Ardor guerrero, 04

Mi opinión con respecto a la pertenencia genérica de Ardor guerrero es que por el simple hecho de rememorar la mili —esa encrucijada necesaria y ritualizada que con su cúmulo de insoslayables sinsabores conduce al recluta de un estado mental a otro— pertenece con pleno derecho a ese tipo de autobiografía llamado de “aprendizaje iniciático”.

 

Una categoría que fue establecida por G. May al aplicar al relato autobiográfico los conceptos temporales (alcance y amplitud) gettianos a los que me referí antes, trascendiéndolos a lo semántico y lo pragmático (Georges May, La autobiografía. México, Fondo de Cultura Económica, 1982). Porque es evidente que la dimensión temporal de la vida recuperada puede hacer de la autobiografía desde un relato de infancia hasta la reseña de una vida completa, pasando por la narración de un aprendizaje iniciático. Y es precisamente, en este último sentido, como lo percibe el yo de la narración, cuando afirma en el capítulo II que «la mili era […] un ritual de paso hacia la vida plena de varones adultos»; y, más adelante, cuando en el capítulo V añade que en la mili:

«Había que aprenderlo todo y olvidarlo todo: había que aprender otra Geografía, otra Historia, casi un nuevo idioma en el que las palabras habituales significaban cosas desconocidas hasta entonces y en el que a veces se perdía el uso de la articulación inteligible; había que familiarizarse con un universo infinitamente detallado de valores y gestos, de signos, de códigos morales, de tareas y ritos que modulaban y cuadriculaban las horas del día, de nombres propios que más allá de las alambradas no conocía nadie y que en aquel reino donde acabábamos de entrar se pronunciaban con reverencia idólatra.[…] Había que olvidarse de lo que uno sabía cuando llegaba al campamento y que inscribirse en ese espacio borrado de las nuevas normas y las nuevas costumbres, todo, desde lo más grandioso a lo más ínfimo. […] Había que olvidar los frágiles derechos civiles recién adquiridos y aprender a resignarse de nuevo a la obediencia absoluta, y a vestirse y a caminar de otro modo y hasta llamarse de otro modo: yo tenía que olvidar mi nombre y mis apellidos y aprender que cuando el instructor llamaba a Jaén-54 […] era preciso que me pusiera firme, que juntara los talones con un taconazo y gritara bien alto y levantando el pecho “¡Presente!”».

De la misma manera, teniendo en cuenta la dimensión semántica del factor temporal, la distancia que media entre el tiempo de la vida rememorada y el de la escritura también puede impregnar la narración de lo vivido con muy diferentes tonalidades semánticas: desde la evocación nostálgica hasta el apasionamiento, según mayor o menor sea la lejanía del tiempo recordado con respecto al momento de la enunciación.

Algo más de trece años, como dije, han trascurrido desde aquella jubilosa tarde en que un recluta mofletudo y cejijunto, ‘Jaén-54’, recibió la famosa “Blanca” —la cartilla que significaba el definitivo adiós a los larguísimos y traumatizantes catorce meses de cautiverio militar en el País Vasco— hasta el hoy de la narración, cuando el autor se dispone a contar su “experiencia militar” durante su estancia en la universidad de Virginia. Desde el día en que recibió la “Blanca”, una pesadilla le había estado persiguiendo con metódica persistencia. Así empieza el capítulo I:

«Hasta hace no mucho tiempo he soñado con frecuencia que tenía que volver al ejército. Por equivocación, me habían licenciado antes de tiempo y me reclamaban de pronto; o bien, en lo de mi servicio militar se había cometido un error administrativo que lo invalidaba, un error de segundo orden, desde luego, inadvertido durante años tal vez, pero tan grave al mismo tiempo que hacía inevitable mi regreso al cuartel».

Era una pesadilla que le hacía ser de nuevo aquel soldado asustadizo y vulnerable, una zozobra que lo despojaba otra vez de su nombre, de su ropa y de su cara. En el sueño, el tiempo posterior al servicio militar se había esfumado sin dejar el más mínimo rescoldo o huella. Y, cuando le despertaba la angustia de tener que volver a la mili, sólo ese miedo no desgastado por el olvido quedaba intacto y concreto, y seguía actuando en él como devolviéndolo al tiempo de los terrores de la infancia, cuando era un chiquillo dócil a la brutalidad y a la prepotencia de los niños más fuertes.

De esta pesadilla, que le hace volver a ser el temeroso y apocado ‘Jaén-54’, se va a despojar el autor a medida que va rememorando los episodios de su servicio militar. Paradójicamente, el final del capítulo I será el principio del olvido de la delirante pesadilla que le hace revivir la mili mediante la escritura:

«Quizás sólo sea posible escribir sobre ciertas cosas cuando ya apenas pueden herirnos; y hemos dejado de soñar con ellas, cuando estamos tan lejos, en el espacio y en el tiempo, que casi daría igual que no hubiesen sucedido».

Antonio.LaraPozuelo@unil.ch

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