Un puñado de nubes, 76

03-10-2011.

La relación afectuosa de León con su nieto mayor le resultaba gratificante. El niño tenía el desparpajo suficiente para hacerle las preguntas más insospechadas o engorrosas, pero aún no había perdido del todo la inocencia.

—Abuelo, ¿es verdad que te vas a morirpronto? —le preguntó el niño mientras León se preparaba en la cocina undescafeinado y un vaso de cacao para el nieto, una de las tardes que seacercaba a la casa antes de comenzar el nuevo curso—.

—¿Por qué lo preguntas; me ves cara de muerto?

—Ponme una cucharada más de Cola Cao, a mí me gusta espesito.

 

—¿Me has escuchado?
—¿Qué abuelo?
—¿Qué si tengo cara de cadáver?

—Un poco sí. Tienes ya muchas arrugas en la frente.

—Pues todavía estoy vivito y coleando. ¿Ya me quieres enterrar?

—¿Tienes galletas de esas que parecen bizcochos?

—Ya sabes que tu madre me las tiene prohibidas.

—Pero yo sé que tú las escondes.
—¿Que yo las…?

—Mi madre dice que si te crees que ella es tonta…

—No claro. Tu madre sabe mucho.
—Y mi padre también.
—Por supuesto, tu padre es muy listo.

—¿A que sí? Él dice que vas a durar poco. ¿Cuánto es ese poco? Porque yo no quiero que te mueras, aunque seas viejo.

—Igual me quedo tieso esta noche, o mañana, o vivo más que tu padre; aunque no me gustaría: por ti y por tu hermana.

—¿Y por mamá?
—Claro.

Los dos, abuelo y nieto, en la mesa de la cocina compartieron el café, la leche con cacao y un buen puñado de galletas bizcochadas que León guardaba detrás de las cacerolas del mueble, debajo de la cocina.

—No le vayas a decir a tu madre dónde las guardo, ¿eh?

—Descuida, abuelo, será nuestro secreto.
—Así me gusta.

El niño dio unos sorbos de Cola Cao y se ribeteó el labio de arriba con un bigote oscuro. Pasó su lengua por el borde del labio y lamió aquel resto dulzón.

—¿Si tú te mueres quién vivirá aquí?

—¿A ti qué te pasa con la muerte?

—Papá dice…

—Acabáramos… Así que es tu padre…
—Papá dice que tienes un buen pellizco guardado. ¿Dónde guardas el pellizco?

—Mira, ahora lo vas a ver —León se aflojó el cinturón, se bajó algo el pantalón, alzó la camisa y mostró la piel blanquecina y fofa del vientre, cercana a la ingle derecha—. ¿Ves esta cicatriz? —la de la operación de apendicitis de hacía ya más de treinta años—. Pues aquí dentro tengo la bolsa de los dineros. La llave que la abre y la cierra te la entregaré a ti, cuando cumplas dieciocho años.

—¿Ahí escondido tienes el dinero? ¿Y no te hace daño?

—Y otros papeles secretos.
—¿El testamento?
—¿Qué sabes tú de testamentos…?
—Mi padre dice que tú ya lo has hecho.
—Ya te he dicho que tu padre es muy listo.
—¿A que sí, abuelo?
—Sí, pero yo lo soy más.
—¿Más que mi padre?
—Claro, porque soy más viejo.

León recompuso de nuevo su ropa, apuró con amargura los últimos sorbos de café y besó tiernamente a su nieto en la cabeza. El pelo del niño olía a agua de colonia, la misma que siempre habían usado sus hijos cuando eran niños.

***

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