“Banquete de bodas”

Por Fernando Sánchez Resa.

Y tras un paréntesis de 15 días, particularmente mío, volví el 29 de enero de 2015, con ansia y alegría renovadas, a la sala de proyecciones del Hospital de Santiago, donde el Cineclub “El Ambigú” nos deleita semanalmente, haciendo incursiones cinematográficas y aportando su grano de arena a la “Ciudad de los Cerros” para que se recuerde que hubo una diva genial (Bette Davis) que durante cuatro semanas causó gran impacto en los cinéfilos ubetenses.

Banquete de bodas (The catered affair, 1956), de Richard Brooks, fue la película que visionamos y que sirvió de broche de oro, en el primer mes del pasado año, a la memoria de la destacada y recordada actriz Bette Davis, en el 25 aniversario de su muerte. Nacida el 5 de abril de 1908 en Lowell, Massachusetts, Estados Unidos y fallecida el 6 de octubre de 1989 en Neuilly-sur-Seine, Francia.

El público fue acudiendo con cuentagotas hasta que se puso la sala más llena que en otras ocasiones. Se ve que el boca a boca funciona y, cada día, estas sesiones cinematográficas andan más concurridas, lo que es doblemente bueno: para los organizadores y asistentes; y para nuestra querida ciudad.

Con la amabilidad y puntualidad que le caracteriza, Andrés nos explicó que habían escogido este filme para cerrar este ciclo con una clara intención (que también suelen seguir para el resto de ciclos): poner una película, poco o nada conocida, que resalte lo que se quiere destacar; en este caso, la magnífica actuación de la protagonista, “la fea del cine”, como en ciertos ambientes se le conoce, para que mostrase sus cualidades interpretativas magistralmente y de una manera distinta al cliché que ella llevaba permanentemente implícito: no actuaría de malvada, sino de madre vulgar con sus estereotipos personales y sociales más arraigados.

Esta cinta es una producción de bajo coste y sin demasiadas pretensiones (Andrés y Juan la pasaron en español, aunque el auténtico cinéfilo siempre la prefiere en su idioma original), donde se muestra lo que ocurre cuando se organiza una boda, sea en la época que sea, haciendo un análisis acertado de la serie de problemas que ocasiona, sin dejar de lado lo bueno que también trae, pues, como todo en la vida, el casamiento conlleva cosas positivas y negativas al mismo tiempo, haciéndome recordar aquel famoso proverbio aprendido en boca de mi padre: «Casamiento y mortaja, del cielo bajan».

Nos puso, Andrés, como siempre, la miel en los labios, sin ejercer de espoiler al no adelantarnos demasiado argumento ni el final de la peli, para que paladeásemos la proyección con auténtica pasión e intriga. Y así lo hicimos, comprobando cómo Bette Davis hace una interpretación destacable, juntamente con su marido Enerst Borgnine, ambos en papeles de seres humanos y sensibles, tan distintos de los malvados que en otro momento tuvieron que encarnar. Los actores secundarios redondean esta pequeña gran obra, donde los diálogos y las poses dramáticas son carta de naturaleza que el espectador sabe apreciar y disfrutar.

Los ritos sociales de casamientos, como hitos que son en la vida de las personas, han dado lugar a numerosas películas de boda: Ahora o nunca, La novia cadáver, El mercader de Venecia, Bodas y prejuicios, Historias de Filadelfia, Cuatro bodas y un funeral, El padre de la novia, El hijo de la novia, Mi gran boda griega… y Banquete de bodas donde se muestran los conflictos entre un taxista y su esposa a cuenta de la futura boda de su hija que sirve de excusa para mostrar un retrato social planteado con gran agudeza, que está basado en la novela Paddy Chayefsky, en la que se incidía sobre la visión agridulce de la vida cotidiana neoyorquina.

Todo empieza con el anuncio de la boda de Jane Hurley (Debbie Reynolds), hija de Bette Davis y de su marido taxista, Ernest Borgnine, con su prometido Ralph (Rod Taylor), en la que, en principio, querían que fuese una sencilla ceremonia religiosa, sin alharacas ni invitados, con los íntimos únicamente; pero que, conforme va avanzando la película, nos va mostrando cómo la actriz principal y madre de la novia intenta cambiar el rumbo de esa decisión tomada por los novios, acarreando un abigarrado cuadro de inconvenientes, al querer hacerle un banquete que está fuera de sus posibilidades; como sabe cualquiera que haya pasado por ese trance, bien de novio/novia o de padre/madre del novio o de la novia; sin embargo, el guionista Gore Vidal aprovecha para dejarnos un buen sabor de boca, con el retrato de una familia pobre en la que hay demasiada gente pululando por el piso, ajena a la pareja de Bette Davis y su marido, y en donde surgen los conflictos y las fricciones descarnadamente entre sus diferentes componentes e incluso amigos, pero sabiendo darle una solución beneficiosa para todos. Por eso, nos dejó a todos los espectadores un muy buen sabor de boca, fácilmente medible con el aplaudiómetro figurado del público que sonó más fuerte y con más ganas que otras veces; y que a más de uno le sirvió de excusa perfecta para felicitar a Juan y Andrés, los gurús del cineclub, que con su incondicional amor al cine saben crear ambiente y animar voluntades con cualquier proyecto cinematográfico que emprendan.

Es interesante y sorprendente la magnífica declaración de amor que el marido (un tipo duro y miembro de una pareja que nunca se han dicho «te quiero») dice a su esposa: «Llevamos mucho tiempo casados, pero a mí me ha parecido un soplo».

También Andrés, al principio de la sesión, nos había adelantado el ciclo escogido para el mes de febrero sobre Marcelo Mastroianni que comenzaría con Los girasoles formando una pareja inolvidable: Sofía Loren-Marcelo Mastroianni; para seguir con tres filmes más: Crónica familiar, Una jornada particular y Ginger y Fred, que nos sirvió para que se nos fuese haciendo la boca agua y la espera larga, queriendo que pasase la semana lo más rápidamente posible para que nos encontrásemos de nuevo, el primer jueves del conocido “febrerillo loco”, en la Sala de Lectura del Hospital de Santiago ubetense, con el fin de disfrutar de una nueva sesión cinematográfica entre amigos.

Y afuera, tras los 92 minutos de duración, la noche nos esperaba serenamente, a la intemperie, con sus premoniciones de bajada de temperaturas y con el cielo blancuzco y encapotado, amenazando lluvia o nieve, que todo podría ocurrir…, mientras más de un cinéfilo se hacía esta doble reflexión: ¿Es necesario dar un gran banquete para impresionar a los demás? ¿Es mejor que cada cual viva su propia vida y no la de sus hijos?

Úbeda, 15 de agosto de 2016.

fernandosanchezresa@hotmail.com

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