¡Qué tiempos aquellos!

06-02-2012.

Corrían los años 1934-1935. Yo ya había rebasado mi primera década de vida, esa etapa infantil en la que cualquier cosa sin valor se valora y se estima y te da una inmensa felicidad poseerla: tu casa, tu calle, tu barrio…, todo eso me encantaba. Para mí, mi casa era mejor que la de mis vecinos y conocidos, aunque las de mis vecinos fueran más altas, más amplias, más bonitas, según decían ellos. Yo vivía en esos años en la calle del Gallo, casi al principio, donde el declive empieza a pronunciarse más, en la casa donde San Roque tiene su hornacina.

¡Con cuánta ilusión ayudaba, cuando en agosto todos los vecinos contribuían a arreglar al santo con macetas de todas clases: geranios, rosas, claveles!, y qué orgullosos nos poníamos cuando la gente de otros lugares venían a visitarlo. Yo ya estaba deseoso de que viniera septiembre, pues la feria igualmente me ilusionaba y más teniéndola ahí, a un paso, como decía mi madre. Entonces, el lugar de emplazamiento era la Corredera de San Fernando y la Plaza Vieja. En todo ese trayecto estaba el real de la feria.

Alrededor de la mencionada plaza, instalaban unas casetas de cuarterones de madera y en ellas ponían puestos de baratijas y juguetes, y algunas de chinos, pues lo mismo que hoy los moros nos acosan con sus artículos, entonces eran los hijos del sol naciente, con sus bonitos collares, los que nos invadían. Yo, en los preliminares de la feria, cuando salía de la escuela, y como entonces ni había televisión, ni en la escuela te echaban deberes, tenía suficiente tiempo para ver montar los carruseles y aparatos. Qué horas más felices y entretenidas pasaba viendo a esos hombres, curtidos con sus manos y rostros manchados de grasa; algunos, con sus brazos tatuados. ¡Qué fuertotes, qué musculatura, cuántos pueblos y ciudades verían con su continuo deambular! Algunas tardes noches, tenían que subir a llamarme para la cena.

Fuera de los portalillos de la Corredera, el espacio estaba asignado para la venta de las avellanas cordobesas, esas avellanas de Aguilar que, durante el día, los hombres voceaban por las calles con su saco a la espalda; y, por las tardes, las mujeres ponían el saco abierto encima de un cajón y varias medidas llenas con colmo, con la picaresca de que estaban las medidas sin ningún fondo y daban el pego.

Sus maridos, mientras, dormían, a pierna suelta, la siesta plácidamente, en el suelo de los portalillos, sin que el continuo pregonar de la mercancía por sus cónyuges alterara su sueño: «¡Cordobesas frescas! ¡Son de Córdoba! ¡Ande, lleve usted una mediíta! Cuando declinaba la tarde, todos esos puestos encendían sus carburos y de esa rústica manera se alumbraban.

En esa época, como ahora, los más prestigiosos toreros formaban los carteles de las corridas que se daban en el coso de San Nicasio: Alfredo Corrochano, Fermín Espinosa Armillita, Domingo Ortega, Marcial Lalanda y muchos más.

Por entonces, conocía de vista a una familia cuyos miembros, todos, trabajaban en el alambre. Hay frases o palabras escritas que, al leerlas o escucharlas, enseguida la asociamos con una actividad que en realidad no es la que creemos. Trabajar en el alambre es ser trapecista, alambrista, artista de circo y, si das mala intención a la frase, es otra actividad. Pero ¡no!, dejemos de analizar y divagar su significado. Trabajaban el alambre: hacían cepos, ratoneras, parrillas dobles y sencillas, alambreras para los braseros. Todos esos utensilios caseros los hacían en el invierno; en el buen tiempo, iban haciendo ferias con unas voladoras, aparato que se puso de moda y todos los muchachos se subían a ellas: les gustaba desafiar la velocidad, colgados.

En la Cruz de Hierro instalaron sus voladoras. Tiempo atrás habían tenido un altercado con parientes suyos, saliendo a relucir navajas, etc. El hijo mayor, ya hombre –Florencio, les ayudaba en el negocio; además, cultivaba el ciclismo. Lo veía a menudo con su bicicleta y sus alambreras.

Una tarde de aquellas, en las mismas voladoras, de nuevo surgió una reyerta y se cruzaron varios tiros; y ese muchachote, con su cara de nobleza, perdió su flamante vida. El agresor no salió bien parado, pues tuvieron que amputarle una pierna. Su padre, que era muy habilidoso, con la maquinaria de un reloj hizo un artilugio y lo introdujo en una casa de cartón; y, el día de los difuntos, lo colocó en el lugar en el que su hijo estaba enterrado en el cementerio, que era en el tercer patio en la tierra, en el rincón de abajo a la derecha. Accionaba el mecanismo y por los seis huecos que tenía la casa aparecía su hijo en seis diferentes fotografías de su vida ciclista. No hubo cristiano que no visitara ese sagrado recinto, y cuántas oraciones musitaron por el eterno descanso de su alma.

Creo que en la Corredera no ha sido el único muerto que ha habido, pues de niño aprendí un cuarteto que decía:

En la Corredera,
en la
Coroná,
han matado a Pepe
de una
puñalá.

fsresa@gmail.com

 

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