38. Grato encuentro

Nada más sonar la corneta, abren la puerta de los barrotes de hierro y se produce una estampida para salir, por los corredores, al patio. Entonces, me avisan que me busca un oficial de prisiones. Creo saber quién es…

Bajo las escaleras y me lo encuentro: es un cuñado de las hermanas que tanto me favorecieron en Úbeda. Pertenecía a aquella bienhechora familia que me recibió al salir del hospital y que tanto me había ayudado después. Habían transcurrido más de cincuenta días desde que me había marchado y todos estaban muy intranquilos… Enterado de que el P. Claudio estaba preso en esta cárcel, consultó la relación de los ingresados el día anterior, en el puesto interino de oficiales, quedando defraudado; aunque al observar un nombre con dos apellidos tan vascos (y seguidos), que son infrecuentes en estas tierras, se convence y viene a buscarme…

Tras darme un apretón de manos, nos saludamos, y se interesa por mi vida y andanzas durante los cincuenta y dos días que falto de Úbeda. Le explico el porqué de mi nuevo nombre y el resto de los misterios que me envuelven. Yo le pido (después) que haga el favor de pedir mi ropa a Úbeda, lo antes posible, pues no tengo más que lo puesto. Lo hace inmediatamente, dirigiéndose a las oficinas, comunicándole por teléfono (a su familia) que había aparecido el primo Miguel… lo que causó suma alegría y júbilo (según me enteré después), pues pensaban que estaba perdido, creyéndome muerto (si no por hambre y miseria, sí por manos criminales).

Por eso, las palabras del evangelio: «Era muerto y revivió, se había perdido y ha sido hallado» (Luc. XV-32), les sonaron como al padre amoroso a la vuelta de su hijo pródigo…

Úbeda, 20 de febrero de 2014.

 

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