El origen y la transformación de los hermanos, como el de las fuentes y los ríos, es complejo y difícil de adivinar. Vas de excursión y, cuando menos te lo esperas, alguien dice: “¡Mira una fuente!”. Otro día, de visita a la catedral de Cádiz, cuando esperas encontrar al Obispo, una voz te deja boquiabierto: “¡El Tamargo!”. Miras y, efectivamente, después de cuarenta años, tienes ante ti al auténtico Juan Tamargo, ayer Hermano, hoy Padre y mañana, Obispo posiblemente. ¡Asombroso!
La influencia de los hermanos en nuestra sociedad ha sido decisiva desde siempre. Recuérdese: hace unos años fueron los Guerra, Alfonso, Juanito y “el Patillas”; y en la actualidad, los Carod Rovira, Apeles y José Luis; los Maragall, Pascual y Ernest; y los Nadal, Manuel y Joaquín héroe, este último, del barrio del Carmelo en Barcelona. Pero volvamos a nuestra historia.

Tamargo era puntilloso, desconfiado, vigilante incansable y vivía para la inspección en el más literal de los sentidos. Un mirlo blanco. El hecho de ser casi nesciente en Filosofía y Teología, ayuno en Ciencias, ignaro en Psicología y Pedagogía e indocto en Arte y Literatura, carecía de importancia ante los especiales méritos que en él concurrían: cierta bondad natural, lealtad al sistema, sumiso acatamiento de la norma, aversión por el debate y repulsa firme a la disensión imaginativa. Pero ahora viene lo mejor: Juan Tamargo profesaba admiración reverencial al padre Navarrete y era el inspector más barato del colegio. Una joya. ¿A que sí?
Desde siempre existió en la Safa la teoría de la compensación de calidades a la hora de elegir una pareja de inspectores. Junto a uno de prestigio y liderazgo indiscutibles -don Isaac, don Jesús, don Sebastián-, se colocaba a otro con los conocimientos justos para pasar el curso. Entre éstos, brillaron con luz propia don Benjamín, don Antonio Pérez y Juan Tamargo. Aquellas parejas eran como las de la tele: junto al alto, el bajito; tras el culto, el nesciente; junto al artista, el florero. Sería muy interesante comparar a don Antonio Pérez y al Hermano, pero no es posible porque hay cosas que no admiten comparación. A nadie se le ocurre organizar un concurso internacional de pavos para saber cuál canta peor.
Cuando lo nombraron inspector, se sintió en la cima del mundo. Se le caía la baba los domingos por la tarde, al salir del colegio rodeado de niños que reían sus gracias. Con ellos bajaba hasta la plaza de Santa María, saludando orgulloso a cualquier conocido que se les cruzase, especialmente si se trataba de algún padre o profesor del colegio. Uno de los muchachos de este séquito me contó que, mientras unos lo acompañaban en sus paseos, otros se divertían en el cine, paseando discretamente con alguna jovencita o fumando un cigarrillo a las afueras. Asuntos todos sin importancia pero que encabezaban su especial lista de pecados capitales. Unos ratones organizaban al gato una gran fiesta para que el resto esquilmara tranquilamente la despensa o el granero.
Por su excelente predisposición, siempre le encomendaban trabajos poco agradables y de cierto compromiso. Si el resultado era positivo y la cosa salía bien, no tardaba en aparecer el padre Navarrete, exultante de felicidad, a recoger los méritos, ignorando de forma manifiesta a nuestro personaje. Si por el contrario, el resultado no era el apetecido, la bronca del Prefecto, manos cruzadas sobre su cintura de picador, era digna de Curro Romero en tarde inolvidable. Y una vez metidos en licencias taurinas, señores, átense los machos que viene la estocada final y el descabello.
Con ocasión de los exámenes finales, le invitaron a formar parte del tribunal de Literatura que presidía el padre Navarrete, acompañado de Julio Artillos, profesor de la asignatura y él como estrella invitada. Parece ser que al principio se resistió un poco, pero pronto lo convencieron para que hiciera sólo preguntas fáciles y con el libro abierto. Al final la tentación fue más fuerte y accedió a la petición.
El día de la prueba, tras sonreír ufano unos minutos y observar cómo discurría el examen, con inseguridad manifiesta y el libro abierto, se animó a preguntar:
‑Dígame las obras de Homero.
‑Las Metamorfosis, Las Epístolas y La pesca.
Largo silencio. Sin levantar los ojos del libro y visiblemente nervioso, felicitó al muchacho:
‑Muy bien, muy bien; pero te olvidas de la Iliada y la Odisea.
Y le puso un ocho.

Y por si esto fuera poco, espero de su bondad y misericordia, casi infinitas, que comprenda y perdone esta broma, que le dedico con la seguridad de obtener su afecto y su perdón. Amén.
31-03-05.
(94 lecturas).
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