“El crack”

Por Fernando Sánchez Resa.

El jueves, 5 de marzo de 2015, fue un día invernal, fresco y soleado, en el que los cinéfilos ubetenses comenzábamos (esperanzados) un nuevo ciclo de cine español, representado por cuatro películas que habían escogido los promotores del Cineclub “El Ambigú”: El crack de José Luis Garci (1981); La caza de Carlos Saura (1966); La colmena de Mario Camus (1982); y Novio a la vista de Luis García Berlanga (1954).

Juan tuvo la amabilidad de explicarnos las razones por las que habían elegido a estos cuatro cineastas de talla que, aun teniendo otras películas más destacadas, conformaban un auténtico puzle representativo, con novedades dignas de resaltar: lo policíaco y el cine negro, a lo español, en El crack; la dureza argumental y de los protagonistas de La caza; la variopinta galería de personajes que desfilan por La colmena; y la frescura de Novio a la vista, que recompensaría nuestra ansiada comicidad.

Con la llegada de la democracia en España, la cinematografía cayó en el destape y la vulgaridad más absoluta. Sin embargo, José Luis Garci se mantuvo más interesado en la propia calidad artística que en otra cosa, como lo demuestra El crack, una obra que rezuma tristeza, desesperación y melancolía. En ella, Garci sabe crear un cine policíaco, negro y de acción, al estilo americano, proporcionando a Alfredo Landa (que andaba encasillado en sus papeles de “landismo” de la época franquista, con chicas y cachondeo por doquier), el papel del detective Areta, un investigador privado, al que sólo le conmueven su novia, la hija de su novia y Nueva York; y del que sale más que airoso, dándole incluso un toque tierno y amoroso, con esa melancolía en su mirada, esa manera de fumar, esa ternura que desprende en la relación con la novia y la niña. Le acompañan unos actores de cuadro de honor: un excelente José Bódalo; la niña, que es una de las cosas más bellas de la película; Miguel Rellán, con esos ojos de yonqui perfectos para su personaje; María Casanova, que es una extraordinaria actriz… También aprovecha para mostrarnos la inolvidable ciudad de Madrid, recién estrenada la democracia en España, que no volverá jamás a ser igual, porque entre todos nos la hemos cargado. Cada fotograma de la Gran Vía, Callao, Princesa…, deja transpirar su amor por esa ciudad, acompañado de una bellísima melodía de piano. Son muy interesantes las grandes escenas rodadas en el Rockefeller Center de Nueva York (NY), incluyendo sus cuatro frases en inglés del principal protagonista. Todo ello, envuelto en una bonita historia de amor que tiene su calvario particular por culpa de las fuerzas del hampa madrileña…

Germán Areta (Alfredo Landa), alias “El Piojo”, es un investigador privado al que le encomiendan una misión: encontrar a la hija de un hombre atormentado y misterioso, un empresario de Ponferrada. Areta cuenta con la ayuda de El Moro (Miguel Rellán), un delincuente aparentemente reformado, que le ayuda a moverse en los barrios bajos de la ciudad. Gracias al novio de la secuestrada, averigua que la chica estaba embarazada y huyó de casa. Desde entonces, “El Piojo” empieza a sufrir todo tipo de presiones para que abandone el caso; mas no cejará en su empeño, hasta conseguir su encomienda…

La banda sonora crea una magia con blues, de marcado acento pianístico para el gris madrileño, mientras va retratando fielmente sus edificios, enseres, gentes; además de sus calles, con su abundante tráfico, y taxis característicos…; y con sonidos de jazz, a base de saxo, para el frío y nocturno Nueva York.

El director sabe conjugar la historia policial, muy al estilo americano, sin desmerecer un ápice, pero dándole un sello hispano, en el que casi todo llega a resolverse tras las idas y venidas del guión y sus protagonistas, sorprendiendo siempre al espectador por lo giros y vericuetos que va tomando. Consigue una perfecta ambientación castiza y auténtica del Madrid de finales de los 70; muestra un fantástico combate de boxeo, un magistral atraco del bar de carretera, una inconmensurable partida de mus…

Es un filme que bebe mucho del cine negro norteamericano y del estilo de Dashiell Hammelt, pues reflexiona sobre la búsqueda de la felicidad, la soledad, la amistad, la traición, la desilusión, etc.

La asistencia fue la de siempre, con los incondicionales de turno que saben encontrar un hueco en su calendario y un lugar donde pasar un buen rato, a veces con sus altos y bajos, según el género que toque. En aquella jornada, pasamos dos horas de acción continuada con diálogos inteligentes, aunque en algunos momentos no se oían bien, por lo que hubimos de adivinarlos; menos mal que eran en español.

Como escena que destacar, me quedaría con la secuencia genial de Areta llegando a su apartamento, cuando coge su copa, se sienta en la cama y enciende su cigarro, mostrando una serenidad y sobriedad extraordinarias.

En fin, la velada cinéfila podría resumirse así: el fin pretendido (pasar un rato agradable disfrutando del séptimo arte, en compañía de amigos y conocidos) justificó los medios cinematográficos que tuvimos a mano (una pequeña sala, lo más caldeada posible, y la película en cuestión, con regular sonido).

Aunque para más inri, hasta nuestra sala de proyección ascendía (a veces) el guirigay que provocaba la entrega de premios del concurso de dibujo, organizado por el excelentísimo ayuntamiento, sobre el tema: Cómo debe ser el reparto de tareas en el hogar. La presencia de los paneles de los dibujos elaborados por el alumnado de los distintos centros educativos de nuestra ciudad, colocados en la galería superior del Hospital de Santiago, añadió salpichirri y colorido al día, mientras el patio permanecía acordonado y la grúa, cual monstruo mecánico paralizado, imprimía tremendismo al gélido patio santiagués y completaba el cuadro policíaco que acabábamos de visionar.

Úbeda, 28 de agosto de 2016.

fernandosanchezresa@hotmail.com

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