“Barcos de papel” – Capítulo 12 c

Por Dionisio Rodríguez Mejías.

3.- La vida es un viaje hacia un destino desconocido.

El tren remontaba laderas y taludes; la nieve caía sobre los picos como una dulce música, lenta y repetida, y la blancura del paisaje inundaba el espíritu de sosiego y de paz.

—Te veo más tranquilo, delegado. ¿Quieres ver una obra de ingeniería única en su género? —dijo Escudé, invitándome a seguirle hasta la cabina del maquinista—.

El paisaje era una acuarela tenue y blanquecina, que hacía temblar de emoción. La paz y el silencio sólo eran interrumpidos por el rumor impasible de la máquina, el ulular de la ventisca y el aburrido rumor de las esquilas que subía desde el fondo del valle. No sé si lo voy a conseguir, pero hace mucho tiempo que necesitaba describir aquellas sensaciones de grandeza y soledad. Durante muchos años he llevado en mi interior el recuerdo imborrable de la sublime armonía de la montaña en aquella fría mañana de diciembre.

—Ahí tienes una obra extraordinaria —indicó Escudé, señalando el viaducto de Tosas—: doce arcos en curva, de distintas alturas para salvar el desnivel. Lástima que el temporal nos impida verlo en su conjunto. En los días de sol, el panorama es inolvidable.

Comentamos durante unos minutos el fantástico paisaje de la subida al valle; luego, Escudé miró al cielo como si tratara de adivinar lo que nos venía encima, hizo un comentario al maquinista, que no pude entender y volví a mi asiento, pensando que aquel cielo, plomizo y amenazante, les inquietaba. Ajenos a mis preocupaciones, los chicos reían y gritaban en el fondo del vagón, los hombres hablaban del tiempo y de negocios, y Lali Pericot no dejaba de cotorrear. Su voz sobresalía por encima de las demás. A los pocos minutos, volvió Escudé y se sentó a mi lado, en la cabecera del vagón. Habíamos dejado el túnel de Fontnegra y entrábamos en el de Nuria. Lali, que pasaba de una conversación con otra, sin darse un respiro, se dirigía ahora a una señora que le daba el biberón a un bebé de pocos meses.

—Yo a usted la tengo vista, ¿oi que sí?

—Es posible; hace cuatro años que subimos.

—¿Ve como la he reconocido? Nosotros venimos desde que nos casamos: no hay otra estación más tranquila ni que traten mejor a los clientes. ¡Cada año estemos más contentos! Y si no me equivoco, su esposo es el doctor Serradell. ¿Oi que me entiende?

—Si, señora. Es traumatólogo.

—¿Traumatólogo? Entonces debe de conocer al doctor Pericot de Tarrasa. Somos primos hermanos. ¿Sabe?

—Vale ya, Eulalia —cortó el marido—. ¿No ves que la estás aburriendo?

—¿Se aburre, señora? Si molesto, me lo dice, ¿eh? Sólo quería contarle que el año pasado en Font Romeu, los de la Cruz Roja le pusieron la escayola muy malamente al marido de una amiga y ahora no puede doblar el codo. ¿Qué le parece?

—Pues una desgracia; pero, por favor, no me hable de esas cosas, que yo soy muy aprensiva.

—Perdone, señora, no quería molestar. Y este niño tan guapo, ¿cómo se llama?

—Rosa María Serradell —contestó la madre con una sonrisa—.

—Es una niña, ¿oi? Perdone. ¡Como es tan guapo!

—Estamos llegando —me avisó Escudé—. Mira, delegado, aquellas crestas tan empinadas son las cumbres del Pic del Segre: allí conviven el lobo, el ciervo y el rebeco; y esa es la atalaya del Coll de Finestrelles: te encantaría ver cómo juegan al sol en primavera, las crías del oso pardo.

Algunos dicen que la vida es un juego, pero no es verdad: la vida es algo mucho más arriesgado. La vida es un largo viaje hacia un destino desconocido: un viaje en tren en el que cada uno es su propio maquinista. En ocasiones, atravesamos zonas de calma y tranquilidad; pero, en otras, el tren circula vertiginosamente, y llegamos a temer que pueda salirse de la vía. En momentos así, es importante mantener la calma, actuar con cuidado, dominar los nervios y evitar el accidente.

roan82@gmail.com

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