“Barcos de papel” – Capítulo 02 f

6.- El día de san Fernando

Pero disfrutar, lo que se dice disfrutar… el treinta de mayo, día de san Fernando, patrón de la juventud y onomástica del padre Velasco. Por la mañana, nos despertaban con marchas militares y nos vestíamos con el uniforme de verano, camisa blanca y pantalón blanco. Luis, el jardinero, regaba el patio varias veces, para evitar que se levantara la habitual polvareda, y no jugábamos al fútbol por no borrar las marcas para la tabla de gimnasia que realizábamos por la tarde. En la parte superior, se instalaba un gran escenario con banderas multicolores, que daban al ambiente un aire de fiesta y de color. Paseábamos por el jardín, jugábamos a los santos o a las canicas, y contemplábamos los murales expuestos a la entrada de las clases, para felicitar al padre Velasco: rótulos con letra gótica, orlas, cenefas, espigas y racimos de uvas pintados con plumilla y tinta de colores. Algunos murales eran verdaderas obras de arte.

No obstante, lo extraordinario llegaba a la hora de comer. Nunca lo olvidaré, por más tiempo que pase. Aquel día, las señoras recorrían el comedor, muy sonrientes, con sus uniformes impecables y las bandejas llenas de huevos fritos. ¡Qué lujo! ¡Qué alegría! ¡Un huevo frito! No sabe nadie lo que es un huevo frito con su clara crujiente y doradita, con su yema cremosa y unas gotas de aceite alrededor, tras un año de estar a base de garbanzos y lentejas. No hacía falta que el hermano Gutiérrez revisara los platos. Los dejábamos como una patena. Aquello sí que era un privilegio.

Llevaba algo más de cuatro años en el colegio. Había crecido como crecen los pajarillos en una jaula: felices en apariencia, pero con una necesidad de afecto tan intensa, como la que siente el peregrino por un trozo de pan. Cuatro años es demasiado tiempo para vivir encerrado. Estábamos a primeros de junio, “El Colilla” había repetido curso, y en septiembre yo me había incorporado a la clase “superior”. Nos sentábamos juntos en la primera fila de la clase. Don Antonio explicaba aquella tarde la metamorfosis de los gusanos de seda que ya empezaban a fabricar sus capullos, y alguna mariposa temprana había depositado los huevecillos en el trapo que guardábamos en una caja de zapatos, bajo el pupitre.

Estábamos atentos a la explicación, cuando apareció en clase el padre Velasco. Parecía preocupado. También yo había aprendido a leer en los ojos de los mayores. Empezó diciendo que el colegio atravesaba serias dificultades, que el precio de las patatas y los garbanzos se había disparado, que las ayudas oficiales se retrasaban y que había pocas esperanzas de volver a recibirlas. No le salía la voz del cuerpo. La situación era tan grave ‑dijo emocionado‑ que, de no ser por un milagro, el colegio se cerraría al final de curso. Esta revelación nos dejó boquiabiertos. Dijo también que había escrito a nuestras familias pidiendo ayuda económica, sin resultado; y anunció, con una cara de pena infinita, que desde aquella noche, en lugar de lentejas, cenaríamos migas de pan con una taza de caldo de algarrobas.

Fueron días muy tristes. Antes de marcharse de clase, anunció que los exámenes de ingreso tendrían lugar la segunda quincena de aquel mes; luego miró a don Antonio de una forma especial, como si le pidiera perdón, y se marchó. Supimos luego que los maestros llevaban varios meses sin cobrar. A partir de aquel día, los viernes por la noche hacíamos turnos de vela ante el Santísimo. El de los más pequeños era de once a doce: permanecíamos de rodillas en la capilla hasta que regresaba el hermano Gutiérrez con el grupo siguiente y, por orden de edad y en grupos de ocho, pasábamos por la capilla todos los alumnos, desde las once de la noche hasta el amanecer del día siguiente. Impresionaba ver al padre Velasco, inmóvil, arrodillado delante del altar como una estatua, rezando la jaculatoria milagrosa: «Sagrado Corazón de Jesús, en vos confío».

Desde aquel día, pensé que el padre Velasco era una santo. Pero, a pesar de sus plegarias y las nuestras, no se obró el milagro y el día veintitrés de junio, víspera de san Juan, se cerró el colegio. Fueron días muy difíciles: el padre Velasco perdió la ilusión y hasta, quizás, la fe; se volvió más distante; y le invadió la decepción y el pesimismo. Cuánta, cuantísima tristeza vivimos el día de la despedida. El colegio parecía un funeral. Uno tras otro, salían del dormitorio mis compañeros con la maleta en la mano, haciendo esfuerzos para no llorar. Algunos tiritaban, aunque estábamos en verano y hacía mucho calor. Lo peor fueron las humillaciones que el padre Velasco tuvo que soportar. Algunas madres se encararon con él, gritándole delante de todos.

—Pero usted podrá hacer algo, ¿no? Los echan a la calle porque somos pobres y no tenemos dinero. ¡Qué vergüenza! ¡Los curas…! ¡Demasiados quedaron!

Y se marchaban con los niños cogidos de la mano. Sólo unos pocos conseguimos beca para continuar nuestros estudios: Pedro Torres, “El Sultán”; Emilio, “El Colilla”; Paco Zavalla; Antonio Lozano, un muchacho huérfano con graves problemas de salud; García Bautista y yo. Una tarde, a primeros de julio, vino al colegio un coche a recogernos y nos llevaron al colegio de Valprados. A partir de entonces, se hizo cargo del internado el Ministerio de Educación Nacional, llamado hoy de Educación y Ciencia ‑dicen algunos que de “ciencia ficción”‑, para convertirlo en escuela pública.

Hace algunos años, fui a visitarlo: el estudio lo habían transformado en biblioteca; en el dormitorio, se habían hecho tres aulas más; el comedor era ahora sala de profesores; y, en los dormitorios del padre Velasco y el hermano Gutiérrez, se reunía la Asociación de Padres. Habían cortado el castaño centenario y algunos pinos del jardín; habían desaparecido los rosales; y habían derribado la cueva de la Virgen, que había en el camino del estudio al dormitorio, en donde el padre Velasco me comunicó la muerte de mi abuelo. También había desaparecido la imagen del Sagrado Corazón de Jesús que presidía el patio de columnas; y aquella capilla que olía a cera e incienso, donde el hermano Gutiérrez nos leía, por la noche, historias terroríficas, era la sala de informática.

Tanto “El Colilla” como yo guardamos muy buenos recuerdos de aquellos años; los más duros en cierto sentido, porque éramos unas criaturas; pero los dos sentimos una gran nostalgia, al recordar los años de nuestra infancia en el colegio. Ahora que somos tan mayores, nos gusta recordar las obsesiones del hermano Gutiérrez, las filas, la capilla, el comedor, las clases… y el carácter enérgico y bondadoso del padre Velasco: una magnífica persona que decía las cosas mirándonos a los ojos y casi nunca se enfadaba. Siempre recordaré sus palabras, cuando años más tarde, al terminar el bachillerato, fui a despedirme de él.

—Alberto, hijo mío: recuerda que encontrarás cerradas la mayoría de las puertas a las que llames en la vida. Si quieres que te abran, deberás conseguirlo a base de esfuerzo y honradez.

—Sí padre. Lo tendré en cuenta.

—Piensa también que muchas cosas que nos parecen poco importantes, lo son. Y, sin embargo, otras que valoramos mucho más, apenas tienen importancia.

Se me quedó mirando con gran aplomo y gravedad y dijo finalmente.

—Cómo ha cambiado todo.

Sigo pensando que aquel jesuita era un hombre recto, íntegro e inteligente, que se desvivía por nosotros y ostentaba una fe sólida y firme, como no he vuelto a ver en nadie a lo largo de mi vida. ¡Cuántas veces lo he comentado con “El Colilla”!

 

roan82@gmail.com

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