Fausto

Por Mariano Valcárcel González.

El mito del doctor Fausto (fuese médico generalista o cirujano) siempre ha dado buen juego en la literatura, como el de don Juan Tenorio.

Vea usted: nada más y nada menos que la venta de un alma, su alma… Claro que, a uno, le asaltan muchas dudas sobre el dichoso tema: ¿para qué sirve luego un alma si es inmaterial (de suponerse su existencia)?; ¿qué disfrute encuentra Mefistófeles (otro del que habría que ver por dónde anda, si es que anda) atesorando almas, que deben tener menos consistencia que los virolos baezanos?; y, lo más importante… ¿por qué se vende un alma?

Dice el mito de Fausto que vendió su alma por una belleza a la que quería “trajinar” y, ya puestos, mantener eterna su lozanía recuperada, cual el hermoso Dorian Grey. Hombre, uno llega a entender ciertas cosas, esos deseos inalcanzables e inconfesables, esas ansias, esas frustraciones que van apoderándose de las personas; y, si las dejan ellas, ya no te dejan vivir en paz, apoderándose de todo “tú”, hasta convertirte en un amargado, un rencoroso, un insociable o un criminal, sin remedio.

Querer alcanzar lo inalcanzable o porque no te dejan o porque no se dan las circunstancias adecuadas o, simplemente, porque se carece de las cualidades necesarias para ello (y no se quiere admitir) es o sería fuente inagotable de contratos de compraventa de almas; vamos, que Mefisto habría tenido que montar un verdadero y gran negociado para tramitar tanta petición.

Sin embargo, es verdad que hay, en ciertas personas, una compulsión irrefrenable para alcanzar riquezas (que con ellas se arrastra lo demás, sea poder, honores, damas), máxime si estas personas previamente se han desprendido de las trabas de la conciencia, la moral o la ética. Esto se ve con excelente claridad en los múltiples y cada día más asombrosos casos que se nos dan a conocer, en la esfera política o empresarial. Particularmente, pero no en exclusiva, en los políticos y empresarios de la derecha, sostén y armazón de la denominada corrupción.

¿Es todo esto venta de almas al diablo…? Puede; que se ve que el diablo acude con bolsas llenas de dinero contante y sonante, con mordidas y comisiones, con tarjetas black, o con regalos que no se pueden rechazar y el alma cándida del político necesario para el chanchullo, pues que se rinde ante tales ofertas y accede a esa supuesta venta, inmoral e indecente, en la absurda seguridad de que todo quedará en la oscuridad de una transacción privada.

Así puede que haya sido; así puede que siga siéndolo.

Pero voy a contarles a ustedes un caso, sin dudarlo entre muchos, que me lleva a cuestionar todo lo que le sucede a quien acepta entrar en estos tenebrosos tratos, sucedido a un ex alcalde del PP; y lo que me cuentan es verídico. Empecemos contando que la persona en cuestión es una persona de buena familia no mal posicionada. Agradable, comunicador, detallista, educado, popular, al que todo el mundo (incluidos rivales políticos) estimaba y que, sin dudarlo, hubiese revalidado su alcaldía sin problemas. Mas tenía un pecado original: el haber sido colocado “a dedo” por su diabla‑jefa (y ello incluso en sus filas levantó ampollas), prestándose él al juego ventajista ante la ambición oportuna que se le ofrecía. Creo que ahí empezaba el texto del maldito contrato de compraventa luciferino.

Que dicho contrato tenía cláusulas secretas es ahora evidente. Así que el sujeto se dejaba llevar entre dichas cláusulas. Se debió encontrar así con órdenes y propuestas a las que, tal vez, ya no se podía negar; pues, sin duda, desde las alturas les eran exigidas. Mientras todo seguía, su alma estaba ya vendida y no fue capaz (o no pudo) dar marcha atrás. Para mejor tenerlo atado, le fueron lanzando migajas del gran banquete (creo que se juzgan probados setenta mil euros, una bagatela en comparación al gran robo). Hasta que el caso se descubrió y uno de los primeros en caer fue él.

No podía ser de otra forma. En las guerras, caen antes los peones que los caballeros (los peones son completamente prescindibles; de los caballeros, a lo sumo se puede obtener rescate). Así que ahí terminó su aventura, ahí acabaron sus ambiciones, ahí se dejó arrastrado su crédito personal, su honor, su patrimonio, su porvenir. Creo que intenta montar un negocio (para el que tenía cualificación) para poder vivir. Mientras su luciferina jefa lo negaba hasta tres veces (como Pedro a Jesús) cínicamente y toda la corte infernal tuvo amnesia colectiva. De la existencia del contrato no se supo, oportunamente desaparecido. Así, desaparecidas sus cláusulas, desapareció el objeto y efecto del mismo.

Él no podrá (¿o no tendrá valor?) exhibirlo en su defensa.

marianovalcarcel51@gmail.com

Autor: Mariano Valcárcel González

Decir que entré en SAFA Úbeda a los 4 años y salí a los 19 ya es bastante. Que terminé Magisterio en el 70 me identifica con una promoción concreta, así como que pasé también por FP - delineación. Y luego de cabeza al trabajo del que me jubilé en el 2011. Maestro de escuela, sí.

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