¡Qué tiempos aquellos!, y 2

02-10-2011.

Yo había estado en ese convento, cuando era monaguillo de El Salvador. Había ido a algún recado que otro, pero nunca había pasado a su interior, salvo a la iglesia, en la que había ido a confesar algunas veces. Ahora tenía entrada libre por todo el recinto. Lo escudriñé todo, vi las celdas deshechas de los frailes, el comedor, que según decía quien lo había visto anteriormente, estaba preparado para hacer comida del medio día. Se respiraba por todo el recinto un aire viciado con un agudo olor a pintura quemada, pues en varios sitios habían hecho hogueras, adonde echaban todo lo que encontraban las turbas a su paso.

En un patio interior emparrado, había un armonio en el tejido que hacían los alambres que sujetaban la parra. Se conoce que lo echaron por una ventana y los alambres lo detuvieron, pues por las ventanas echaban al patio todo lo que encontraban. Subí hasta la azotea, por donde unos minutos antes intentaron, y que yo vi desde abajo, echar a ese pobre fraile. Me asomé y comprobé la altura que había. ¡Miedo daba aso­marse! Desde allí hay una vista preciosa: se ve todo el valle del Guadalquivir, las Sierras de Cazorla y Mágina, pero no creo que el pobre lego se recreara con esa visión. Deambulando, subiendo y bajando, en el huerto vi a uno que trabajaba en el taller conmigo: Antonio Almagro, “el Churri”, que iba con un arma y parecía estar haciendo guardia debajo de un árbol. Cuando me vio, me dijo que me fuera a mi casa. Le dije que sí y me fui a otro sitio.

Aquello era tan grande y estaba tan deseoso de ver y conocer… Subí por unas escaleras, por unos pasillos, todo lleno de gente que subía y bajaba. Vi a unos de mi edad que bajaban con figuras de barro: corderos, pastores, vacas y hasta San José y la Virgen. «¡Sube!», me dijeron, que hay muchas más y coge para jugar. Subí hasta la cámara que hay encima de la Basílica. En el suelo, entre pajas, quedaban algunas figuras que entre varios cogimos. Se conoce que en ese lugar tenían las figuras del belén guardadas para, en tiempo y momento, exhibirlas a los fieles. Me guardé varias y bajé hacia la sacristía. En ella, como en todas las dependencias, el trasiego no decrecía: gente que va, gente que viene. Uno gritó: «¡Por ahí viene! ¡Ya lo traen!». Me ladeé un poco para dejar paso a un nutrido grupo de gente que traía, casi a rastras, a un fraile con sus hábitos hechos jirones y chorreando, llenos de greda, lo mismo que su cabeza.

—¡El padre Juan Manuel, que se ha tirado al pozo para que no lo cojamos! —decía uno a gritos—.

Medio arrastrando y a em­pellones, lo sacaron a la calle. Iba descalzo, extenuado: no se podía tener de pie. Yo había visto, en el cine mudo, la muerte y pasión de nuestro Señor Jesucristo y, en esos momentos, vi al natural esas escenas, cuando Jesús, por la calle de la amargura va vacilante, con la cruz cargado, y cae al suelo y levanta la cabeza mirando al cielo, implorando ayuda. Este carmelita no llevaba cruz, pero estaba pasando un calvario, una amargura sin amparo de nadie, sin saber su destino ni su final. Entre ayudas y achuchones lo pusieron de pie y echó a andar por la calle San Juan de la Cruz hasta salir al paseo del Mercado. El paseo, en esas fechas lo estaban asfaltando, como todo lo que lo circundaba. La grava estaba echada, pero sin apisonar. Cuando el padre Juan Manuel la pisó, se cayó, pues, descalzo como iba y con sus pies sangrantes, no podía continuar. Él le suplicaba a sus verdugos que no le hicieran nada, que le ayudaran; y así lo hicieron. Se apiadaron de él, lo cogieron entre varios y tomaron camino del Ayuntamiento, pues allí reunieron a toda la comunidad.

No supe más del padre Juan Manuel hasta pasados varios años, cuando lo vi una tarde de verano sentado en la puerta de la Ferretería Muñoz, visitando a esa familia, que sería amiga suya.

Así lo vi varios veranos más en La Corredera.

Mi abuela Mariana murió unos meses antes de acabarse la contienda y se enterró como era natural. Se llevaría ese pesar de morir sin esos auxilios espirituales que todo cristiano que se precie necesita; pero estad seguros de que se encontrará en la gloria, pues tenía mucha fe y confianza en Dios.

fernandosanchezresa@hotmail.com

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