El abuelito de la bata carmesí

15-02-2012.

Un cuento para gente de la tercera edad

Hace sólo unos meses, en uno de mis viajes a Palencia, me contaron que en un pueblecito, entre Lugo y Cacabelos, hay una moderna residencia de la tercera edad. Vive en ella un abuelito de carácter dulce y amable al que todos los empleados, uruguayos, rumanos, chilenos y marroquíes, cuidan con especial cariño y devoción. Lo primero que hace cada mañana el abuelito, al levantarse de la cama, es interesarse por los pobres, preguntar si ha bajado el número de parados y averiguar la situación de los actores y cantantes sin contrato. No sólo se preocupa por ellos, sino que escribe cartas, de puño y letra, dándoles ánimo y agradeciéndoles el bien extraordinario que aportan a la cultura, a la democracia y al progreso del país.

A pesar de su edad, al abuelito le encanta practicar a diario el bello deporte del mitin reivindicativo. Cada mañana, después del desayuno, se pone su bata carmesí, sus pantuflas a cuadros, y sale al patio tan contento en su silla de ruedas, conducida por Olga Kovalenko, una fornida ucraniana antigua militante del PCU. Rodeado de viejecitos, saca del bolsillo unos papeles y, con voz emocionada, se dirige a sus seguidores. Cuando él empieza a hablar, se hace el silencio.

¿Cómo agradeceré, ciudadanos y ciudadanas dice el viejecito—, el afecto que me seguís dispensando, a pesar de mi catastrófica gestión?

Se oyen aplausos y algunas toses. Un ancianito de la última fila saca un paquete de Ducados, a escondidas, y enciende un cigarrillo. Un cascarrabias, con los pelos de punta y el rostro huraño, llama a la celadora, acusa al viejecito y se llevan al pobre a una salita, castigado por fumador. El anciano no puede contener las lágrimas. Tras el leve incidente, retoma la palabra el conferenciante y vuelve el silencio.

No pude terminar mi negociación con ETA en el País Vasco, ni articular España con los nuevos estatutos, ni mejorar la enseñanza con mis reformas educativas, ni enterrar definitivamente a los muertos de la Guerra Civil con la ley de Memoria Histórica.

Silencio profundo, grave y absoluto.

—Es verdad que siempre conté con vuestro apoyo, aprobasteis mi gestión, disteis por bueno cada uno de mis proyectos y me calificasteis como el mejor político ante los medios de opinión.

Aplausos, sonrisas y lagrimillas. Avanza la mañana y la gente se arremolina a su alrededor. Los camilleros acuden a escucharle, las visitas quedan extasiadas ante aquel prodigio de fluidez parlamentaria, las mujeres dejan de limpiar habitaciones y miran por las ventanas emocionadas; pero el viejecito, ajeno a lo que le rodea, sigue a lo suyo.

—Gracias a mí, la gente se va tranquila de vacaciones; los niños pasan de curso, aunque suspendan un montón de asignaturas; anticipé la jubilación, subí las pensiones y el sueldo mínimo interprofesional; multipliqué el gasto para crear empleo y me avancé a mi época inventando una Alianza de Civilizaciones de la que soy líder y mentor indiscutible.

Aquello era el delirio, la locura, el entusiasmo desbordado.

—Gracias al Plan E, que la oposición me sigue criticando —gritos, insultos y abucheos—, no hay un pueblo en España que no pueda presumir de una rotonda.

Más aplausos.

Tanto soliviantaba a los ancianos y al personal del centro que, cada dos por tres, se reunían en el patio en asamblea, rompiendo a cantar la Internacional con el puño en alto y gritando consignas subversivas. Era una delicia ver, a las ancianitas de la FOE (Feministas Octogenarias con Encanto), dar vueltas por los jardines de la residencia, detrás de una pancarta, gritando: «Nosotras parimos, nosotras decidimos». Pero eso no es todo: en un ataque de delirio, está preparando para el agosto próximo una huelga general con los menos dependientes.

—¿Y qué opinan, al respecto, las autoridades?

—Pues que un hombre así es una bendición del cielo. Los abuelitos viven felices, ocupados, no molestan… Hasta comen mejor. Se está comprobando que aprender frases y consignas favorece el retraso de los efectos del Alzheimer. Se empiezan a desarrollar tesis doctorales sobre el fenómeno y dos universidades alemanas están interesadas en el asunto.

—No me diga.

—Lo que oye. Tenemos en lista de espera a Putin y a Daniel Ortega, algunos líderes sindicales y hasta a un dirigente del PP, al que le va la marcha.

—¿Y cómo finalizan los disturbios?

—Fácilmente. A la hora de comer, aparece el médico con dos enfermeros, le inyectan un tranquilizante y se lo llevan a recuperación. Los demás se disuelven en un momento, con las cabezas gachas, y se dirigen tranquilamente al comedor en sus sillas de ruedas.

Pedí que terminaran de explicarme la historia. Había algo que no acababa de entender.

—Sí hombre, sí. Es un pobre viejo, con demencia senil, que se cree ZP.

—¿Y es capaz de recordar y decir todas esas cosas?

—Tiene una memoria prodigiosa. Recita las frases del anterior presidente del gobierno como el Padrenuestro: «Estamos en la Champions League de la economía. Somos la octava potencia económica mundial y la envidia de Europa. Superaremos a Francia como hemos hecho con Italia. La crisis de las hipotecas es un problema de los Estados Unidos. España ha vuelto al corazón de Europa. La Tierra no es de nadie, pertenece… al viento. La crisis es puro catastrofismo. La nación es un concepto discutido y discutible…». Bueno. ¿Qué le parece?

—Pero la dirección, el personal médico, el consejo de administración… ¿lo permiten?

—Pues no se lo va a creer; pero le siguen votando cada dos meses.

Barcelona, 11 de febrero de 2012.

roan82@gmail.com

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