Anécdotas

Por Mariano Valcárcel González.

Hace años realicé, junto a mi costilla, una visita a la ciudad de París. No, no les voy a abrumar con innecesarias descripciones y cantos a la ciudad, bella como no podría ser lo contrario, o a mis conocimientos de arte e historia aplicados al terreno. No. Me voy a ceñir al cuento de algunas anécdotas que me sucedieron.

En verdad que los parisienses y, en particular, los miembros de la cofradía hostelera son, en general, de un desagradable estiramiento prácticamente ofensivo. Y, a tenor de ello, les cuento: saben que allí es de obligado cumplimiento, por lo de la imagen establecida, sentarse en alguna terraza de café (de los que salen en las películas)… Allá que nos fuimos a sentarnos en la del Café Francis (también restaurante), frente al mismo Pont de L’Alma (allí donde la Lady Di…); los veladores y sillas, pequeñísimos y apretadísimos, como orden cerrado de piqueros, en frontal a la plaza, eran de un incordio e incomodidad manifiestos, así que, no teniendo al lado a nadie, decidí corregir la posición de mi asiento; y, de inmediato, un garçon se me echó encima, de mala manera, para que volviese a la posición inicial. Yo ‑de por mí‑, que aguanto poco, le hice bien manifiesto que no lo pensaba hacer… Me clavó en el precio de los dos cafés.

Otra situación chusca me hubo de ocurrir en una excursión a Versalles. La guía o la agencia nos la jugó (el autobús iba lleno de hispanos), porque, fue llegar a las puertas del Palacio ‑en las que había una cola para dos días‑, y nos dejó abandonados, cuando siempre creímos que la excursión incluía la entrada del grupo. Armamos la de Dios es Cristo y algunos acabaron desistiendo; mas, como buen español, me la agencié para entrarme en los edificios nobles. Hubimos de verlos casi a la carrera (por el tiempo perdido) y sin guía; mas no sólo vi el monumento, sino que le cobré a la agencia el retorno del importe de la excursión (con lo que comimos ese medio día).

Una cosa también sorpresiva fue lo sucedido camino del Sacre Coeur. Mi mujer es más bien timorata y, en cuanto sale de zonas algo reconocidas, se pone nerviosa. Así que largarnos hacia el Montmartre en metro (medio preferido de desplazamientos) y caer en las callejas que suben al templo, ya la mosqueaba. Pues, ascendiendo por la Rue Steinkerque, oigo, así de sopetón, un vozarrón que grita: «¡Mariaaaano!»; y me quedo helado, que no es para menos lo que te puedas esperar en ciudad tan amplia y cosmopolita; un paisano ubetense y familia bajaban de las alturas.

Hay cosas que pasan que uno no se las explica razonablemente o que, una vez pasadas y empezadas a ser pensadas, te dejan como una sensación de haber estado en inminente peligro; de que cualquier cosa podría haber sucedido y ahí te hubieses quedado, en la gran ciudad desconocida y extranjera ‑donde todo es posible‑, a merced de quién sabe qué… Sí, algo así nos sucedió a mi esposa y a mí en una estación de metro (no recuerdo cual). Yo llevaba un pequeño bolso de turista donde, además de mi inseparable cámara de fotos, tenía a mano la tarjeta de abono de viajes (que en cuanto llegué a París gestioné), y que, bajando las escaleras del andén, trataba de volver a guardar. De golpe y no dándome cuenta por dónde habían salido, nos rodearon unos cuatro o cinco individuos jóvenes, no mal vestidos (me parece que había al menos una mujer) que me conminaban a abrir el bolso. Me negué. Y así íbamos andando unos con los otros y yo advirtiendo a mi mujer que se pusiese tras de mí y tratando, a mi vez, de arrimarme lo más posible a la pared de la estación, con la previsión de no ser rodeados. Tal que aparecieron, y con la misma ligereza, desaparecieron, sin darme lugar a saber por dónde. Y juro que no andaba yo pasado de copas (máxime, porque en París no son baratas). Todavía trato de analizar la situación.

Estando en la cafetería del Louvre, reponiendo algunas fuerzas, pues ese mastodóntico museo no se lo salta un atleta de maratón, me encontré que entraba un ex consejero de Educación de la Junta de Andalucía (y familia), y me tuvo que controlar mi mujer para que no me levantase a decirle un par de cosillas que le tenía guardadas… Yo llevaba una camiseta en la que, precisamente, se podía leer claramente ANDALUCÍA. Imposible que no me viese.

Por aquel verano, la ciudad andaba en estado de alerta. Por doquier, se veían patrullas del ejército y, en las zonas turísticas más sensibles, eran manifiestas. Así que, ir indocumentado y con toda la traza y certeza de que eras extranjero, podía suponer meterte en un buen lío. Y ya sabemos lo “exquisitamente” que tratan las policías de otros países.

Y hablando de patrullas y soldados… Nos hospedamos en un hotelito cercano a Ópera, en una de las calles que salían al gran bulevar. Precisamente en esa calle, al mediodía, se oía siempre el toque de corneta que introduce el pasodoble “En el mundo”, pero no localicé a su intérprete. Como he dicho, la seguridad era alta y el microbús que nos recogería para ir al aeropuerto Charles Degaulle nos esperaba en una placeta cercana, porque no podía acceder a la calle. La bajamos arrastrando nuestras maletas y, al pasar por una bocacalle, donde estaba apostada una patrulla militar, uno de los soldados nos soltó un sonoro: «¡Buenos días!», que nos dejó boquiabiertos… ¿Tanto se notaría que éramos españoles?

 

marianovalcarcel51@gmail.com

Autor: Mariano Valcárcel González

Decir que entré en SAFA Úbeda a los 4 años y salí a los 19 ya es bastante. Que terminé Magisterio en el 70 me identifica con una promoción concreta, así como que pasé también por FP - delineación. Y luego de cabeza al trabajo del que me jubilé en el 2011. Maestro de escuela, sí.

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