El niño que tanto amaba a la naturaleza y la vida…

Esto era una vez…

Un niño fuerte y bien parecido que siempre andaba saltando y jugando, confundiendo, frecuentemente, juego con pelea y choque personal; como los torillos bravos, cuando retozan en la pradera para hacerse poderosos, curtiéndose en el enfrentamiento físico directo.

Su madre, que tanto le quería, sufría mucho por sus continuos y variados accidentes; pues hasta hubo un tiempo en el que fue preciso ir a urgencias más a menudo de lo deseado… Según afirmaba su abuela paterna, era igualito que su padre, cuando tenía su edad…

¡Cuánto le encantaban la naturaleza y los animales…! Gracias a las múltiples lecturas y visionados de documentales, sabía mucho de ambos mundos. Por contra, a veces, mostraba excesiva lentitud en la ejecución de sus trabajos escolares; aunque siempre los terminaba en casa, estudiándoselo todo todos los días, mientras el reflejo de su sabiduría no se veía compensado en las notas de los controles… Pero como “todo llega” y “el que lo sigue lo consigue”, finalmente obtuvo los frutos debidos y deseados. Al irse habituando al trabajo diario y continuado, cuando llegó a la universidad fue un paseo militar: había trabajado tanto en las etapas educativas anteriores que no le supuso dificultad alguna…

Por eso, decidió hacerse médico y comprendió perfectamente a esos niños que, como él, todo el día estaban danzando; pues sus nervios y su propia psicología evolutiva les impulsan a desarrollar esa desenfrenada actividad, ocasionándole, a veces, pequeños accidentes que le recordaban lo que a él le había ocurrido en su, ya lejana, infancia.

En esos momentos, bien que se acordaba de lo que su madre y su maestro tantas veces le habían repetido; y cuántas travesuras infantiles había protagonizado…

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