Ardor guerrero, y 09

Llegado al epílogo de este análisis, quisiera decir dos palabras acerca de esa otra dimensión que caracteriza esencialmente al género autobiográfico: me refiero a la cuestión de la ‘identidad histórica del yo’ sobre la que se apoya toda la fuerza expresiva de la autobiografía. A ella creo que Muñoz Molina le concede especial atención, no sólo mediante el inexcusable uso de la primera persona gramatical a lo largo de todo el relato, sino también echando mano de ciertas señales o marcas que podríamos llamar paratextuales y que contribuyen a reforzar esa identidad histórica del yo. Me refiero a las dos reproducciones fotográficas en las que aparece el autor Muñoz Molina: la de la portada y la que precede el inicio de la narración junto con una frase atribuida al escritor francés Montaigne que dice «Así, pues, lector, yo mismo soy la materia de mi libro».

Porque ‑afirman los especialistas Martínez Bonatti y Darío Villanueva (1)‑ ser veraz y respetar el pacto de fidelidad con lo vivido no significa necesariamente convencer al lector de que está ante un verdadera autobiografía. Tanto desde el punto de vista sintáctico como semántico, una autobiografía propiamente dicha y una autobiografía ficticia no constituyen fenómenos literarios diferentes. Porque ‑aseguran los citados críticos‑ «la distinción se sitúa a nivel pragmático, ya que depende de las modificaciones intencionales efectuadas por los agentes, emisor y receptor, de la acción comunicativa». Es decir que, a fin de cuentas, toda obra queda sometida a la intencionalidad con que lee el receptor, auténtico dueño y señor del texto. Y que, por serlo, Darío Villanueva afirma «tener la convicción de que leemos precisamente con una intencionalidad contraria a la ficción». Es decir, que el lector tendría la propensión a creer que la historia que está leyendo pertenece al territorio de lo real.

No parece estar muy seguro de ello Muñoz Molina, cuando hace que la lectura de su Ardor guerrero esté precedida de las dos citadas reproducciones fotográficas y del texto de Montaigne. En efecto, estos dos soportes visuales, más la cita de Montaigne, tienen el objetivo claro de evitar que el lector desvíe la intencionalidad o interpretación de la lectura de Ardor guerrero hacia el territorio de la ficción, haciéndole ver que la relación entre el ‘yo’ del autor y el ‘yo’ del personaje no es de carácter ficcional, sino histórico. Por eso, el autor Muñoz Molina aparece en las dos fotografías con vestimenta de recluta, es decir, identificando el ‘yo’ del autor con el ‘yo’ del personaje. Y, por si esta identificación no fuera suficiente, el ‘yo’ del narrador comenta en el capítulo VII de Ardor guerrero unas fotografías que el lector asocia sin gran esfuerzo a los soportes visuales aludidos, unificando y confiriendo realidad a los tres niveles del ‘yo’:

«En ellas (las fotos) soy tan plenamente un recluta que apenas me reconozco ahora, no por el uniforme y por los años pasados, sino por la actitud y la sonrisa, que son las de un recluta atemorizado […], un recluta exactamente igual a los otros que aparecen en la fotografía, con la cabeza ladeada, con una tentativa de chulería en la posición de la gorra y con el pulgar en el cinturón de la guerrera», (p. 98).

Y, en cuanto a la aludida cita de Montaigne que dice: «Así, pues, lector, yo mismo soy la materia de mi libro», remite a la fotografía que ocupa toda la página contigua y en donde el lector ve a ese mofletudo y cejijunto recluta, llamado A. Muñoz Molina «con la cabeza ladeada, con una tentativa de chulería en la posición de la gorra y con el pulgar en el cinturón de la guerrera» y mirando fijamente a la cámara, es decir, al lector.

Todo ello ni impide que Ardor guerrero, como cualquier objeto de consumo, participe y se pliegue a la exigencias tipográficas, estilísticas y semánticas aplicables a la confección de un best-seller, tal como las define López Molina en su sabio análisis de La piel del tambor de Pérez-Reverte (2).

Y, efectivamente, Ardor guerrero consiguió escalar la cifra de ventas atribuibles a un best-seller: publicado a mediados de marzo de 1995, en mayo del mismo año ya se había editado nada menos que siete veces. Un éxito de ventas no conseguido por ninguna de las novelas (éstas sí ‘ficciones’) anteriormente publicadas, ni siquiera por sus dos premios nacionales: El invierno en Lisboa y El jinete polaco. Exigencias editoriales que pueden desvirtuar la intencionalidad ética y estética de un autor.


(1)          Además del artículo ya citado de Darío Villanueva, véase el de Félix Martínez Bonatti, “El acto de escribir ficciones”, Dispositio, vol. III, núms. 7-8, 1978.

(2)           Luis López Molina, “Análisis de La piel del tambor desde las teorías del best-seller”, en Éxito de ventas y calidad literaria, Verbum, Madrid, 1996.

Antonio.LaraPozuelo@unil.ch

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