31. Al calabozo

Siendo las siete de mañana y estando todavía junto al brasero, el inspector llama a un guardia municipal y le da órdenes (en voz baja) para que me vaya con él. Estoy tranquilo, pues pienso que no es para nada malo. Ha estado lloviendo toda la noche (pues hay numerosos charcos); incluso ahora cae una persistente lluvia. Nos dirigimos hacia el extremo sur del pueblo y nos paramos ante un caserón. Es la cárcel. Llama el guardia. Nos abre el carcelero y los tres nos dirigimos hacia una puerta cerrada que hay en la planta baja, adonde el guardia me conmina a entrar, encerrándome con cerrojos y llave.

Es un horroroso calabozo (“pocilga”, lo llamaría yo). Era lo último que yo podía pensar y aguantar. No creo que hubiese nada parecido en toda España, pues no he visto (ni creo que lo vea) algo semejante en todas las cárceles que he visitado… Ante la súbita oscuridad en la que penetré, no pude apreciar dónde habían caído mis huesos; mas, gracias a la claridad que proporcionaba la pequeña ventanita que tenía la misma puerta de barrotes, pude distinguir lo que allí había. Aunque lo peor era el nauseabundo e insoportable olor que, sin embargo, hube de soportar…

Poco a poco, pude vislumbrar esta morada inmunda de ratas y cucarachas, que mediría tres metros de largo por uno y medio de ancho. A un lado, había un poyete de piedra sobre el que puse unos periódicos (habiéndolo limpiado antes) y me dispuse a descansar; pero no podía, por el pestífero perfume. Conforme fui viendo algo más, me acerqué al fondo de la habitación y descubrí un profundo agujero del que salía aquella peste. Llegado el mediodía, como tenía tanta hambre (pues hacía más de un día que no tomaba alimento), y habiéndome hecho ya al lugar, tomé pan y chocolate, con unas cuantas galletas que llevaba en la talega, como si me encontrase en jardines perfumados…

Además de las molestias del calabozo, tuve que soportar a la gente que vivía en esos barrios extremos, que venía a la misma puerta de mi pocilga para insultarme y amenazarme; especialmente las mujeres, que pedían me colgasen, fusilasen o me diesen cinco tiros en la cabeza… ¡Daba miedo oír su griterío infernal…!

Llegada la tarde, hice mis rezos y, estando ya tranquilo, oigo voces y ruidos de llaves y cerrojos. Abren la puerta y me llaman. Ha llegado el señor alcalde, junto con unos amigos, para verme, y manda que traigan un colchón y una manta del hospital y, además, algo para cenar. Advierte al carcelero que no me entregue a nadie sin su permiso escrito y le ordena que esconda las llaves en el piso alto. Dándome la mano se despidió de mí. ¡Dios lo bendiga por su caridad!

Trajeron lo pedido por el alcalde. Hasta el mismo carcelero hizo la cama encima del poyo (con colchón, manta y almohada) y yo me tomé un buen tazón de caldo, pues hacía más de dos días que no tomaba nada caliente… Charlé con el carcelero y otras personas, hasta que llegaron las nueve, en que me despedí y me dispuse a dormir, pues llevaba más de tres días sin hacerlo. En el lecho, me encomendé a la Santísima Virgen del Carmen y al Santo Ángel de mi guarda. Dormí toda la noche de un tirón, sin despegar ojo.

Así es como había pasado el 28 de marzo de 1937: Día de la Resurrección del Señor…

Úbeda, 6 de agosto de 2013.

 

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