«Bases para el comentario», 9d

13-10-2011.
9.4. El tiempo
El tiempo, en su sentido más llano, es la continuación o duración de las cosas, o de los hechos, o de las personas. El tiempo como concepto abstracto pasa a ser un tema y como tal habrá que analizarlo. Aquí sólo nos ocuparemos del tiempo en su doble posible acción sobre el texto: desde una referencia externa o tiempo externo de la obra; y desde una referencia interna o tiempo interno de la obra.
Entendemos que el tiempo externo es el momento en que se escribe el texto y lo sitúa en un lugar de la Historia. Se trata de un tiempo real, que nos permite complementarlo con los datos propios de la época misma. Así, la novela En busca del unicornio tiene un tiempo externo de finales del siglo XX.

Por el contrario, el tiempo interno es el que se desarrolla en el propio texto. La misma novela citada tiene un tiempo interno que va desde 1471 hasta 1498, que en absoluto coincide con el externo. Lo normal es que ambos tiempos coincidan o se desvíen en pocos años, con lo que las influencias de la época suelen mezclarse confusamen­te en el texto. Sólo en este sentido merecería la pena comentar las influencias del tiempo externo.
El tiempo interno puede ser diacrónico ascendente, cuando los hechos se suceden de menor a mayor edad, o sea, siguiendo el decurso normal de los hechos. Esta fórmula no es llamativa y apenas incide en la significación de la infraestructura.
Cuando el tiempo interno es diacrónico descendente, esto es, los hechos se suceden a la inversa, de mayor a menor edad, la estructura normal se invierte, se rompe la secuencia natural y se refuerza el significado de los enla­ces o causas del proceso.
Esto es lo que ocurre en El tragaluz, de Buero Vallejo. El drama se resuelve treinta años después de ocurrido; pero la función comienza tras esos treinta años para, poco a poco, regresar a aquel momento que originó la tragedia: la muerte de Elvirita por hambre, en la posguerra civil española, porque su hermano Vicente subió a un tren abarrotado con una bolsa llena de alimentos, entre los que iban los de su hermana pequeña. Vicente no obedeció la orden de su padre de que se bajara del tren y se fue a Madrid, donde triunfó y ayudó a vivir a su familia, que llegó posteriormente, tras la muerte de Elvirita. El padre había enloquecido. La familia aceptó una versión de los hechos por tal de suavizar la desgracia: Vicente no pudo bajarse del tren porque los soldados se lo impidieron.
Cuando los hechos se presentan como ocurridos al mismo tiempo, aunque en el texto tengan que presentarse poster­gadamente, uno tras otro, estamos ante un tiempo inter­no sincrónico. El autor pretende la inclusión de variados elementos en el relato que permitan la perspectiva múlti­ple, la visualización de un mundo de más envergadura que el unipersonal o, incluso, que el de un grupo afín. Esto es lo que ocurre en la novela de Camilo José Cela, La colmena: se extiende algo más de dos días en la vida de ciento sesenta personajes de la ciudad de Madrid, en el año 1942. En doscientas cincuenta y dos páginas comprime tantas vidas: el resultado no puede ser otro que el abigarra­miento social, porque el autor busca definir a un persona­je colectivo; en este caso, Madrid. Los personajes aparecen y desaparecen, fluyen como el tiempo que, por su escasez (dos días), puede considerarse un corte sincrónico en la historia de una ciudad. Incluso se atrasa el tiempo en el capítulo V; o no se respeta la secuencia cronológica formal: hechos que han ocurrido posteriormente, se adelantan, y viceversa.
La mezcla de un tiempo diacrónico ascendente y otro tiempo diacrónico descendente se produce en las nove­las del género policiaco. El tiempo del investigador se desarrolla en sentido ascendente, mientras que la búsque­da de las causas que pueden aclarar el misterio del asunto que investiga siempre es descendente, un retroceso a aquellas funciones que motivaron los hechos sucesivos.
La intención estilística del escritor es evidente al manipular la estructura tiempo a su necesidad. Este recurso deberá analizarse; darle la importancia significativa que tiene.
La ausencia de la infraestructura tiempo puede obedecer a que el autor no ha querido utilizarla, por irrelevante, como puede ocurrir en determinadas composiciones en verso, de forma más frecuente; o porque su ausencia tiene un determinado significado de atemporalidad, que siem­pre conlleva una valoración más universalizadora o gene­ralizadora del tema y de su asunto. Esto es lo que ocurre en las Coplas por la muerte de su padre de Jorge Manrique. Aunque sabemos que las escribe a propósito de la desapa­rición de un personaje notorio de la época (el conde de Paredes y gran maestre de Santiago, su padre don Rodri­go), el tiempo está tratado como un concepto relativo, frágil y perecedero: esto es, como una categoría de signi­ficado filosófico-teológico al estilo de Quevedo y de Machado, cuando escriben:
Vivir es caminar breve jornada,
y muerte viva es, Lico, nuestra vida,
ayer al frágil cuerpo amanecida,
cada instante en el cuerpo sepultada.
Quevedo
***
La rima verbal y pobre,
y temporal, es la rica.
El adjetivo y el nombre,
remansos del agua limpia,
son accidentes del verbo
en la gramática lírica,
del Hoy que será Mañana,
del Ayer que es Todavía.
Machado
9.5. El lugar
La extensión que ocupa el sitio sensible de una obra tiene una doble dimensión horizontal y vertical. En su sentido horizontal, deberemos analizar los elementos geográficos que se aporten al relato. Es lo que se conoce como geografía descriptiva del relato. En el Poema de Mio Cid aparecen muchos elementos de estos:
Otro día se movió | mio Cid el de Vivar,
y pasó a Alhama, | la Hoz abajo va,
pasó a Buvierca | y a Ateca que adelante está,
y sobre Alcocer | mio Cid iba a posar,
en un otero redondo,| fuerte y gran;
550
(Versión moderna nuestra)
El lugar geográfico puede ser utilizado por el autor para dar verosimilitud al relato, o para dar un entorno mágico al mismo, enmascarándolo o esfuminándolo. Es lo que ocurre con la ciudad de Oviedo en La Regenta, a la que “Clarín” denomina Vetusta; o, más recientemente, Anto­nio Muñoz Molina, quien, en Beatus ille, llama Mágina a la ciudad de Úbeda. En ambos casos, a pesar de las dis­torsiones toponímicas, las ciudades son reconocibles.
El lugar en su dimensión vertical lo relacionamos con el entorno sociológico del relato, por lo que podemos decir que se trata de un lugar social, esto es, la descripción de la sociedad, de manera estratificada, o del grupo de personajes que aparecen en el texto. El autor puede elegir dicho medio social según sus propios gustos, formación o preocupaciones; o puede elegirlo como tema de interés genérico, sin que él se sienta implicado en el mismo, pues sólo actúa como descubridor y expositor de una realidad que puede ser revulsiva para el lector.
Benito Varela Jácome dice de Emilia Pardo Ba­zán, a propósito de su novela La Tribuna:
«El corpus narrativo de Emilia Pardo Bazán tiene una singular importancia por las cosmovisiones, las realidades explora­das, basadas en tres experiencias axiales: el entrañable afincamiento en La Coruña, la tierras orensanas y Madrid. Estos tres núcleos establecen unas claras conexiones, una interacción biunívoca entre el espacio geográfico y el status económico social.
ESPACIO GEOGRÁFICO Y STATUS SOCIAL
La Coruña
Tierras orensanas
Madrid
BURGUESÍA
PROLETARIADO
MUNDO RURAL
ARISTOCRACIA
Estructura narrativa
Se construye La Tribuna sobre cinco estructuras cardinales: la asfixiante vida suburbana, protagonizada por la familia de Amparo; la aproximación a la ciudad vieja y la Pescadería; la actividad laboral da la actante, en la fábrica de tabacos; la efervescencia política de los años 1868; la historia da una seducción amorosa». (En Cátedra, “Letras Hispánicas”, 1975, páginas 19 y 33).
En La Tribuna se intercalan cinco espacios sociales, aunque entre ellos no hay grandes diferencias socioeconómicas. Pero están lo suficientemente diferenciados como para poderlos analizar separadamente.

berzosa43@gmail.com

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