¡Cómo me agradó verla!

23-01-2012.

Hay veces que recordar tiempos pasados, secuencias vividas, días y momentos que ya estaban casi en el olvido y que afluyen a mi mente, me recrea y parece que de nuevo, con los ojos cerrados, las estoy viviendo y paso momentos de verdadera felicidad.

Cuando, después de varios días de forzada marcha a pie, atravesamos bellos pueblecitos del centro de la provincia de Huesca, por la tarde avistamos Barbastro. Cuando atravesamos esa hermosa ciudad, que después visitaría varias veces, tuvimos que parar para darle paso a una procesión: era el dieciséis de julio, día de la Virgen del Carmen; los paisanos de José María Escrivá de Balaguer paseaban a su Madre. ¡Cómo me agradó verla! Así tuve ocasión de pedirle fuerzas y salud para seguir caminando por este espinoso camino de la vida.

Una vez que la Madre pasó, nosotros continuamos nuestra marcha por la ciudad. Nos alojaron en unos pabellones que tenían varios pisos. En el tercero, de uno de aquellos edificios completamente vacíos, nos asignaron nuestro dormitorio para esa noche, que fue la primera durante la marcha en que, acostados, no veíamos las estrellas; pero en nuestras carnes sentimos esa frescura que calaba hasta los huesos y que transmitían las baldosas de cemento, pues la manta era insuficiente para paliarla. Como he sido y soy de poco dormir, en esa noche pocos motivos e ingredientes motivarían mi sueño. Me acordé de mi cama del campamento, cómo no, de esa cama que mi madre amorosa me mullía a diario cuando estaba en casa. ¡Cómo me remetía las sábanas y cobertores, cómo me subía el embozo para que el fresco de la noche no me resfriara!

Me acordé de mi novia; sentía esa llama arder en mi corazón, con sus recuerdos. Metí la mano en el bolsillo de mi camisa caqui, ése que tan cerca tenía de mi corazón; cogí entre mis dedos la estampa Jesús, que de recluta mi madre me mandó, y que aún conservo, y mis labios se posaron en su imagen, en un beso de cariño. En el retrato de mi madre igualmente repetí la escena, al que, mientras estuve lejos de su persona, todas las noches se lo hacía. Por último, y gracias a la luz que expedía una lámpara eléctrica que pendía del techo, pude contemplar la faz sonriente de mi novia. La contemplé unos momentos. Cuántos recuerdos afluyeron a mi mente. Cuántos felices momentos vividos en su compañía. Con qué gracia lucía, en su rubio pelo, esas blancas celindas que a mí tanto me agradaban. Le di otro beso y a mis tres amores los metí de nuevo en el bolsillo de la camisa, desde donde sentirían el acompasado latir de mi corazón.

Algo dormí esa noche, pues el cansancio del día motivaría mi sueño. Madrugamos y reemprendimos la marcha para aprovechar las horas en el que el sol era más benigno. La orografía del terreno iba cambiando: ya se veían las estribaciones de los Pirineos. Durante la caminata, podíamos seguir el curso de los cristalinos riachuelos. Ellos, impetuosos hacia abajo; nosotros, marchando hacia arriba. Ya no hacía el tórrido calor de tierras y días pasados; podíamos saciar la sed con sus frescas y cristalinas aguas. En los descansos, nos remojábamos los pies; y algunos más decididos hasta se bañaban. Yo, al no saber nadar, nada podía hacer. Según avanzábamos, los ríos me parecían menos caudalosos; y, en realidad, así eran. Desde la escuela conocía los más importantes de España; pero ése que discurría alegre por el pueblo al que habíamos llegado para descansar esa noche, no lo había oído nombrar nunca. El pueblo era Graus y el río Esera. Después, en viajes posteriores, pude visitar ese bonito pueblo, cuna de Joaquín Costa; y vi, en su parque, el bonito monumento que sus paisanos le erigieron.

Desde Graus continuamos marchando, siempre en dirección norte, por una estrecha carretera que bordeaba ese referido río, que inundaba de belleza nuestras retinas al contemplar esos parajes maravillosos, de apiñados pinos en las laderas de los valles.

Nuestro destino era desconocido. Todo eran especulaciones. Lo cierto era que estábamos en el corazón de los Pirineos. Se decía que íbamos a cortar la infiltración del maquis y, en realidad, así fue. Después de varios días de marcha y pasar por pequeños pueblos serranos, llegamos a Campo. Ese pueblo fue el final de nuestra marcha. Allí nos alojaron a los 30 hombres que componíamos la sección de Veterinaria en tres establos o, como aquí decimos, cuadras. Nos dieron colchonetas vacías y cada cual se ingenió para llenarlas de paja. Yo me acomodé con otros compañeros en una cuadra adonde encima había un pajar y nos fue fácil preparar la cama.

Como estábamos en el mes de julio, el tiempo era magnífico, aunque no hacía ese agobiante calor de mi pueblo (Úbeda) en esas fechas. El referido pueblo era pequeño, pero yo lo veía bonito y acogedor. Varias calles lo surcaban. En la central, algo más ancha, en su derecha tenía soportales; al final, había una pequeña iglesia con una no muy alta torre, pero airosa y bonita. En el crudo invierno que pasamos allí, más de una vez la vi vestirse de novia, cuando la nieve todo lo blanqueaba, como cantaba Jorge Sepúlveda en su bonita canción “Campanitas de la aldea”.

En ese pueblo estábamos acantonados más militares que moradores: una compañía de infantería, otra de intendencia, otra de sanidad, la sección de intendencia y veterinaria y algunos más. Los quehaceres allí eran bien pocos. En el corto verano, bañarnos después de la siesta. Yo era el machacante del sargento y del maestro herrador. Ellos estaban alojados en casas particulares, por lo que poco tenía que atenderlos, salvo algún recado. Desde cualquier lugar del pueblo, alzando la vista, podías ver las elevadas crestas de esos gigantes de la altura como son el Aneto y la Maladeta. Allí, el sol salía más tarde que cuando estábamos en el campamento de Bétera, y se ocultaba antes, por sus elevadas montañas.

Los buenos días poco duraron. Pronto tuvimos que subir al pinar a cortar troncos sin discriminación, para quemarlos diariamente en un ancho y viejo bidón que ardía continuamente en el centro de la cuadra, sala de estar, comedor y dormitorio. Se le podía adaptar cualquier nombre: la bautizamos con el de la “colectora”, y casi todo el día la teníamos rodeada. En ese lugar, los nevadas eran copiosas y abundantes; había mañanas que no podíamos salir, pues la nieve lo impedía.

Allí nos pasaron cosas muy agradables y otras desagradables, aunque sin consecuencias. Un día hubo que entregar varios caballos dados de alta. Nombraron dos soldados para hacer la entrega. Tenían que hacerla en Benasque, que era la línea más avanzada de la 132.° división a la que pertenecíamos. Los muchachos emprendieron la marcha en una mañana gris y fría; la ropa que llevaban era la misma que todos trajimos de Valencia. Varias veces me preguntaba, al ver soldados de los batallones de montaña tan bien pertrechados que estaban en Zaragoza o Barbastro: «¿Cómo podemos nosotros estar de esta manera?».

Pasaron varios días y no se sabía el paradero de los dos compañeros. El alférez, que era nuestro jefe, una noche nos reunió a todos y, con lágrimas en los ojos, nos dio la noticia de la desaparición de los compañeros. Allí nos llevábamos como una familia y a todos nos afectó, cada uno dio o intentó dar una solución. De todas, la más viable era ir un grupo de voluntarios a buscarlos. Todos queríamos ir, pero inexpertos en esa aventura, sin medios, sin calzado apropiado, podía ser funesto: así lo calificaba el jefe. Esa noche creo que no pudimos dormir ninguno: «¿Se habrán congelado en la nieve?, ¿les habrán atacado los lobos?, ¿habrán sido hechos prisioneros por el maquis?». Todas esas preguntas bullían en mi mente toda la noche. Así casi sin dormir vi por entre las rajas de la puerta del pajar filtrarse la luz del nuevo día. Ya no nevaba y prometía ser benigno y claro.

Nos levantamos de nuestro jergón y avivamos el fuego de la colectora. Uno de los nuestros marchó por el chocolate a la compañía de infantería. Yo me lo tomaba con mucha avidez, aunque era sin azúcar y transparente, pero me daba calor y me entonaba el cuerpo.

Vimos venir al alférez con acelerado paso, en su semblante se reflejaba alegría, y así fue. Antes de llegar a nuestra altura con euforia y alzando sus manos dijo:

—¡Ya han aparecido! ¡Gracias a Dios!

Nos relató que, sorprendidos por la copiosa nevada, se perdieron y, en el deambular sin rumbo, encontraron una casa en la montaña y una buena familia maña los acogió y les dio cama y comida hasta que el tiempo mejoró. Esa odisea terminó bien para todos.

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