Una sonrisa, por favor.

20-01-2012.

Hoy me vais a disculpar. Tengo el cuerpo de jota y no quiero escribir del miedo, ni de la vejez, ni de la soledad, ni de la muerte. Tiempo tendremos de llorar y lamentarnos. Hoy me pide el cuerpo sonreír. A nuestra edad, la sonrisa es la mejor medicina para el alma. Resulta muy amargo escribir de penas y sufrimientos. Estaba contestando un correo del amigo Mariano Valcárcel, cuando me ha entrado la risa floja. Es importante aprender a reírse de uno mismo y de esas cosas sencillas que nos ocurren a diario. Unos señores han inventado la risoterapia, para curar las enfermedades, a base de carcajadas, y se están haciendo de oro. Lo que se perdió el amigo Miguel Gila.

Hará unos veinticinco años -lo sé, porque acababa de nacer mi hija-, me escapé del despacho, una mañana, con la intención de comprar una filmadora. La mejor tienda para este tipo de artículos estaba en la calle Córcega -hoy Córsega– (valórese la diferencia). Era una sala grande con tres o cuatro dependientes. La sección de imagen y sonido estaba al fondo. Allí estaba Miguel Gila, escuchando las explicaciones del vendedor sobre las características del producto. No se olvide que eran las primeras cámaras con una tecnología parecida a la actual.

—Y aquí, señor Gila —le decía el vendedor—, tiene un dispositivo para hacer primeros planos y captar detalles imperceptibles al ojo humano. Por ejemplo, si quiere filmar una mosca…

Gila no le dejó terminar. Con aquella voz de mozo con faja y alpargatas, que cogía el teléfono y preguntaba a voces «¿Es el enemigo…?», se quedó mirando al muchacho y le dijo muy serio:

—¿Y para qué quiero filmar una mosca? ¡Yo quiero filmar a mi familia! ¡Pero gastarme trescientas mil pesetas para una mosca…!

Era genial. Una magnífica persona. Uno puede confiar en la gente que se ríe y hace reír. Aunque no siempre. Estaba buscando algún ejemplo para reforzar el argumento y, justamente, me ha venido a la memoria la excepción: el anterior presidente del Gobierno que no dejaba de sonreír; el señor Zapatero. Yo creo que la sonrisa era su mejor activo, por no decir el único. A Rajoy no se le ve la risa por ningún lado -lo cual es lógico, con la que le ha caído-; ni a Rubalcaba, por idénticos motivos. Ahora la que sonríe es doña Carme Chacón, que últimamente no se llama Carme, sino Carmen, como la de España y doña Carmen Polo, la de Franco.

Además de sonreír, ensaya ante el espejo la famosa frase: «¡Capitán, mande firmes!», para decirlo con voz rotunda y contundente, como Massiel. Y el «Viva España» también lo ensaya. A uno se le encogía el alma, cuando oía un «Viva…!» tan mortecino. Me acordaba de aquellos versos que, en mis años de emigrante, oí en tierras francesas.

El que, oyendo un «¡Viva España!»,
con un «¡Viva!» no responde,
si es hombre, no es español…
Y, si es español, no es hombre.

Ahora estos versos se calificarán de machistas, porque nos hemos vuelto muy finos y muy gilipuertas; pero, en aquellos tiempos, oírlo en el extranjero, en un local del Partido Comunista Francés, en labios de viejos exiliados de la Guerra de España… a uno se le hacía un nudo en la garganta.

Dice doña Carme, doña Carmen, la señora Chacón, o como cada uno quiera llamarla, que, cuando era niña, le cantaban “La Internacional” para que se durmiera. Al oír tan tierna melodía, cerraba sus ojitos y soñaba con… ¿Con quién? Con los angelitos no sería, porque los comunistas no se tragan las enseñanzas de los curas. ¿Con quién soñaba entonces doña Carme Chacón? Hace poco me llegó un mensaje privado, secreto y confidencial para aclarar mi duda. Lamentablemente, no puedo revelar las fuentes; pero puedo asegurar que son de total y absoluta solvencia: ¡Doña Carme soñaba con Andalucía!

Después de los desastrosos años del Tripartito, con Montilla en el papel de protagonista, doña Carme desembarca en Almería para llevar el desarrollo y el progreso catalán (no han quedado ni medicinas en las farmacias) al sufrido pueblo andaluz, tierra de sus progenitores. Se ha cambiado el nombre para hacer el viaje: ahora se llama Carmen, simplemente. Cuando murió Franco, crecieron, como setas, los Jordis y los Jaumes, que hasta entonces eran Jorges, Jaimes o Santiagos. La mayoría de los nacionalistas catalanes piensa que los andaluces son unos incultos, que se pasan el día al sol o en la taberna, y se les puede engañar con cuatro baratijas.

Uno espera que, cualquier día, Alfonso Guerra arme el lío y se descuelgue con algo parecido a lo de la “Señorita Trini”, que tanto molestó a la anterior Ministra de Asuntos Exteriores. Y es que don Alfonso tiene sentido del humor. Me encantaría pasar una noche de música y gin tonics en su compañía. Don Alfonso tiene gracia, entiende a la gente y sabe hacer reír, que es de lo que quiero hablar.

Y estaba contestando al escrito del amigo Mariano, cuando se me han venido a la imaginación unos versos que quiero compartir con vosotros. Dicen así.

De la noche a la mañana,
una
dona catalana
pretende ser de Almería.
Grita: «¡Viva Andalucía!»,
aunque con cierta desgana.

Hay que reír, amigos. A nuestra edad, la risa es la mejor medicina para el cuerpo y para el alma. ¿Verdad que sí?

Barcelona, 18 de enero de 2012.

roan82@gmail.com

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