En busca del vellocino de oro, 03

Por Salvador González González.

La merienda era otro trozo de pan y las más de las veces una pastilla de pan de higo ‑bastante duro, por cierto‑, o alternando las menos de las veces un trozo de chocolate, que algunos guardaban para el desayuno, donde antes de que aparecieran en el mercado “las nocillas untables”, ya se había inventado en los desayunos del colegio, porque se sumergía la pastilla de chocolate en el café caliente que nos daban, para reblandecerla y así untarla en el pan.

De igual modo, se guardaban las fuentes de morcillas y los boquerones fritos que alguna que otra vez sobraban (pocas), para el desayuno del otro día. Las comidas y cenas eran breves y dificultosas de engullir; a mí sólo me resultaban asequibles los boquerones, las sardinas en conservas y atunes con salsas de mahonesa cargadas en aceites; las otras me “venían largas” en ese primer año; de ahí le tomé bastante aversión a los macarrones gruesos en sopas, servidos entonces con bastante frecuencia.

Relacionado con nuestras comidas alguna vez, en nuestros recorridos gimnásticos por los patios y campos deportivos del centro, veíamos extendidos, en los más cercanos a la cocina, grupos de jabalíes y venados, durmiendo el sueño de los justos. Los ya veteranos, a los nuevos, nos decían: «En una temporada comeremos jabalí y venado». Así era; nos ponían ‑sobre todo, en estofado‑ estos animales, estas carnes; la del jabalí magra, hecha y de fibra, diferente a la del venado que era más blanda y suave; nos las “ventilábamos” durante algunas jornadas, ignorando, por otro lado, el origen de semejante aportación, si su procedencia era de algún o algunos donantes cazadores o de requisamientos de cazas furtivas; la cuestión ésta, carecía de importancia para nosotros, porque nos resultaba apetitosa y nutritiva.

He de decir que esto mejoró ostensiblemente al cabo de unos cursos posteriores, donde ‑incluso en días señalados‑ ya veíamos hasta algo extraordinario como el jamón o los plátanos. Cuando en ese primer curso la fruta era una naranja, casi siempre ‑por cierto, en muchos casos‑ procedían de mi pueblo, envueltas en papel de seda con el nombre de Flor de Oro; así que me traían el recuerdo de mi tierra de nacimiento.

Al fallarme mi paisano-tutor, como consecuencia de su obligado abandono del colegio por la química, como he dicho, junto con él también tuvo que dejarlo otro paisano también de cursos superiores, Bartolomé García, que luego consiguió convalidar estudios igual que Antonio Lanza en la normal de magisterio de Málaga. Ambos acabaron magisterio y lograron enderezar sus estudios y vidas, con bastante éxito, por cierto, para los dos.

Me vi en la tesitura de tener que viajar sólo desde Coín con mi maleta hecha de madera, en buena hora, pues me servía como asiento en aquellos trenes botijos, atiborrados, donde más de una vez tuve que entrar por una ventana y pasar el viaje sentado en la maleta en un pasillo, donde el trasiego de gentes era inmenso: vendedores de casi todo; soldados de la quinta de África (Sahara e Ifni); personas con minusvalías improvisando un sorteo, utilizando cartas como papeletas, es decir, el máximo de participantes eran cuarenta, obviamente para que, en el tiempo de parada, pudiera vender las cartas y hacer el sorteo. Utilizaba para los viajes un librito que se denominaba “kilométrico”, porque así se ahorraba bastante en el billete, aunque casi siempre había que pagar un complemento, junto con el corte de los kilómetros que suponía el recorrido del tren (se compraba el librito con una cantidad determinada de cupones-kilómetros, de ahí el nombre).

De igual modo, el traslado de Coín a Málaga, que se hacía también en un tren de vía estrecha, al desaparecer éste, los horarios del autobús no eran compatibles con la hora de salida del tren desde Málaga, por lo que en más de una ocasión me las tuve que arreglar, gracias a la bondad de un transportista ‑camionero, vecino y paisano, Valdivia por apellido‑, que llevaba frutas desde Coín al mercado de Málaga muy temprano y que, junto con la carga de peras, membrillos y otros productos, me llevaba a mí.

Más de una vez, me tuve que bajar antes de un control de la Benemérita, en la pesada que hacían al camión, para comprobar si guardaba la carga correlación con lo que marcaba en la tablilla exterior del mismo; y, bordeando la carretera, lo esperaba más allá, donde de nuevo volvía a subirme con la mercancía. Cuando el transportista pasaba por la estación de Renfe, ya en Málaga, paraba, para que yo me bajara y tomará el tren.

bellajarifa@hotmail.com

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