Cuidado con el Miedo

23-12-2011.

Bien difícil lo pones, amigo Blas, al menos a mí, para hablar del Miedo. Y quiero escribirlo expresamente con mayúscula, al menos en este escrito, porque realmente es algo singular y también para distinguirlo de ciertos temores más o menos acentuados que comúnmente llamamos miedo.

El presidente norteamericano, Franklin Delano Roosevelt pidió desterrar del vocabulario dicha palabra y no desaprovechó la ocasión en sus discursos para dejarla postergada. A lo largo de su dilatada carrera política (el único presidente en la historia elegido en cuatro mandatos), tuvo que plantarle cara a difíciles situaciones que verdaderamente podríamos calificarlas de pavorosas, como la Gran Depresión de 1929 y la Segunda Guerra Mundial. En este sentido, famosa es su sentencia: «Sólo hay que tenerle miedo al miedo». A propósito de tal cita, viene más que pintado que tomemos buena nota de ella, sobre todo los políticos, en estos tiempos que corren en los que algunos analistas han calificado a la actual crisis económica como «más grave» que la del 29. Pero para hablar del Miedo sería conveniente tener una definición del mismo. Y he aquí la dificultad que decía al principio, porque creo que lo que conocemos son sus efectos, pero no su esencia metafísica. Sabemos de las reacciones fisiológicas que se originan en el ser humano, también en los animales, cuando nos enfrentamos ante situaciones que juzgamos críticamente peligrosas: se eriza el cabello, se dilatan las pupilas, aumenta el ritmo cardíaco, sube la adrenalina, se estiran los labios con la pretensión de mostrar los colmillos, escalofríos, sudoración acentuada… Están documentados casos de condenados a muerte a los que, sólo en 24 horas ‑las previas al cumplimiento de la sentencia‑, se les ha cambiado la pigmentación del cabello, tornándose completamente canoso. Así mismo, hemos de recordar lo que se puede leer en los Evangelios sobre Jesucristo, en los momentos anteriores a su prendimiento en el Huerto de los Olivos, en los que se dice que «sudó sangre».

Soy incapaz de definir el Miedo porque no lo he vivido en plenitud, es abstracto y entra en el terreno de la metafísica; pero sí he estado en los umbrales y he visto su “humareda”. Es la desazón de sentirse impotente para superar una situación que nos agobia fatalmente, asociada a la pérdida de facultades y a la soledad y al abandono más cruel y absoluto. Circunstancias, éstas, que se suelen dar con más facilidad en la vejez, aunque no necesariamente en ésta. Es la pérdida de la esperanza y la carencia de todo bien; es tener plena consciencia de vivir en la amargura de un continuo sin vivir, con la sofocante perspectiva del infinito. Es la antítesis de la vida y de la existencia.

Se nos decía que el Infierno no es otra cosa que la ausencia de Dios. Así, entramos en la eterna dicotomía: el bien y el mal, la existencia y la nada, la luz y las tinieblas. Si la Vida no es otra cosa que Dios al que llevamos dentro, el Miedo es el Maligno que nos acecha.

Mucho cuidado con frivolizar con el Miedo, mejor no tentar al diablo. Roosevelt sabía muy bien lo que decía.

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