Mi licencia, mi primer hijo, y 2

14-05-2010.
En esas fechas, ya en el mundo estábamos más tranquilos. La Guerra Mundial se había terminado, pero en España, después de nuestra guerra, aún subsistía la escasez de muchos alimentos básicos. Las naciones tenían a España en un boicot permanente.

Muchas tenían rotas sus relaciones con nuestra patria y las cartillas de racionamiento imperaban en todos nuestros pueblos. El caso es que había de todo en el mercado negro, como hoy se dice; antes se decía «en el estraperlo». Pero no había dinero para comprar. Eso no fue obstáculo para que se celebrara una boda muy decente. Mis suegros tenían conejos y gallinas, mis padres también criaban conejos y, así, juntamos varias docenas de los referidos animales y se sacrificaron.
Mi padre, como panadero, se encargó de hacernos un pan de verdadera artesanía, piezas muy artísticas como hoy no se ven: bollos de varias formas, roscas y roscas peinadas; y, para los novios, dos palomas del mismo pan, bebiendo en la misma fuente. Los dulces, como las bebidas, los hizo aquel hombre tan polifacético en los oficios que lo mismo hacía flores, que confites o trabajaba la madera, o arreglaba relojes y un sinfín de oficios más: Manolo, “Caparrastrando”; él se encargó de lo más dulce del convite. “La Jamona” fue la que dio la boda. Esa gruesa señora, tan popular en aquellos tiempos, iba a las casas y llevaba las vajillas, peroles, cacerolas…, todo lo concerniente para hacer un buen menú.
Cenamos muy bien: todo a base de carne de conejo y las típicas albóndigas con abundante pan y vino tinto del país. Todos lo pasamos estupendamente, pues entonces se valoraban, por la escasez que había, todos los alimentos. No se les ponía objeción, como hoy, al pan ‑porque engorda‑ y a otros alimentos ‑porque tienen grasa‑.
Se bailó mucho, al son de la guitarra y la bandurria, hasta altas horas de la madrugada en que, como se dice, se marchó cada mochuelo a su olivo. Y los novios, después de recibir parabienes de todos los invitados y despedirlos, nos fuimos a nuestro nuevo hogar, a darle rienda suelta a nuestro verdadero amor y abrir un nuevo capítulo en la nueva vida que íbamos a comenzar y que, después de más de cuarenta y ocho años de una verdadera unión, continúa enlazada con unos lazos invisibles pero irrompibles.
He tenido tres hijos: una rosa y dos capullos. Todos han nacido en primavera, como nacen las más bonitas y perfumadas flores. Todos han venido queridos y deseados y así han dado a mi hogar unas notas de alegría y felicidad que perduran y perdurarán mientras mis ojos vean la luz.
Una tarde, cuando el invierno exteriorizaba ya, casi sin fuerzas, sus últimos y débiles fríos, mi querida esposa sintió en sus entrañas unas leves y continuas llamadas de atención y vio pintar en su ser la aurora de una nueva vida que, en sus nueve meses de gestación, la había sentido y palpado a diario. Me lo comunicó y fui presto a casa del ama o partera, como vulgarmente se la denominaba. No estaba allí. Ya bien entrada la noche, la localicé en el barrio de San Millán. Allí se encontraba, atendiendo a otra paciente. En aquel entonces, la cigüeña llevaba los bebés a sus respectivas casas; no como hoy, que los llevan a las maternidades. La comadrona era doña Juana Cortés que, por suerte, era prima hermana de mi madre. No por esa circunstancia me atendió mejor. Su forma y trato con los demás era muy cordial y agradable. A pesar de sus más de 120 kilos de peso, subió conmigo por esas cuestas de Santa Lucía, Redonda de Miradores, hasta la calle del Pintor Orbaneja, donde vivíamos. Allí la reconoció y pronosticó que el parto sería tarde, por ser primeriza. Dio varias instrucciones y se marchó a descansar un rato, con la advertencia de que la llamáramos al primer síntoma.
La madrugada pasó entre dolores y dolores. Ya a las cuatro, estos fueron más continuos y fuertes. Fui enseguida a llamarla. Cuando vinimos y subimos las escaleras, sentí el débil llanto de un niño. Mi corazón en ese momento parecía que, por sus golpes, quería salirse del pecho. En mi mente me hice no sé cuántas preguntas: ¿soy padre?, ¿qué será?, ¿estará bien?, ¿y la madre?
Subí las escaleras como si alas tuviera. La escena, inédita para mí, me impactó. En el lecho, casi extenuada y ensangrentada, estaba la parturienta; la niña, que reconocí enseguida, acurrucada entre sus piernas, quizás buscando el calor material que le iba faltando, moviendo los morados miembros mientras daba leves gemidos. Durante mi ausencia, los dolores se hicieron insoportables, según decía ella. Sentía grandes deseos de apretar y sentía como no sé qué se salía y se entraba. Su atribulada madre, que con ella estaba, insistía en que no apretara, que esperase al ama. Ella, sin poder más, con las desesperación llegando al límite y haciendo uso de esa frase que a veces se dice: «¡Que sea lo que Dios quiera!», dio un impulso y sacó a la vida un nuevo ser llorando. La parturienta entró, dando un profundo suspiro, en un letargo, que fue como yo la encontré. La abuela, desde ese momento y gracias a la sabiduría que dan los años, le deslió a su nieta dos vueltas de intestino que traía en su frágil y débil cuello. Mientras, ella en su cuerpo sentía una total descomposición. Yo me quedé perplejo cuando vi a mi niña. No había visto en mi vida una criatura tan fea. Sus pequeños ojos hinchados como una rana, su débil cabecita alargada como un pepino, su ensangrentada boca. Cuando lloraba, parecía que se le iba a juntar con las orejas.
—¡Dios mío! —pensé—. Si llega esto a luz será el reír de las gentes. Los niños se guasearán de ella; habrá que tenerla escondida; no sé lo que se habrá de hacer con ella.
Mi madre viéndome preocupado me dijo, con la experiencia de haber tenido siete hijos y haber ayudado a partos de sus vecinas:
—No te preocupes. Ya se pondrá bien.
Y así fue. A los tres meses parecía una bella flor, tan bonita como esas rosas del parque de María Luisa de Sevilla. Mi querida hija se bautizó en la iglesia de Santa María, donde yo había sido bautizado y donde nos casamos.
Mi madre sacó de pila a Antonia, o Ton¡, como amorosamente la llamamos; y, orgullosa, la llevó, la tuvo entre sus brazos mientras la cristianaba y disfrutó porque su nombre se prolongaría en su querida nieta. Fue la alegría de todos.
Resumiendo: mi querida hija nació en primavera, en su primer día, como nacen las bellas y perfumadas flores; y se dio la paradoja de que ese día era domingo y, por añadidura, de Ramos. Fue uno de los días más felices de mi vida…

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