A punto de llorar, con una infinita expresión de tristeza en sus ojos, me contestó.

—Perdona, Berto, pero yo no me voy.

—Olga, por favor —contesté sin poder dar crédito a sus palabras—.

—Berto, esto es una locura, ¿no lo ves? Sería un desastre.

No lo podía creer. Hay momentos en la vida en que nos gustaría morir antes que soportar una decepción tan inconcebible. Se produjo un silencio, se me hizo un nudo en la garganta y me quedé sin habla, incapaz de encontrar la respuesta adecuada. Era ella la que me intentaba consolar.

—Berto, no te enfades.

—¿Cómo puedes decir que no me enfade? Cállate, Olga. Cállate, por favor. Por ti he renunciado a mi carrera, a mi futuro, a cuatro años de trabajo…, y sería capaz de renunciar hasta de mi vida. No me puedes hacer esto. No puedes dejarme. Por favor, piénsalo. Dime que no es verdad lo que acabo de oír. Te compraré discos, vestidos, iremos juntos a todas partes. Anda, ponte el anillo, no sabes con qué ilusión te lo he comprado. Olga, no me dejes; por favor.

—No, Berto —me interrumpió rechazando el anillo—; no puedo irme contigo. Le he contado a Luis lo del aborto y eso le ha hecho decidirse. Me ha prometido que dejará a su mujer y a su hijo. Dice que me comprará un piso y lo pondrá a mi nombre. Y ha dicho también que, cuando Franco muera, se podrá divorciar y nos casaremos. Compréndelo. Eres maravilloso, un pobre estudiante que no sabe nada de mí. Te he mentido desde el principio. ¿Te das cuenta? Sólo tengo diez y ocho años. Soy una menor. Por eso, siempre me reía cuando me preguntabas la edad. Ha amenazado con denunciarme, si me voy contigo. Lo siento, Berto, de verdad; lo siento. En serio, eres muy importante para mí y no quisiera hacerte daño.

roan82@gmail.com

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