Nostalgia

La nostalgia es patrimonio personal y, como tal, inalienable. Uno tiene su o sus nostalgias y con ellas convive, con ellas sueña, con ellas regresa al pasado (tal vez un pasado idealizado y en verdad irreal); pero está en su derecho de tener nostalgia. Nada que objetar.

La nostalgia es añorar un pasado por el que alguna vez transitamos y del que ya únicamente podemos obtener recuerdos, enseñanzas, alegrías o pesares de lo que hicimos y conseguimos. Traemos a nosotros un pasado, a veces con la intención absurda de convertirlo en presente, absurda por lo imposible. Otras veces nos sumimos en ese nostálgico recuerdo por mera entrega sumisa a nuestra impotencia pasada y actual. O la desarrollamos como una película que ahí tenemos, por la que no pasa el tiempo, repetitiva y obsesiva.

La nostalgia puede llegar a tornarse enfermiza.

Mas, para tener nostalgia de algo, se ha de haber vivido. Es imposible ser nostálgico de algo que nunca se pasó, que nunca se disfrutó o padeció, de lo que ni vimos, ni en donde nunca estuvimos. No podemos tener nostalgia meramente de lo que se nos contó o de lo que leímos. Es imposible.

Es imposible tener nostalgia de una República que no vivimos (sí, los escasos supervivientes de la época y que tenían lucidez suficiente para darse cuenta de lo que a su alrededor sucedía), así como tampoco pueden añorar la Dictadura, quienes no vivieron bajo el gobierno de Franco.

Los que ahora salen en defensa de una u otra forma de gobierno ya pasada no pueden hacerlo en aras de unos nostálgicos recuerdos, no vividos y por lo tanto falsos. Los que ahora defienden unas u otras posiciones lo hacen porque se les ha ido instruyendo, enseñando, manipulando, mentalizando, adoctrinando sobre tales formas. En general, se les han ido inculcando unas bondades más o menos discutibles, más o menos objetivas y válidamente históricas. Se les ha asegurado la tierra prometida de una realidad inexistente o parcialmente exacta y la maldad de la permanencia en el cautiverio de la tierra actual.

Esto está siendo ya de tal calibre que, acá, a las gentes se les están pasando películas con más fantasía que la saga de la Guerra de las Galaxias; y se las están tragando como si tales disparates (o meros productos creativos) sean verdades absolutas. Si en verdad un vídeo que por ahí se emite, a cargo de un señor que interpreta de manera muy singular la Historia de Cataluña y de España, no es un montaje, lo pongo como modelo de lo que estoy escribiendo.

No es que exista un revisionismo histórico, por demás necesario en muchas ocasiones; que, si fuese en efecto histórico, tendría base científica e investigación y merecería la pena su conocimiento y difusión; sino que es mero ejercicio delirante, basado en lo que se hubiese deseado y no en lo que de veras fue y se pasó. Absurdo intento de tergiversar la verdad de los hechos (por mucho que a veces duelan), encaminado a forzar el regreso nostálgico de la arcadia feliz que nunca existió.

Así que unos quieren que regrese la idealizada República y otros que resucite (si fuese posible) el Caudillo y benefactor general de la Dictadura. Ahí y sin anestesia.

Si el tango decía «que veinte años no es nada», menos todavía son cuarenta u ochenta. Nada: ni el tiempo ni las personas transcurrieron, ni las ideas envejecen, ni el pasado quedó ya sólo como referente. Nada: todo está ahí ya presente y vivo e idéntico a lo que en apariencia fue (y pongo «en apariencia» porque resulta que todo el tiempo transcurrido e interpuesto pudo ser un mero sueño). Calcamos banderas y gestos, eslóganes, estilos; copiamos tratando que, lo que nos es, sea lo anterior; buscamos ingenuamente un regreso al pasado total, del que no sacamos consecuencias porque todavía (y este es el nudo de la cuestión) no lo hemos vivido. No es que queramos vivir el pasado, es que queremos vivir en el pasado para reformularlo y reescribirlo.

Nos inventamos una nostalgia que no podemos en realidad tener, pero que la queremos vivir como si en ella hubiésemos estado siempre. Eliminamos lo que se sabe, porque lo que se sabe no nos gusta o no podemos defenderlo; lo olvidamos y hacemos que se olvide, como en esas fotos estalinistas en las que desaparecían los personajes que el Padrecito Stalin echaba por la borda; nunca existieron, pues ya no se ven. Y, en esa inopia y con sus mimbres, queremos volver a montar el andamiaje anterior, frágil, demasiado frágil. Salvo que los cuentos hayan calado, de tal forma, en las mentes infantilizadas, que se den por verdaderos, aceptables y realizables. O se tornen en nuevas biblias de absolutas verdades.

Alguien no se da cuenta de que estamos en el siglo veintiuno; y ese alguien ya inició el camino de la nostalgia. Así que a carreras nostálgicas no nos va a ganar nadie. Total, ya nos han devuelto al siglo diecinueve los nostálgicos del liberalismo económico. La veda está abierta.

 

marianovalcarcel51@gmail.com

Autor: Mariano Valcárcel González

Decir que entré en SAFA Úbeda a los 4 años y salí a los 19 ya es bastante. Que terminé Magisterio en el 70 me identifica con una promoción concreta, así como que pasé también por FP - delineación. Y luego de cabeza al trabajo del que me jubilé en el 2011. Maestro de escuela, sí.

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