El viaje, 04

Por Jesús Ferrer Criado.

En el departamento de al lado ha habido cambio de pasajeros. El tipo de la bota sigue, los muchachos también, pero la señora joven se fue en el tren de Granada. Algunos viajeros dormitan de mala manera con la cabeza apoyada en su propio hombro. Muchos han bajado del portaequipajes un tabardo o algo de abrigo, porque el frío se hace sentir. Otra vez pasa el revisor, para ver si en el vagón hay alguien nuevo a quien pedirle el billete.

El “tracatrá” del tren se hace obsesivo. Hay intervalos en que sólo se oye eso.

Las estaciones se suceden. Deberían ser breves paradas; pero, a veces, se alargan sin razón aparente. Mis compañeros aventuran explicaciones diversas, que yo me trago con cierta desgana, en vista de lo contradictorias que pueden ser. Creo que hablan por no estar callados. Las bromas de la mañana han desembocado en un silencio aburrido. En las paradas, bajamos la ventanilla por curiosidad, sabiendo que en esas estaciones perdidas no ocurre ya nada. Siempre, el mismo jefe de estación con su banderín y su silbato. Rara vez baja o sube alguien.

Durante el viaje, se han cruzado entre mis amigos conversaciones sobre el verano. Alguno ha estado trabajando en el huerto familiar, ayudando al padre; otros han recibido clases particulares; otros han pasado el tiempo en la playa. A estas horas de la noche, las experiencias se concretan más y el tono es más pausado. Es el cansancio y el aburrimiento. A veces, salimos del departamento y recorremos los vagones mirando a la gente, sólo para distraernos un poco. Llevamos más de diez horas de tren.

En la plataforma, donde un vagón conecta con otro, suele haber algún tipo fumando, que ha salido de su departamento a estirar las piernas. El ruido rítmico y machacón del tren se interrumpe en ocasiones, con el potente silbido de la máquina. Nos acercamos a nuestro destino.

Las últimas estaciones ya no nos despiertan ningún interés: Huesa, Larva, Los Propios, Jódar.

Hay que entender que los constructores del ferrocarril ‑en el siglo diecinueve‑ lo hicieron con mentalidad colonial, orientado al transporte de mineral y no a las necesidades de la gente, por lo que muchas estaciones del trayecto están muy alejadas de las poblaciones a las que representan y a las que, por tanto, son casi ajenas.

Desde la estación de Jódar, Pepe Fernández nos señala las luces de Úbeda y todos nos agolpamos junto a la ventanilla para ver las lejanas luces de la Cólquida, de nuestra Cólquida. Los argonautas avistan, por fin ‑como Rodrigo de Triana‑, la meta de su ensueño.

Los impacientes empiezan a moverse como si ya hubiéramos llegado y, en todo el vagón, se nota un cierto nerviosismo, fruto de la impaciencia; pero aún falta un buen rato.

Pepe, como más veterano y curado ya de impaciencias, nos advierte de que aún falta tiempo y todavía hay que parar en Begíjar; pero la efervescencia de la llegada se ha apoderado de la tripulación. Aranda, pese a la oposición general, baja la ventanilla y mira en la oscuridad, buscando indicios de proximidad. Lo que descubre es el frío y la extrema oscuridad del exterior.

Aun así, es evidente que algo perturba la somnolencia del vagón. Mientras los más experimentados siguen tranquilos, sabiendo que el tren parará lo suficiente para bajar sin problemas el equipaje, algunos tienen ya sus maletas en el pasillo.

Begíjar, penúltima parada. Yo apenas puedo soportar la presión de mi nerviosismo. Ya está a tiro de piedra la parada final de este tren. Es como desembarcar de un largo crucero. Han pasado once horas desde que me despedí de mi madre y me parece que fue el mes pasado. No hubiera resistido este viaje solo. El grupo me ha arropado, me ha hecho reír, me ha ilustrado y me ha quitado el miedo. Acabo de cumplir once años y me encuentro lejos de mi familia con una maleta de cartón y unos pocos duros en el bolsillo. Mi verdadero capital son los amigos que he conocido hoy y que no me dejarán tirado.

La estación de Linares‑Baeza (mi padre, que la conocía de sobra, decía Baeza‑Empalme) era una gran estación. Allí se unían varias líneas para dirigirse a Madrid y las que desde Madrid se derramaban hacia el sur. Para el inexperto, resultaba un laberinto de trenes que cambiaban de vías, se juntaban, se separaban y se empalmaban unos con otros según criterios misteriosos, lo que se traducía en un movimiento incesante.

jmferc43@gmail.com

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