“Tié q’haber” gente “pa’tó”

Yo he sido un jugador de dominó infrecuente y malo: lo primero por lo segundo y lo segundo por lo primero; pero hay quien no perdona una y si no echa la partida se pone de los nervios, como mi amigo Genaro, sin ir más lejos.

Hace un par de semanas tuve que bajar al centro, por la tarde, a recoger un análisis y, de vuelta a casa, me encontré con este colega al que hacía tiempo que no veía. Ya está jubilado también y todas las tardes se va a jugar la indispensable partida de dominó con unos compañeros, casi siempre los mismos, en un bar cerca de su casa.

Me invita a tomar café con ellos y, a pesar de mi resistencia inicial, porque tengo cosas que hacer, entramos al bar, un local de toda la vida al que yo nunca había entrado, de esos que en vez de clientes tiene parroquianos. Dentro, catorce o quince hombres de cincuenta para arriba, repartidos en varias mesas, discuten de diversos temas mientras juegan al dominó, pegando fichazos para reforzar la jugada. Ninguna mujer. El ruido de estos bares es inconfundible y característico. El tablero de las mesas tiene un recuadro interior de mármol donde los golpes suenan como tiros. En cada esquina, hay un rebaje circular metálico que antes era cenicero y ahora sirve para poner el café o la copa. Voces, fichazos, alguna risotada. El pueblo llano.

Los amigos de Genaro, que están al fondo, le hacen una señal y nos acercamos. Deberían ser tres, pero sólo hay dos. Parecen algo mayores que yo, jubilados también. Me los presenta:

Éste es Paco Payá y éste es Eugenio.

Nos damos la mano sin mucha ceremonia.

Siéntate aquí a mi derecha —dice Paco—.

Genaro, ya sentado, levanta la mano hacia el camarero:

José María, dos cafés y dos copas.

Interrumpo para decirle a Genaro que sí, que me tomaré un descafeinado, pero copa no, que no es mi hora y además estoy a régimen.

Cuando José María trae las consumiciones, Genaro pregunta por Mateo, el ausente tercer jugador, imprescindible para el juego.

Ha ido al pueblo, a algo del Ayuntamiento; pero ha dicho que estaría aquí para la partida. Se habrá retrasado, pero vendrá —explica Paco Payá—.

Genaro me mira.

¿Tú sabes jugar al dominó?

Sé poner las fichas. Si jugamos de compañeros, tú y yo, y no me chillas, pues…

Pues vale. Tú atento a mi juego y no me tapes las que yo ponga. Tapas las de ellos y no dejes que te ahorquen el seis doble.

Se ríen los tres.

Lo intentaré.

Me fijo en mis “rivales”. Eugenio es un tipo anodino, canoso y delgado. Lleva gafas metálicas y un grueso anillo de oro. Me lo imagino detrás del mostrador de una tienda de ropa. Paco Payá, en cambio, es corpulento y está realmente gordo. Con la cabeza inclinada, la papada le tapa el cuello de la camisa. Tiene unas gafas de montura negra en la punta de la nariz y un palillo en la comisura de los labios, pobre sustituto del puro que seguramente acostumbraba a llevar en tiempos más permisivos. Está casi calvo, pero el pelo es aún oscuro. Las cejas son tremendas. Había tenido un puesto de frutas en la alhóndiga, según supe más tarde.

La partida se desarrolla normalmente y con pocas palabras. Aunque Genaro y yo vamos perdiendo, ganamos alguna que otra y no estamos haciendo el ridículo. Si sigue así, pagaremos los cafés y punto.

De pronto salta Paco:

Eso de los “régimes” son tonterías. Si quieres adelgazar no comas y ya está. Ni probar “bocao”. Pero con el cuerpo que tú tienes… yo no haría nada.

No contesto. Mientras habla, pone su ficha y la partida sigue como si tal cosa. Tras una pausa, alza un poco la voz y gira la cabeza hacia mí.

Yo estoy gordo, ¿no? Pues aquí donde me ves he llevado más de veinte “régimes”.

Le sonrío con un punto de respetuosa incredulidad. Él habla, atento a las fichas, sin levantar la vista y con una seriedad absoluta.

Llevé uno que era tomarse por la mañana un té sin azúcar, medio pomelo y una rebanadilla de pan integral más malo que la madre que lo parió. A mediodía, una lonchilla de pechuga de pollo con limón y otra rebanadita integral; y, por la noche, peor. Todo pesado y medido con una basculilla de pilas que me compré y que tenía una “esartitú” de gramos. Tenía que estar así dos meses y a los tres días me caía por la calle y no tenía cojones de subir las escaleras de mi casa. Como pensé que en ese plan iba a cascar antes de los dos meses, comprendí que tenía que abreviar. Así que, sin dejar ese plan, empecé con el de las alcachofas y, al día siguiente, visto que la endeblez empeoraba, me tiré al de las proteínas, el de ese médico americano, o sea, toda la carne que quisiera y con todo el vino tinto que me pidiera el cuerpo. Con los tres planes a la vez, sí me veía yo capaz de aguantar los dos meses.

Me mira un instante para asegurarse de mi atención. Y yo pongo cara de póquer, porque no sé si está de cachondeo; pero él no da pistas.

 Breve pausa para regañarle tibiamente a Eugenio, que no ha puesto la ficha que Paco esperaba. Se trata de unos de esos jugadores que, a las tres fichas, ya sabe las que tiene cada uno y te va dirigiendo el juego.

Incluso completé el régimen con el de los zumos: dos litros de zumo al día. Cuando pasaron aquellos dos meses, me pesé y había engordado un poquillo: cinco o seis kilos. Y pensé para mí: «Es que es pronto, esto es que va a ser a la larga». Como el plan que llevaba no me suponía mucho sacrificio, estuve con él seis meses. Lo dejé, no porque yo no estuviera a gusto, sino por mi mujer, que me tuvo que comprar pantalones y camisas de dos tallas más; y, además, por lo gordo que estaba, empezó a no querer cuentas conmigo… ya me entiendes.

Genaro y yo nos miramos sin saber si reír o llorar. Paco hablaba con tal seriedad, sin apartar la vista de las fichas, que no me atreví a rechistar. Eugenio parecía no haber oído nada o quizás ya se conocía la historia. Aunque la transcribo en español normal, la verdad es que Paco hablaba con un ceceo horroroso y cuajado de vulgarismos; pero se le entendía perfectamente.

Pues voy a cerrar —interrumpió Eugenio, poniendo una ficha—. A contar.

No hace falta. Son cinco para nosotros —intervino Paco—. Tú mueves —me señaló—.

Mientras yo movía las fichas y cada uno iba cogiendo las suyas, Paco prosiguió con su peculiar experiencia.

Al año de aquello me convencieron otra vez de que adelgazara, porque yo estaba en los ciento veinte kilos, que se dice pronto. Me dieron una libretilla con todas las fechas y lo que tenía que comer cada día: mañana, tarde y noche. Tanto de esto, tanto de lo otro, todo bien pesado con la basculilla. Dije de empezar un lunes. No os podéis imaginar lo largo que se me hizo el día. Por la noche, parecía que llevaba un mes levantado. Unos ruidos de tripas, un mareo… y mi mujer: «Pues tómate un té, Paco, que eso sí puedes».

Sí, sí, un té. Me venía a la cabeza el régimen de las proteínas, pero estaba escarmentado. Entonces me acordé de mi sobrino, que es un zagal muy espabilado, que en La Salle se hizo dos cursos en uno, y me dije: «Coño, ésa es la solución». El martes por la mañana, temprano, empecé con la basculilla a preparar el desayuno, luego el almuerzo, luego la cena; luego el desayuno del miércoles, el almuerzo y así… y los puse en montoncillos; diez o doce raciones preparé y oye ‑levantó la vista hacia mí‑ ¡dejé a mi sobrino a la altura del betún! Si él se había hecho dos cursos en uno, yo había sido capaz de comerme el martes lo de toda la semana. Antes del domingo, yo había acabado con el plan, que en principio era para un mes. Y ya veis cómo estoy. Y, como además, el médico me quitó el tabaco, pues peor. Yo estoy muy desengañado con los planes para adelgazar. Si los “régimes” sirvieran para algo, ya te lo digo, yo tendría que estar como el humo; más delgado que Eugenio tenía yo que estar. Y mira cómo estoy.

Miré a Genaro en busca de ayuda, pero nada. Paco seguía hablando sin titubear, con la mirada en las fichas y recolocándose las gafas de vez en cuando.

Y como me mareaban conque estaba gordo, mi niña no hacía más que traerme planes de revistas. Así que todavía hice muchos más: uno a base de hierbas raras, otro con pastillas, dos más con infusiones chinas… yo qué sé. Con todo lo que te puedas figurar. El único que no hice, porque ‑la verdad‑ no me atreví, fue uno que me dijeron que era mano de santo: el de la sobrasada. Hincharse de sobrasada de la mañana a la noche. Ése no lo hice, fíjate tú. Me daba a mí que podía hasta ponerme peor.

Yo asentía tímidamente con la cabeza y, a veces, lo miraba intentando descubrir en su cara algún indicio de broma, pero no me atrevía a decirle lo que estaba pensando, porque Paco hablaba con total autoridad y absolutamente serio.

Por fin, apareció Mateo. Nos saludamos; yo me levanté y le ofrecí mi silla. Sentía cierto alivio por salir de una situación tan extravagante, donde no sabía qué decir.

Bueno, pues la compañía es muy agradable, pero me tengo que ir. Voy a ver qué se debe.

Déjalo, ya me encargo yo —explicó Genaro—.

Señores… —dije yo, ofreciendo mi mano para despedirme—.

Aquí nos tienes para lo que sea —sonrió Paco—. ¡Y olvídate del régimen!

Ha sido un placer —intervino Eugenio—. Y encantado.

Por la noche llamé a Genaro.

Oye, ¿lo que ha contado ese Paco, es verdad? Porque yo

¡Qué va! Le gusta inventarse historias; pero se pone tan serio que parecen verdad. Como nosotros ya lo conocemos, nos callamos y observamos la cara que pone el que va de nuevas; pero es un cachondo. El otro día, a mi cuñado le montó un rollo con la mili que había hecho en Melilla: que si las moras; que si le había quitado la novia al capitán; la juerga que montó en el barco, que tuvieron que pararlo en altamar… ¿Yo qué sé lo que soltó por la boca? Lo de hoy no ha sido nada. Cuando viene alguien nuevo, se luce. Luego se parte de risa, recordando las caras que ponen.

Y ese apellido Payá… ¿no es de Valencia o por ahí? ¿Cómo habla tan mal ese tío? Parece de la Alpujarra; pero de lo más perdido de la Alpujarra.

Es que es de un cortijo de la Alpujarra. Y lo de Payá no es un apellido; es un mote de su familia. El propio Paco dice que fue su abuelo quien, estando ya en las últimas en su casa y rodeado de su gente, exclamó con un suspiro: «Señor, que voy p’allá».

Esto se comentó mucho en su pueblo y a la gente le hizo gracia. Decían que, como estaba tan gordo, le estaba avisando al Señor para que le fueran haciendo sitio. Y de ahí le vino el mote. Pero él se llama Rodríguez, me parece.

Bendito sea Dios.

jmferc43@gmail.com

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *