Un puñado de nubes, 79

10-10-2011.

—¿Cómo estás, León? ¿Volviste de la playa? ¿Y la gente de La Luna…? Me gustaría que estuvieras aquí a mi lado, en la terraza del hotel, con los Alpes frente por frente, con un silencio estremecedor y un buen cóctel en la mano. Un hermoso sitio para morir.

—¿Qué coño dices, Alfonso; quién habla de morir? —mintió—. ¿Para eso me quieres a tu lado, para ver cómo te mueres mirando las montañas, con una copa en la mano? Dile al curandero chino ese que te dé un estimulante, y vente para acá en cuanto puedas.

León escuchó una sonora carcajada al otro lado del teléfono.

—No, no; mi doctor chino no me prepara para bien morir, descuida. Además, me he encontrado aquí con un antiguo compañero de la Nestlé que es un tipo muy especial. Quizás tú no entenderías su manera de ser.

—Claro, como soy un cateto andaluz…

—¡Joder, León!, no seas tan susceptible. Ya te contaré, ya te contaré. Todo un personaje. Pero bueno, ¿tú… qué?

—Sin novedad. La rutina.
—¡Búscate una tía!

—¿Una tía? ¿En un puticlub? ¿En Las casitas blancas? No tengo yo la pinga para esos sobresaltos. Además, si me reconoce el Corleone, me cuelga del luminoso.

—Ya hablaremos cuando regrese. Tengo algunos proyectos que he estado madurando aquí y que quiero llevar a cabo tan pronto como vuelva a Sevilla.

—¿Para cuándo?

—Una semana más o menos. Ya estoy terminando el tratamiento.

—Te espero.

—Pues claro. Tan pronto como llegue a Madrid te telefoneo. Tendrás que buscarme a alguien para que vaya a la casa a hacer algo de limpieza.

—Descuida, tengo una ecuatoriana…

—¿Un lío con una ecuatoriana…? Hombre, a tu edad…

—¡Déjate de cachondeo!

—O díselo a Amalia. No le vendrían mal unos euros extras.

—No me parece bonito. Además, no creo que acepte.

—¿Por qué? No me la voy a comer…

—Hombre, pues porque es algo más que una amiga.

—Tal vez lleves razón. Pero pregúntaselo por si acaso. Espera mis noticias. Pronto podrás abrazarme y lo que tú quieras…

—¡Qué cabrón eres, Alfonso…!
—Un abrazo.
—Otro para ti.

A Alfonso le quedaba un buen rato, antes de volver a reunirse con Maurice y Angelo en el restaurante temático del hotel. Pensaba invitarlos a Sevilla, presentarles a León, tapear en La Luna y, sobre todo, solucionar de una vez el chantaje de los Corleone. Pero temía que todo se viniese abajo, si la rubia del póquer había tenido la osadía de visitar a Angelo en su propia habitación. «Las mujeres como ella son temibles», se decía Alfonso; «son play-girls que viven a la caza de fortunas a cambio de procurar unas semanas de placer. Espero que Angelo barrunte la trampa y sea lo suficientemente lúcido para no morder el anzuelo». Luego se acordó de lo que le había dicho a León por teléfono : de que le gustaría que estuviese sentado allí junto a él, en aquella terraza del hotel, contemplando las cimas de los Alpes y rodeados de un silencio conmovedor. «Un lugar ideal para morir, ¿no es verdad, León?», le hubiera dicho. Y Alfonso paseaba la mirada por los innumerables senderos que serpeaban las tersas y verdosas praderas, hasta perderse en densos bosques de abetos. «Pues es verdad que es el lugar perfecto», siguió pensando Alfonso, mientras apuraba el cóctel, para irse durmiendo así, tranquilo, abandonando lentamente el tiempo, deslizando la conciencia hacia la nada, cerrando poco a poco los párpados a la luz, indiferente a todo, como se hunde el sol tras las cimas del Jakobshorn y del Brämabüel.

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