Conciencia artística en el Lazarillo de Tormes, 2

08-10-2011.

La cuestión de la oralidad

Como queda dicho, ya en nuestro siglo y especialmente desde la década de los cincuenta, la crítica se ha interesado cada vez más por analizar la calidad artística del Lazarillo, subrayándola en una serie de valiosas investigaciones. Entre las más fecundas me parece estar el aludido y sugerente trabajo de V. García de la Concha, quien, en su Nueva lectura del Lazarillo, resalta las posibilidades recitativas de la novelita. He aquí uno de los pasajes en donde García de la Concha manifiesta con mayor claridad la cuestión de la oralidad del Lazarillo:

«[…] en ese marco (el de la narración oral) se inscribe la propia redacción del Lazarillo […]. Sin negar la base estructural de epístola, explicitada formalmente por el propio autor, tal denominación se revela incapaz de abarcar la amplitud expresiva de la autobiografía. Aunque después volveré sobre el tema, diré aquí que la oralidad aparece también y, sobre todo, en la disposición retórica de cuento narrado en alta voz, delectable desde la combinación de las técnicas del summary ‘resumen’ y la scène ‘puesta en escena’ a los suprasegmentos tonales, pasando por lo que podríamos llamar el énfasis fónico, objetivado en recursos muy varios, pero coincidentes todos ellos en que sólo alcanzan plenitud de realización mediante la expresión oral. En una palabra, representable o no, el Lazarillo gana como recitación pregonada». Víctor García de la Concha, Nueva lectura del Lazarillo. Madrid, Castalia, 1981, pp. 188-189. Las mismas afirmaciones se repiten, casi palabra por palabra, en la p. 248.

La cita es un poco larga pero no tiene desperdicio, ya que explicita con insistencia la posibilidad, por no decir la certeza, de que el Lazarillo fuese una obra destinada a la lectura en público como probablemente, aunque por razones obviamente diferentes, debió suceder con La Celestina, ese monumento de la «prosa dialogada» de fines del siglo XV. Ahora bien, si los argumentos concluyentes, como apunta García de la Concha, no tienen más punto de apoyo que las «virtualidades recitativas» u oratorias de nuestra novela, esos argumentos no me parecen suficientemente persuasivos. Y no lo es, porque aunque sea evidente que el «énfasis fónico» del Lazarillo «sólo alcanza su plenitud de realización mediante la expresión oral», también es cierto que para poder apreciar y valorar la utilización y la explotación lúdica de determinados aspectos fónicos del Lazarillo se hace necesaria una lectura atenta y reflexiva. Un nivel de lectura que, en el siglo XVI, sólo estaría al alcance de ciertos iniciados que podrían apreciarla; por ejemplo, humanistas y profesores de Gramática y Retórica, como aquellos que en 1569 impusieron en las aulas salmantinas el estudio de la poesía de Garcilaso al lado de los grandes clásicos antiguos.

«¡Grandes secretos son, Señor, los que Vos hazeis y las gentes ignoran!» Véase F. Rico, Lazarillo de Tormes, Madrid, Cátedra, 1987, p. 83.,dice el autor anónimo por boca de Lázaro, y nosotros podríamos aplicarlo a ciertos “secretos” que, a veces, parece encerrar su narración… tras una lectura “silenciosa”, mental, reflexiva y que necesitará un minucioso análisis si se pretende percibir el sutil juego que en diversos niveles nos ofrece el narrador. Es lo que pretendo ilustrar mediante el análisis de un fragmento tomado del “Tractado Primero” del Lazarillo. Recuérdese la situación: Lázaro ha entrado al servicio de su primer amo, el Ciego, del que nos dice con eficaz anticipación caracterizadora: «Vuestra Merced sepa que, desde que Dios crió el mundo, ninguno formó más astuto ni sagaz». Y, pocas líneas después, Lázaro redondea el retrato moral de su amo añadiendo: «Mas también quiero que sepa Vuestra Merced que, con todo lo que adquiría y tenía, jamás tan avariento ni mezquino hombre no vi» Véase F. Rico, op. cit., pp. 25-27. A partir de ahí, el relato del servicio de Lázaro al Ciego se reducirá a la adición de una serie de secuencias narrativas en las que se nos cuenta cómo el zagal lucha contra los citados vicios de su amo ‑«avariento» y «mezquino»‑, utilizando precisamente las dos cualidades con las que lo ha caracterizado: la «sagacidad» y la «astucia». Así, Lázaro le birlará al Ciego los mendrugos de pan del fardel; le sisará las blancas ‑monedas‑ que la gente le lanza como limosna; le beberá el vino del jarrillo; lo engañará al comer de dos en dos las uvas del racimo y, en fin, se tragará la suculenta longaniza después de haberla cambiado por un ruinoso nabillo. Estas cinco burlas presentan un denominador común: todas deben desarrollarse en silencio, conditio sine qua non ‘condición inexcusable’ para que el muchacho pueda eludir la constante vigilancia del ciego para con sus precarios bienes. Ciego a quien, por serlo, le falta el sentido que con mayor eficacia podría ayudarle a contrarrestar los ardides de su mozo: la vista. Y puesto que todo transcurre en silencio, ello revela que ese «énfasis fónico objetivado en recursos muy varios», al que se refiere García de la Concha, no alcanza necesariamente «su plenitud mediante la expresión oral».

Me propongo analizar esa tercera burla que Lázaro le hace al Ciego ‑la del jarrillo de vino‑, sirviéndonos del texto transcrito por Francisco Rico del Lazarillo que en 1554 editara Martín Nucio en su imprenta de Amberes.

Este texto es la versión y transcripción actualizada por F. Rico del texto del Lazarillo de 1554 editado en la imprenta de Martín Nucio en Amberes.


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Usaba poner cabe sí un jarrillo de vino,
cuando comíamos y, yo muy de presto
le asía y daba un par de besos callados,
y tornábale a su lugar. Mas duróme poco,
que en los tragos conocía la falta y, por
reservar su vino a salvo, nunca después
desamparaba el jarro, antes lo tenía por
el asa asido. Mas no había piedra imán
que así atrajese a sí como yo con una
paja larga de centeno que para aquel
menester tenía hecha, la cual, metiéndola
en la boca del jarro, chupando el vino, lo
dejaba a buenas noches. Mas, como fuese
el traidor tan astuto, pienso que me sintió,
y dende en adelante mudó propósito y
asentaba su jarro entre las piernas y
atapábale con la mano, y así bebía seguro.
Yo, como estaba hecho al vino, moría por
él, y viendo que aquel remedio de la paja
no me aprovechaba ni valía, acordé en el
suelo del jarro hacerle una fuentecilla y
agujero, sotil, y delicadamente, con una
muy delgada tortilla de cera, taparlo, y al
tiempo de comer, fingiendo haber frío,
entrábame entre las piernas del triste
ciego a calentarme en la pobrecilla lumbre
que teníamos, y al calor della, luego de
derretida la cera, por ser muy poca,
comenzaba la fuentecilla a destilarme en
la boca, la cual yo de tal manera ponía,
que maldita la gota se perdía. Cuando el
pobreto iba a beber, no hallaba nada,
espantábase, maldecíase, daba al diablo
el jarro y el vino, no sabiendo qué podía
ser.
—No diréis, tío, que os lo bebo yo
—decía—, pues no le quitáis de la mano.
Tantas vueltas y tientos dio al jarro que
halló la fuente y cayó en la burla; mas
así lo disimuló como si no lo hubiera
sentido. Y luego otro día, teniendo yo
rezumando mi jarro como solía, no
pensando el daño que me estaba
aparejado ni que el mal ciego me sentía,
sentéme como solía; estando recibiendo
aquellos dulces tragos, mi cara puesta
hacia el cielo, un poco cerrados los ojos
por mejor gustar el sabroso licor,
sintió el desesperado ciego que ahora
tenía tiempo de tomar de mí venganza,
y con toda su fuerza, alzando con dos
manos aquel dulce y amargo jarro, le
dejó caer sobre mi boca, ayudándose,
como digo, con todo su poder, de manera
que el pobre Lázaro, que de nada de esto
se guardaba, antes, como otras veces,
estaba descuidado y gozoso, verdadera-
mente me pareció que el cielo, con todo
lo que en él hay, me había caído encima.
Fue tal el golpecillo que me desatinó y
sacó de sentido, y el jarrazo tan grande,
que los pedazos dél se me metieron por
la cara, rompiéndomela por muchas
partes, y me quebró los dientes, sin los
cuales hasta hoy día me quedé.
 
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Antonio.LaraPozuelo@unil.ch


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