“Barcos de papel” – Capítulo 12 b

Por Dionisio Rodríguez Mejías.

2.- Adiós, delegado. ¡Que te diviertas!

A punto estaba de tirar la toalla, cuando Oriol Escudé ‑director de la Escuela‑ y una joven profesora, Ana Llorens, al verme en aquel estado acudieron en mi ayuda, creo que por lástima. Me hubiera gustado encontrar las palabras apropiadas para darles las gracias; me hubiera gustado decirles algo inolvidable; pero, como siempre me ocurre en ocasiones parecidas, me quedé mudo. Escudé y Ana parecían seres de otro planeta: iban de aquí para allá sin preocuparse del frío, golpeando el suelo con las botas, organizando a los muchachos, animándolos con voces y sacudiéndose la nieve de los anoraks, equipo y contagiando a todo el mundo con su entusiasmo y vitalidad. En pocos minutos, colocaron en el tren sacos, mochilas, palos y esquíes, e instalaron a los chicos por edades: los pequeños en el primer vagón, y los mayores en el segundo y el tercero.

Desde el andén, los padres les repetían que se portaran bien, que no dejaran comida en los platos, que esquiaran con prudencia y que se lavaran los dientes antes de ir a dormir. Luego, mientras el tren se alejaba de la estación, les decían adiós con la mano. Yo permanecí pegado a la pared, sin perder de vista mi maleta y las botas, hasta que todos estuvieron instalados. Luego subí al tren y oí que alguien me llamaba desde abajo:

—Adiós, delegado. ¡Que te diviertas!

Era el chófer que me decía adiós agitando los brazos. Como no me gusta la gente que todo se lo toma a chirigota, hice como que no le oía. Se oyó cerrar la última puerta del vagón, luego un leve silbido y, a continuación, el ruido sordo de la máquina iniciando el ascenso. En un instante, el andén quedó vacío. Arriba, la montaña permanecía oculta tras la densa capa de niebla, como un viejo lobo receloso. La gente hablaba del mal tiempo, del hotel, de las nuevas fijaciones automáticas, que en caso de caída se liberaban de la bota, y que este año intentarían bajar la Pala bestia esquiando en paralelo.

Escudé debía de tener alrededor de cincuenta años; era un hombre de aspecto distinguido, fuerte y sarmentoso, de semblante afable y conversación inteligente; tenía los ojos claros, el pelo blanco, maneras correctas y la piel curtida, como de cuero. Antes de sentarse, se quitó los guantes y se frotó el rostro con las manos mojadas.

¡Bon dia, delegat! ¿Qué le pasa al amigo Reyzábal? ¿No se encuentra bien?

—Sí, señor; se encuentra muy bien, pero se ha echado novia en su pueblo y pasará con ella las Navidades. Por eso vengo yo.

Sonrió con gesto comprensivo y se marchó a la cabina con el maquinista. Dentro del vagón, el ambiente era cálido y agradable. Me quedé más tranquilo escuchando los comentarios de los pasajeros y observando la alegría de los muchachos. Me quité el impermeable para sacudirlo, lo coloqué encima de la maleta y me quedé con el traje gris, la camisa blanca y la corbata. Lo peor eran los pies. Aquellos zapatos estaban bien para Barcelona, pero no para andar por la nieve. Mientras contemplaba el paisaje por la ventanilla, pensaba en el disparate que acababa de cometer. En eso estaba pensando, cuando la señora del visón le dijo a mi vecino de asiento:

—¿Sabe que, en la habitación 225 del hotel Nuria, se redactó el primer Estatuto de Cataluña?

—Pues no, señora; si he de serle franco, no lo sabía.

—Nosotros la reservamos cada año —dijo, orgullosa mirando a su marido—. ¿Oi, que me entiende?

—Sí, señora; la entiendo perfectamente —dijo el interrogado—. Dormir allí debe ser como dormir en la gloria.

—No me llame señora; me llamo Eulalia Pericot, pero me gusta que me llamen Lali. Hace más fino. ¿Oi, que me entiende?

Luis Brustenga, ajeno a la conversación, me entregó un papel firmado por su padre, rogándome que, el día que pusieran macarrones para comer, le sirvieran cualquier otra cosa, por una de esas alergias tan finolis que tienen los niños de papá. En la fila de detrás, iban dos chicas; pero no eran como las niñas bien de las que me había hablado Reyzábal; me refiero a que no me parecían muy agraciadas. Se sentaron juntas y no paraban de hablar. La de las gafas tenía pinta de niña de colegio de monjas: aplicada, repipi y empollona; y la otra era algo más guapita, pero no mataba. Las dos iban equipadas con sus magníficos trajes de esquí, tan orgullosas, con unos llamativos escudos en la manga, con la bandera francesa. El único que iba vestido como si fuera a misa de doce, con mi traje gris y mi corbata, era yo. De cuando en cuando, las chicas miraban a los pasajeros con suficiencia y hacían comentarios jactanciosos. Gracias a esos comentarios, me enteré que la de las gafas se llamaba Inma y la otra Roser, un nombre muy poco habitual para una muchacha y que yo no había oído hasta aquel día. Se llamará Rosario ‑pensé para mis adentros‑ y le gustará vacilar de nombre. En fin… ¡allá ella! No eran el tipo de chicas con las que yo soñaba. De pronto, se oyó un chasquido metálico, de hierros que se encajaban.

—Empieza a funcionar la cremallera —anunció uno de los viajeros—.

Al ver que lo miraba con interés, se animó a continuar con la explicación.

—Es una barra dentada en la que engrana un piñón de la locomotora, para que el ferrocarril supere la pendiente sin resbalar.

Me hubiera gustado encender un cigarrillo; pero, como nadie fumaba, no me atreví. El calor del recinto empañaba las ventanillas del vagón; limpié el vaho con la manga de la chaqueta y me puse a mirar el recorrido. El tren remontaba la pendiente y, en el fondo del precipicio, se agitaban enormes remolinos de nieve, entre abismos y saltos de agua. Mientras tanto, Lali Pericot parloteaba sin parar, y yo recordaba las mañanas de frío en el colegio, cuando el agua reventaba las cañerías, los chorros de las fuentes se congelaban y las hojas de los árboles parecían de cristal; cuando Yolanda nos untaba las manos con algodones empapados en yodo, para curarnos los sabañones; y cuando al pie de un árbol, entre las hojas secas, encontrábamos algún pajarillo muerto de frío y abandonado allí por la ventisca. En la alta montaña, la calma y el silencio trasiegan recuerdos pasados y las añoranzas más emotivas vuelven a la memoria en esta época del año. Quizás el invierno sea la estación de la nostalgia y la melancolía.

roan82@gmail.com

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