Mi primer viaje en coche

 

19-01-2012.

La primera vez que me monté en automóvil, era monaguillo. En aquellos lejanos años de 1930-35 ya se veían algunos discurrir por nuestras calles. Varios acaudalados fueron los primeros que los adquirieron en nuestro pueblo. En la feria, pude ver los descapotables camino de la Plaza de Toros, con su uniformado chófer y su mantón de Manila cubriendo el asiento trasero, pendiendo sus flecos y flameando al aire. Ese mismo mantón servía para cubrir la delantera del palco durante la corrida.

Un día, mi admiración alcanzó cotas muy altas. Vi a una señorita conduciendo un coche. Yo no concebía que una mujer lo guiara, como entonces se decía, y más me admiré porque la conocía. Era la hija de la dueña de nuestra casa, en la calle del Gallo, que tiene la hornacina de San Roque, el molino de los Cuadras, frente al paseo de la Coronada. Entonces, todos los coches llevaban una rueda de repuesto atrás y muchos chiquillos se montaban agarrándose a esa rueda. Cuando el chófer se daba cuenta, paraba para cogerlo; mas el chiquillo, que era muy avispado, se había esfumado. A mí nunca me dio la tentación de subirme así.

Una mañana, cuando en el Salvador se acabó la misa y me disponía a marchar a la escuela, se acercó don Ángel, el cura, y me dijo que si quería ir con él a ayudarle a misa en el Santuario de Nuestra Madre, la Virgen de Guadalupe. Yo le dije que sí. Metió su ropa en una bolsa, cogió un bote de agua y otro de vino, las vinagreras y nos salimos a la puerta, adonde había parado un acharolado coche negro. Don Ángel se montó junto al chófer y yo en una banqueta de las dos que había en el centro de la parte trasera.

El conductor salió con un hierro en la mano, lo introdujo en un agujero que había en la delantera. Se apuntaló, flexionó sus piernas para mandar más fuerza y con sus manos cogió la manivela y le dio una vuelta, otra más y a la tercera el coche empezó a vibrar, pues el motor se puso en movimiento. Sacó la manivela, se montó, cerró la puerta, le dio a una palanca y aquello lentamente empezó a caminar. Don Ángel se santiguó y yo, por no ser menos, lo imité. En ese momento, estaba muy nervioso y contento al mismo tiempo. En silencio, me preguntaba «¿Me marearé? ¿Me dará angustia?». Sabía, por oídas, de algunas personas que se habían montado y se habían mareado. «Por eso no quiso montar en coche», me dije, «aquella muchacha de la canción», que a diario escuchaba en la calle, cuando las niñas jugaban a la comba, y que decía:

El cocherito, lerén,
me dijo anoche, lerén,
que si quería, lerén,
montar en coche, lerén,
y yo le dije, lerén,
con gran salero, lerén,
no quiero coche, lerén,
que me mareo, lerén.

¡Iba montado en un coche sin marearme! Al pasar por una calle, vi a un niño conocido mío que ni me miró siquiera. ¡Con qué placer le hubiese llamado la atención para que me hubiese visto! El coche seguía su marcha con el ruido tembloroso del motor y un profundo olor a gasolina. Pasamos por la Casería de El Deán, El Palomarejo y La Torrecilla. El chófer dialogaba con don Ángel y le iba diciendo todos esos lugares que yo conocía de oídas. ¡Cuántas cosas y lugares nuevos estaba viendo! ¡Cómo gozaba! Cuando llegara a mi casa, todo se lo contaría a mis padres y a mis hermanos. El Chevrolet se paró en las eras del Cortijo de Guadalupe.

Cuando salí de él, lo primero que vi fue la torre del Santuario o espadaña, con sus pequeñas campanas. A mí, así me lo parecieron, pues estaba acostumbrado al repicar de las del Salvador. Entré, por primera vez, en el santuario. Me pareció pequeño pero precioso; más, cuando vi de cerca a la Virgen en su camarín, con su pequeño hijo en sus brazos, como ella: pequeña pero muy grande.

Durante la misa pude contemplar a la Madre desde varias posiciones, según me situaba el ritual. El “confite”, como todas las contestaciones que hacía, me salió a la perfección. La mañana se presentaba en todos los órdenes magnífica para mí. Cuando la misa terminó, nos salimos a los soportales y nos comimos unas tortas de azúcar, sentados en los bordes de la valla. Queriendo conocer aquello más en profundidad, bajé hasta el arroyo del Gavellar y vi discurrir sus tranquilas y cristalinas aguas que, en algunos estíos, cesaban de manar. Cuando nos comimos las tortas, nos montamos en el coche y de nuevo el chófer hizo la misma operación con la manivela. Ya en la ruta de regreso, una señora del grupo abrió su bolso y me dio una peseta de plata del Rey Alfonso XIII. Interiormente me puse más contento que unas pascuas y, cuando se la di a mi madre, exterioricé más mi alegría. ¡Qué bien me salió la primera vez que monté en coche…!

 

 
 

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