CATALUÑA Y ESPAÑA (1)

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Las tormentosas relaciones entre Cataluña y España requieren de una buena dosis de pedagogía política a uno y otro lado del Ebro que sirva para recomponer los jirones rotos a partir de la diada del 11 de septiembre y, sobre todo, tras la irresponsable convocatoria electoral de Artur Mas y sus resultados subsiguientes.

Pienso que una España sin Cataluña sería como un cuerpo seriamente mutilado con sus funciones claramente mermadas y con la amenaza de producirse una metástasis de imposible recomposición biológica y fisiológica.

Oigo, sin embargo, en las charlas de bar o de café, unos comentarios anticatalanes no reproducibles y, en sentido contrario, unas expresiones de rencor y de desdén hacia España que, unas y otras, ni entiendo ni comparto.

  Si repasamos una hipotética lista de quejas de Cataluña hacia España estoy seguro que no bastaría con un solo cuaderno, pero eso mismo sería aplicable a otras comunidades, cuya relación con España no ha sido precisamente un camino de rosas. Las peripecias históricas de Andalucía, por ejemplo, nos ilustraría suficientemente.

Pues bien, ante la complejidad de las relaciones entre Cataluña y España, solo caben dos soluciones: o precipitar la ruptura, cuya simple probabilidad me niego a aceptar, o recomponer la unidad, que está seriamente erosionada.

La primera, la ruptura, es decir, trabajar por la independencia de Cataluña, supondría, desde el punto de vista territorial, una pérdida sustancial para España, pero el resto de los parámetros perjudicaría gravemente tanto a España como a Cataluña. La economía quedaría fuertemente debilitada y las relaciones sociales, culturales, afectivas y deportivas entre España y Cataluña estarían presididas por un odio irreconciliable de consecuencias incalculables, puesto que ni los ciudadanos españoles son todos demócratas impasibles e imperturbables ni todos los catalanes son sesudos ciudadanos equilibrados y razonables. La ruptura, siempre, siempre, siempre (no lo olvidemos) sería tan traumática que las personas con sentido común de ambos bandos (me cuesta poner en mis labios esta expresión) serían laminados por los grupos más beligerantes y violentos. Los nacionalistas más radicales y los españolistas-centralistas más intransigentes ocuparían todo el juego sin posibilidad de una vía amistosa y tolerante. Por poner un ejemplo de los menos importantes, el Barça no podría jugar en la liga española con lo que nos privaríamos de ver el fútbol más bello del mundo, pero la liga catalana sería de menor entidad que la 2ª división española. Que nadie se engañe.

La segunda posibilidad, que es la más racional, sería continuar unidos Cataluña con España, como siempre han estado a lo largo de la historia, excepto aquellos 12 años del siglo XVII en que Cataluña se convirtió en una especie de protectorado de la monarquía francesa. Naturalmente, aquella experiencia fue un mal sueño para Cataluña.

Ya sé que hay problemas importantes entre Cataluña y España. Siempre los hubo, pero donde mejor se solucionaron fue en los periodos democráticos. Sé que la crisis ayuda a aumentar la percepción de problemas como la balanza fiscal o el propio autogobierno, pero cualquiera de ellos puede resolverse con voluntad y espíritu de concordia y colaboración. Que no se nos nuble la mente, por favor.

De todas formas, España y Cataluña no se merecen la alta tensión a la que les someten políticos tan irresponsables como Artur Mas y tan intolerantes e inflexibles como Rajoy y sus compañeros de la ultraderecha.

 

Juan Antonio Fernández Arévalo (Cartagena, 3 de diciembre de 2012).

Autor: Juan Antonio Fernández Arévalo

Juan Antonio Fernández Arévalo: Catedrático jubilado de Historia

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