Hombres que dejaron huella en la Safa (2)

Por Juan Antonio Fernández Arévalo.

Dentro de la Compañía de Jesús existen, al menos, dos prototipos que se han ido repitiendo desde su fundación por Ignacio de Loyola hasta nuestros días. El del misionero, cuyo ejemplo más notorio sería Francisco Javier, y el del intelectual, tan unido a la condición de jesuita que sería difícil destacar uno solo (Teilhard de Chardin, sería, quizás, el más significativo). En ninguna otra orden religiosa hay tal abundancia de misioneros e intelectuales. De tal manera es así que la Compañía de Jesús ha jugado un papel estelar en el desarrollo e influencia de la Iglesia católica en todo el mundo a lo largo de la Historia. Los intentos de Juan Pablo II por enmudecer a la Orden, sustituyendo su influencia por la del Opus Dei, han sido injustos, sectarios y, finalmente, baldíos. La elección, por primera vez, de un jesuita ‑el cardenal argentino Bergoglio‑ como Sumo Pontífice de la Iglesia, ha hecho justicia a la única orden (si no estoy equivocado) que tiene como cuarto voto la obediencia al Papa de Roma. Méritos suficientes no les han faltado a los jesuitas para ocupar el lugar más alto en esta monarquía electiva y absolutista, que es la Iglesia católica.

Pues bien, a nivel local, en nuestro colegio, al que tanto amamos católicos fundamentalistas o simplemente practicantes, católicos no practicantes, agnósticos y ateos, que de todo esto hay entre los antiguos alumnos de la Sagrada Familia de Úbeda, quiero resaltar a dos hombres, dos jesuitas, que cumplen perfectamente con estos dos prototipos, sin que esto signifique que uno y otro no tengan incursiones en el prototipo que le es más ajeno o menos propio. Por otra parte, la actividad de ambos la creo complementaria e inclusiva, como ahora se dice. Me estoy refiriendo a dos personalidades muy queridas por mí y, supongo, que por todo aquel que les haya conocido. Son el P. Gómez (José) y el P. Mendoza (Jesús). Más de cincuenta años separó la muerte de estos jesuitas tan ligados a nuestro colegio.

El primero venía de una familia rural, castellana, aunque el P. Gómez tuvo también mucho de andaluz y, desde luego, se integró en Andalucía. Era muy conservador en lo doctrinal y moral, pero muy progresista, si se puede decir así, en lo social. Se entregó a sus alumnos en su dirección espiritual y dio la vida por sus mineros. Era un auténtico torbellino de autenticidad en sus famosas meditaciones, plenas de rigorismo teológico; pero era también un hombre afable y cariñoso en el trato personal. Parece ser, por lo que me han contado, que era un hombre “asustado” ante el más allá, porque dudada y dudaba sobre sus méritos para considerarse predestinado (perdonen el término tan calvinista). Dirigió la Adoración Nocturna de Linares y su contacto misionero con los mineros fue constante. En solitario, con su famosa Vespa recorría a diario el camino entre Úbeda y Linares. Pero un día 19 de marzo, día de san José (él se llamaba José), en el reclinatorio que hay al pie del altar de la iglesia de Santa María de Linares, cuando cumplía 38 años (era el año 1959), sufrió un  infarto fulminante y murió de inmediato. Para cualquier creyente debería ser la muerte de un santo “en la brecha”.

Estas torpes palabras mías pretenden reivindicar la figura de un hombre entregado como ninguno a los demás. Creo que ha sido injustamente olvidado; por eso lo recuerdo en el altavoz que me otorga el medio en el que escribimos algunos (muchos menos de los que sería de desear).

Don Jesús M.ª Burgos escribió un guión radiofónico, que he transcrito porque el original está algo ajado. En él comienza preguntando a sus alumnos: «No habéis contado las estrellas el 20 de marzo». Había nacido una nueva estrella.

Cuando llegó el féretro desde Linares, seguido de una caravana de coches, fue recibido en el colegio por una multitud silenciosa y triste (una tristeza y un silencio que cortaban el aire). Ha sido uno de los días más tristes de mi vida. Don Isaac Melgosa dirigió como nunca el coro en un “Libera me, Domine” vibrante, en medio de sus lágrimas y las de muchos de nosotros, que cantábamos con un nudo en la garganta. Nunca sonó mejor el réquiem de Perosi. Y lo enterramos en la cripta y, tras unos años, se olvidó. La Iglesia católica ha santificado a malas personas, a personas nocivas para la humanidad; y, sin embargo, se ha olvidado de otras como el P. Gómez, que dio la vida por la causa de sus alumnos y por la causa de los pobres. ¿No era eso lo que decía el Evangelio? Nunca lo entenderé.

Aún recuerdo una tarde que se pasó por mi casa. Se sentó, tremendamente cansado, en la cama turca que teníamos en la habitación de la entrada (solo había dos habitaciones) y pidió a mi madre un vaso de agua. Siempre la animaba para que yo fuese jesuita y mi madre se alteraba y él decía que era solo una broma: una mentirijilla. A veces me escribía alguna carta en el verano y siempre era muy cariñoso conmigo y con mis padres. Posiblemente, la muerte del P. Gómez fue el comienzo de mi desencuentro con la iglesia. Aparte de un hombre de acción, de un misionero entre los mineros, fue, sobre todo, un hombre bueno.

Cartagena, un día frío de enero de 2015.

 

jafarevalo@gmail.com

Autor: Juan Antonio Fernández Arévalo

Juan Antonio Fernández Arévalo: Catedrático jubilado de Historia

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