¡Ya es nuestra!

Presentado por Manuel Almagro Chinchilla.

(La Virgen de la Soledad de Úbeda)

En esta ocasión, Ramón Quesada nos cuenta la interesante historia de la cofradía de la Virgen de la Soledad, la más antigua de las existentes en Úbeda, cuyos datos empiezan a tener constancia escrita en 1554, con la expansión de la devoción a las imágenes que imprimió el concilio de Trento. Para el relato, nuestro articulista se remonta nada menos que al año 711, cuando la morisma invade la península ibérica. Un interesante artículo que deja claro, a quienes pugnan por la primacía, el orden cronológico de alguna determinada cofradía de nuestra famosa Semana Santa.

Nos encontramos en el año de gracia de 711. La silla de Pedro la ocupa Constantino de Siria. Hace ya cinco años que el primer valí de Al‑Andalus, Abd Al‑Azín ibn Muza ibn Nusayr, fuera asesinado; y, después de la traición a don Rodrigo por partidarios de Vitiza, Teodomiro, con las fuerzas que puede reunir, se retira a Úbeda, perseguido por Tarif y Muguist, que se habían reunido en Jaén. Los textos cristianos, por los acontecimientos que lo evidencian, insisten en que Santiago el Mayor, hijo de Zebedeo, viene a España el año 30 de la Era Cristiana, desembarca en las costas andaluzas y funda la Iglesia católica.

En uno de los barrios más populares de Úbeda, allí donde radica la artesanía del barro y de la que tanto prestigio adquiere la ciudad, se levanta arrogante y pequeña la iglesia de San Millán, una de las primeras fundaciones cristianas de la población en la que se venera la Virgen de la Soledad. Imagen ‑guapa y dolorida, toda ella creada por la mano del escultor de Córdoba, Amadeo Ruiz Olmos‑ que es favorecida con la más firme devoción de los ubetenses y que hace su recorrido procesional en la tarde y noche del Viernes Santo de la sorprendente Semana Santa de este inmenso jardín, en el que afloran las bellas artes y la historia más ilustre. La devoción a esta Virgen se pierde en el recorrido de los tiempos. Ya la primitiva imagen pertenecía a la época visigoda y, por temor a su profanación, es enterrada y ocultada ante la invasión árabe del siglo VIII, con lo que desaparece durante cuatrocientos años hasta que, en 1161, rigiendo los destinos de la Iglesia el Pontífice Alejandro III, es hallada en un lugar llamado Cruz de Herrera, a unos tres kilómetros de Úbeda. Sitio en el cual los mozárabes le rinden culto y, algo más tarde, la trasladan a la iglesia del barrio de San Millán, que parece que existía ya posiblemente como mezquita y en la que, posteriormente, se adoraron las imágenes de San Pedro Nolasco y San Pascual de Valencia, obispo que fuera de Jaén.

Otro testimonio histórico, que nos confirma en la larga data de la imagen de Nuestra Señora de la Soledad, es el que se refiere a que, en 1234, al conquistar Fernando III la villa del dominio islamita, los caballeros mercedarios que le acompañan fundan en este barrio, caracterizado ya por sus alfares árabes, el convento de la Merced, de la Orden de Franciscanos Mercedarios Redentores, donde la Virgen toma culto hasta 1836, año en que la situación de Úbeda es angustiosa. Faltan los recursos. Las fuerzas, ante el acoso de partidas de salteadores, no quieren salir para no dejar a la ciudad indefensa. Baeza invita a Úbeda y otros pueblos de la comarca a formar confederación para el auxilio mutuo. La desamortización de Mendizábal arruina el templo y la imagen es trasladada a la iglesia de San Millán. Gobierna, por entonces, la Iglesia, Gregorio XVI; reina en España Isabel II y es alcalde de Úbeda el comandante de Caballería don Francisco de Paula Aguilar y Pareja. Desde doscientos ochenta y dos años antes ‑1554‑, la Cofradía de la Soledad tiene la autorización de sus estatutos y es a partir de esta fecha cuando se la puede considerar fundada.

Continuando con la historia o apuntes positivos de la virginal figura de María en su Soledad, que se honra en Úbeda, y si bien el hecho en sí está dentro de la realidad, como digo, no se sabe a ciencia cierta si fue por causa de la lluvia, por obras en la iglesia de San Millán o por deseo expreso de las monjas; el caso es que en 1637 y luego de la procesión de Viernes Santo, la Virgen quedó en el convento de religiosas de la Orden Tercera de San Nicasio, que se levantaba frente al Hospital de Santiago y en terrenos que hoy ocupa el coso taurino. Estancia que se prolongó por algún tiempo, con licencia del obispo de Jaén, don Baltasar de Moscoso Sandoval, hasta que, pasados dos años y siguiendo la Virgen en el convento de las terciarias, los “sanmillaneros”, mandados por Ildefonso (sic) de la Rosa y “al amparo de una tenebrosa noche invernal”, llegan hasta la abadía y recuperan la imagen, que, por las calles más recónditas, devuelven a su iglesia de San Millán a continuación de ser recibida en las inmediaciones por todos los vecinos que, con infinita alegría, la pasean en procesión hasta el templo, al grito de «¡Ya es nuestra!». Manifestación de júbilo desbordante, piadoso, que se repite todas las madrugadas de Viernes Santo cuando la Virgen de la Soledad, acompañada de María de Magdala, regresa a su iglesia después de la procesión general.

En 1790, es reconocida la antigüedad de esta cofradía como la segunda después de la de Dios Padre, fundada en 1551 y que hoy no existe. En 1820, aparece una declaración de bienes por la que se sabe que la Cofradía de la Soledad fue rica en viviendas, solares y fincas rústicas hasta que, en el transcurso de los años, se quedó sin nada. En 1877, aparece como “benéfica de albañiles”. Un dato histórico es que la Cofradía de Jesús Nazareno, también de Úbeda y fundada en 1577, intentó ‑por esa noble rivalidad que justifica el celo de los cofrades y devotos, “por ser más que nadie”‑ atribuirse la prioridad fundacional; pero testimonios escritos de base, como la aprobación de sus estatutos, desestimaron la teoría que presentaba esta última. Así que, ante tan determinantes razonamientos, podemos admitir como la cofradía más anciana de Úbeda a la de Nuestra Señora de la Soledad y María Magdalena, como se le denomina hoy, por acompañarle la figura de rodillas y en actitud suplicante de esta mujer de Magdala, que tuvo el privilegio de ser la primera persona que vio y habló con Jesús, después del suceso.

(19‑04‑1984)

 

almagromanuel@gmail.com

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