Desencuentros

Ya no sé si hacerme el sueco, reírme desmedidamente o pensar que acá ya no nos interesa nada de lo que “el otro” diga, escriba o comente, porque sólo atendemos a lo que pensamos en exclusividad y no vemos, pues, más allá de tres en un burro.

Y criticamos no lo que el otro haya dicho, escrito o comentado, sino lo que nosotros “creemos” que ha dicho, escrito o comentado. Vamos, que lo aplicamos exclusivamente a lo que nos interesa, venga a cuento o no.

Por lo tanto, a esa persona, que no leemos o entendemos correctamente, la ponemos de vuelta y media y pese a que, a veces, la misma nos indica que ni dijo, ni escribió, ni comentó lo que le achacamos. Esfuerzo baldío. Seguimos en nuestras trece y así lo juraremos ante santo libro.

Si escribes sobre secesiones varias, saldrán quienes te tachen cercano al facherío (o de facha directamente), si en apariencia estás “contra”, y sólo porque indiques que hay que ser objetivos y honestos al decir sufrir supuestas injurias. Paradójicamente, los del otro lado te acusarán de relativista y de “cojear” de cierto pie (sin ser cojo); todo, porque no asumes las absolutas verdades o certezas que ellos tienen.

Y no los sacas de sus posiciones, así les pongas en pancarta y letras de molde lo que únicamente escribiste.

Alguien ha dicho que, en el tema este de las supuestas secesiones que se nos pueden venir encima, prima más la cuestión de las emociones y de los sentimientos (y yo creo que la ambición de ciertos políticos) que la razón, la prudencia o la realidad. Y, con eso, justifican todas las barbaridades que se están diciendo, escribiendo u opinando. Es a lo que se acogen todos los que se lanzan a la disputa, sin atender lo que los demás digan, escriban u opinen sobre esos sentimientos, y no al mero ejercicio de la razón y de la lógica; estas dos quedan, pues, nubladas, ofuscadas y tapadas por los otros. No es, pues, un discurso que sea muy válido, ni coherente. Me lo refuerza el haber visto en un debate televisivo a dos señores, uno argumentando perfectamente y el otro no atreviéndose a desmentirle esos argumentos, pero diciendo que tienen gran “ilusión”… O sea, lo dicho.

Ante las barbaridades que algunos lanzan, metidos en la controversia, me da que pensar si no estamos en un estado tal, que vamos directos a lo más inestable con la inconsciencia del que queda ciego por su pasión amorosa. Luego de llegar a lo que le señala su impulso, luego de tenerlo, se le cae el velo de su sinrazón.

Me apena también volver a la constancia de ver que es el arribista o el incorporado a la nueva sociedad el que la defiende, como si en verdad sus raíces fuesen las más viejas de los más viejos de allá. Que se afrenten quienes llegaron de las regiones de las mayores afrentas.

No con quien naces, sino con quien paces. Refrán castellano muy verdadero: irrefutable. Yo no discuto que, quienes se adaptan a y adoptan las costumbres y formas de la sociedad que los recibe, en su derecho de supervivencia, están acertados; y, tal vez, si hubiese sido mi caso, hubiese obrado igual. Mas, que luego se digan afrentados por los que antes fueron sus orígenes, sí que me escama bastante. Y es cierto. Pero lo que habría que estudiar es el porqué de esas cosas, el porqué del cierto rechazo, hasta aversión, de los que volvían a sus tierras catalanizados, de tal forma que se ponían en evidencia ante los paisanos (los cuales sí que se sentían despreciados y agraviados).

En todo lo anterior, no falta un poso de envidia, a la que los españoles somos tan adictos; envidia que se reforzaba por la exhibición impúdica y poco prudente de los triunfadores en las otras regiones más ricas. De siempre, ha sido mala cosa el restregarle al pobre el que lo siga siendo, precisamente por quien también lo fue. Estos casos los hemos vivido en muchos pueblos y, unos más y otros menos, hemos sentido cierto resquemor.

No todo fue así, ni todos se comportaron de la misma forma; menos mal.

Por eso, da más pena la salida fuera de lugar y de razón del allegado de otras zonas; el que, ahora, apedrea más las sedes de partidos a los que califican de “españoles”; el que ondea, con más furia, el palo y el trapo coloreado y quema, a su vez, el otro símbolo maldito; el que se presta a sacarle las castañas del fuego al cacique, al burgués de bien, al “honorable” representante de lo más granado de sus seculares (y excluyentes e insolidarios) habitantes de la zona donde se afincó.

Y, en la controversia sobrevenida, tan artificialmente oportuna, se aviva la polémica de unos u otros a cara de perro, pero sin detenerse nadie a valorar serenamente lo que se va hablando, escribiendo u opinando. Cada cual, de espaldas y con su bolsillo lleno de piedras. Por si acaso.

marianovalcarcel51@gmail.com

Autor: Mariano Valcárcel González

Decir que entré en SAFA Úbeda a los 4 años y salí a los 19 ya es bastante. Que terminé Magisterio en el 70 me identifica con una promoción concreta, así como que pasé también por FP - delineación. Y luego de cabeza al trabajo del que me jubilé en el 2011. Maestro de escuela, sí.

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