Monumento y flora

Presentado por Manuel Almagro Chinchilla.

En este artículo, Ramón Quesada nos revela su acusada sensibilidad por la ornamentación de la flora urbana, tan descuidada como escasa por parte de quienes han tenido tal responsabilidad. Una carencia de la que aún “disfrutamos” como herencia y que se va superando con bastante dificultad. Ramón ya se refería a este asunto hace cincuenta y tres años, magistralmente, con un estilo literario, tan habitual en él, bastante poético y adornado con una bien conseguida y sobresaliente semántica. Quizás para llamar la atención de la manera menos incómoda posible, aunque no sabemos si la más eficaz.

Un pueblo sin jardines, falto de flores, desnudo de árboles, sin… tilos y adelfas y sin la umbrosidad del matojo, es como un arroyo sin el beso cristalino del agua. O como un cielo de medianoche sin el brillo de las estrellas. Pues el verdor de los jardines, con sus acacias de floración temprana, con sus ligistrum o magnolias, con sus evonimus de hojas elípticas y con el colorido policromado de sus rosales vigorosos, sitúan, sobre el paisaje de las cosas, una nota plácida y maravillosa: el último toque o apéndice de la perfección.

Por eso, y aparte de la belleza inflexible y grave de sus monumentos, que expresan en sus formas la línea de sabios estilos, de sus numerosas torres ‑cipreses de rosa‑ y de su muralla manchada de musgo, que forma como una bordura de begonia pétrea, la ciudad soberanamente pródiga de Úbeda ha adquirido, como ilación útil de una labor concienzuda y esmerada, consagrada a la edición y enaltecimiento de sus bellezas arqueológicas y plásticas, una novísima y refrescante anatomía de conjunto: la poética armonía de un paisaje antiguo enmarcado en la gracia y el encanto del jardín florecido, luminoso y romántico.

Si con verdadero acierto se ha dicho que Úbeda es un conglomerado estético de piedras artísticas e históricas, así como una exégesis envolvente de celebridad, resarcida e inserta con justicia en la eximía reputación histórica de España, es de fidelísima naturaleza indicar ahora, dado el momento actual de reiteración y progreso, el revoque admirado y extraordinario de este perfil reverdeciente y polícromo que hace de su vegetación jardinera un colaborador sensible y bellísimo de arte reflexivo. Y de toda la grandeza monumental que la humanidad creadora ha depositado bajo la custodia celosa de esta ciudad antigua, tan remota como los principios antiquísimos del arte, el jardín ‑monumento aquí al fin y al cabo‑, constituye uno más, el más delicado, dentro de la grandiosidad metafísica y pintoresca de esta fortaleza externa, flexible y sentimental.

De algunos antiguos jardines ubetenses no queda ya ni apenas el recuerdo. Otros, ya casi desaparecidos, ocultan la cara para disimular su pudor; si bien, esperan ansiosos la mano urbanística y ordenada de la civilización; honesta y única forma de poder sonreír a un mañana venturoso.

Úbeda ama, tiene obsesión, por la deliciosa musicalidad curvilínea de sus avenidas y paseos, de sus calles y glorietas. Está en el presente su eminente distinción de ciudad “jardinerada” ‑permitidme la frase‑ como corte preciso, sin desatender, por ello, la rancia condición de recatada o prudente. El pueblo aferrado al hábito sereno de su historia desea el amoroso lazo de este presente de moderno aspecto. Porque, vamos a ver: ¿quién no ha acariciado alguna vez el sueño de un imposible? Se puede decir que esto es lo que ha sucedido a Úbeda. De ese sueño de belleza sublimemente codiciado, Úbeda ha sabido entresacar, con exquisito buen gusto, el natural esplendor de unos jardines encantadores. Estos seres pacíficos ‑las plantas‑ han pasado a ser los órganos esenciales de un paisaje antiguo y, por tanto, descolorido.

Úbeda debe tener ‑¿por qué no?‑, todos los jardines posibles. Está suficientemente demostrado que aquí se da bien lo autóctono y extraño, que la mezcla del monumento histórico con el césped, con el árbol de hoja caduca o persistente, con el arbusto, con el rosal o gladiolo, se adapta perfectamente bajo este cielo honesto y eximio.

(12‑01‑1961).

 

almagromanuel@gmail.com

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