El edén perdido

Por Jesús Ferrer Criado.

A mi amigo Melchor.

No era la primera vez. El cumpleaños de Inma, la mujer de Melchor, propiciaba algo especial y nada se nos ocurría que fuera más excitante, más exótico y más prometedor que volver a la sierra ‑a la sierra de Baza‑, donde Melchor poseía una casa ‑un viejo cortijo, ahora rehabilitado‑, herencia de familia. Con mucho trabajo, constancia y algo de dinero había convertido en habitable ‑ocasionalmente habitable‑, el antiguo cortijo, si bien no tenía agua corriente ni electricidad.

La sierra de Baza era nuestro Shangri‑la, nuestro paraíso, nuestra isla. Allí habíamos pasado algunos de nuestros días más felices, jugando a robinsones de secano, a exploradores, a naturalistas de bichos y plantas, sobre todo aromáticas: romero, tomillo, espliego…, disputándoles a las abejas el disfrute de su aroma. Y según cuándo, también la nieve. El Calar de Santa Bárbara estaba a tiro de ballesta y, en el camino, la Canaleja, el Prado del Rey, el Pozo de la Nieve y miles de pinos que, claro está, raleaban conforme nos acercábamos a la cumbre rocosa y pelada donde aún quedan restos de explotaciones mineras.

En enero y febrero, esa ruta se hacía entre la nieve, con el precipicio amenazando a dos palmos de las ruedas del coche. Esa excursión solía ser el plato fuerte y a Melchor le divertía aterrorizarnos, conduciendo su Discovery a veinte kilómetros más de la velocidad prudencial. Detener el coche y gamberrear, tirándonos bolas de nieve, eran el colofón para gentes tan talluditas ya como nosotros. Volvíamos con hambre, con ganas de chuletas y de estufa, y muy felices de encontrarnos en la amplia sala del cortijo, amigos todos, con la felicidad de no tener entre nosotros ni malentendidos ni cuentas pendientes. Por eso, decidimos pasar ese fin de semana, el cumpleaños de Inma, en la sierra.

El plan era el siguiente: Melchor y yo nos adelantaríamos el viernes por la mañana, prepararíamos las cosas, o sea, agua, leña, camas…, y el sábado vendría su cuñado Rafa con su mujer y las nuestras en el Rover. Naturalmente, provistas ellas de las viandas necesarias para convertir el fin de semana en una fiesta culinaria de cierto nivel. Las bebidas ya las habíamos adelantado nosotros.

A mediodía, estábamos ya Melchor y yo en el cortijo y, después de dejar las cosas, nos dispusimos a llenar de agua las diez o doce garrafas de plástico necesarias para nuestra estancia. Para eso, tuvimos que subir hasta el manantial de la Canaleja, donde encontramos, como siempre, gente de Baza que había acudido a por agua o a dar una vuelta. Nos llamó la atención un grupillo de mozuelos con mala pinta, que bromeaban entre ellos y que, en cierto momento, me pareció que se referían a nosotros dos. Antes de que termináramos de llenar, se fueron con sus motos, haciendo el caballito y dando ruidosos acelerones. Llenamos, cargamos las garrafas y nos dispusimos a volver.

A mitad de camino, nos encontramos de nuevo al grupillo de jóvenes, siete u ocho, parados en el arcén. Pasamos y ellos nos siguieron un trecho casi pegados al coche. Cuando tomamos el desvío para el cortijo, ellos continuaron hasta perderse. No me había gustado el encuentro y a Melchor tampoco, aunque él le quitó importancia.

Melchor encendió la estufa y, mientras la amplia habitación se iba templando, preparamos la mesa y sacamos los víveres que requerían el sitio y el momento. En este caso, dos escalofriantes chuletones de Ávila y un escogido surtido de quesos para completar.

Fue inevitable que, durante la comida, surgiese de nuevo el tema de la juventud moderna sin oficio ni beneficio, atentos sólo a pasarlo bien, sin miramientos ni respeto a nadie, como si todo fuera una fiesta en la que ellos fueran los amos.

La habitación central del cortijo tendría unos cuarenta metros cuadrados; quizás más. La pared del fondo, enfrente de la entrada, estaba ocupada por los muebles de cocina, la hornilla y el fregadero. La pared de la derecha tenía tres puertas que daban a tres pequeños dormitorios y, más o menos en el centro, había una estufa cilíndrica de leña que se ocupaba de que el conjunto fuera habitable en invierno.

Algunos incidentes habían obligado a Melchor a sustituir las primitivas puertas de madera por sólidas puertas de chapa; y las ventanas…, igual; con lo que, si ganábamos en seguridad, perdíamos en aislamiento; y en invierno se notaba.

La opípara comida fue precedente de una siestecita relajada en el sofá de “recuperación” que el anfitrión había colocado frente a la estufa. En realidad, la mayoría de los muebles eran de recuperación, o sea recuperados de algún contenedor o bien de “donación”, regalo de alguien que los jubilaba después de una larga vida de servicio. Esos orígenes dispares dotaban a la estancia de un atractivo peculiar entre kitsch y enciclopédico. El conjunto resultaba acogedor, pero un decorador ortodoxo se habría muerto.

En las paredes, alguna foto, un termómetro, una bota de vino inservible, dos almanaques pasados, un transistor Sanyo, un quinqué y una cartulina enmarcada con un soneto que decía:

Llegas viajero a aquel edén perdido
que añoró tu ardorosa fantasía:
república, castillo y monarquía
de un rey mago cordial y divertido.

Sé pues, al paraíso bienvenido;
disfruta de esta magia todo el día:
su perfume, su paz…, esta armonía
de color, de silencio y de sonido.

Reunidos luego al toque de fajina,
rebosen junto al fuego los manjares,
lúzcase el anfitrión en la cocina,

desate el vino lenguas y memorias,
y altérnese el banquete con cantares,
con risas, con recuerdos, con historias.

JF 1992.

El anónimo autor era obviamente muy partidario del sitio y del entorno. ¡Y yo le alabo el gusto!

Después del benéfico reposo que los chuletones demandaban, acordamos dar una vuelta por los cerros circundantes, para hacer ganas de cenar, y anduvimos entre los pinos, admirando desde la altura las magníficas perspectivas totalmente vírgenes, sin rastro humano visible. Cuando el sol, fatigado del largo día, hizo ademán de irse a descansar, también nosotros decidimos regresar al refugio. Por el camino de vuelta, casi nos tropezamos con un grupito de ciervos que, orgullosos, izaban sus hermosas cuernas como si fueran coronas reales.

Habíamos andado, subiendo y bajando, casi dos horas y nuestros jubilados cuerpos demandaban unas cervecitas frescas. Melchor tenía una neverita de butano, cuyo funcionamiento jamás comprendí, pero que mantenía frescos los alimentos. En invierno, bastaba con dejarlos a la intemperie, a salvo de jabalíes y otros bichos, para mantenerlos no frescos sino congelados; pero aún estábamos en otoño.

La cena, frugal, se basó en langostinos cocidos y una ensalada con todo. Luego llegaba el sagrado turno de las copas, normalmente gintonics. A veces las tomábamos fuera.

Esa noche, la oscuridad era absoluta y el cigarrillo de Melchor era como una linterna. No se veía nada, ni la palma de la mano. Si se hubiera apagado la luz de la casa, no la habríamos encontrado sin dar de bruces con ella. El desamparo era absoluto; sólo se distinguía, allá arriba, la Vía Láctea. Desde niño, durmiendo en una era, no la había vuelto a ver. Era imposible no tener miedo. Aquella oscuridad, la vaciedad de todo, la lejanía de cualquier humanidad, era sentirse perdido e indefenso, como si estuviéramos en la Edad de Piedra. Por eso, nuestros antepasados adoraban al sol.

Como Melchor venía a veces solo y pasaba aquí, solo, el fin de semana, le pregunté si no había sentido miedo alguna vez.

—No. Yo me siento al lado de la estufa, me fumo un par de cigarros oyendo música y, si me da por ahí, llamo por radio a ver si alguien me recibe y charlamos un rato.

Melchor tenía un “todoterreno”, necesario para moverse con soltura por estos pagos y lo aparcaba pegadito a la casa, de forma que sacaba de la batería un cable y lo conectaba a unos fluorescentes especiales, poco gastosos, e iluminaba la casa. Además teníamos linternas y velas.

No era la primera vez, ni la segunda, ni la tercera que vivíamos la misma situación. Esencialmente dos jubilados contando batallitas, la mili, el primer amor, las escaseces de la posguerra, algún percance…, y así nos daban las doce de la noche. Después, «buenas noches, buenas noches» y hasta el día siguiente que pateábamos el terreno.

Ya nos íbamos a acostar cuando, en la puerta metálica de la entrada, sonaron unos golpes, como si llamaran. Nos miramos extrañados y ambos hicimos ademán de silencio. Luego hablamos en voz muy baja:

—¿Quién puede ser a estas horas? —exclamó Melchor—.

—No tengo ni idea, pero yo no abriría sin saber quién es.

Minutos de zozobra esperando acontecimientos. La llamada nos ha descolocado del todo. Más golpes.

—¿Quién es? —preguntó Melchor visiblemente nervioso—.

Nuevos golpes contestaron su pregunta.

Melchor insistió dos veces más. Silencio.

Nos levantamos y fuimos hasta la puerta para oír mejor. Pegamos el oído a la chapa y nada. La puerta no tenía mirilla, pero tampoco hubiera servido de nada en esa oscuridad.

—No le harán nada al coche… —susurró Melchor preocupado—.

—Si seguimos teniendo luz, es que no.

Nuevos golpes. La estructura de la casa hacía imposible ver nada desde alguna ventana, de modo que, si queríamos saber algo, tendríamos que abrir la puerta, y eso era lo último que debíamos hacer.

Estábamos encerrados y aislados en plena Sierra de Baza y a medianoche. Fantástico.

—Oye, a unas malas podrías llamar por radio.

—¿A quién? A estas horas no la coge nadie. Y si contestan… ¿qué les digo? ¿Que estamos muertos de miedo, porque están tocando a la puerta y no sabemos quién es?

La verdad es que sólo podíamos esperar. Melchor encendió el enésimo cigarrillo de la noche, mientras los golpes sonaban de forma intermitente.

Aunque ambos pensábamos que seguramente eran los gamberros de las motos que querían darnos un susto, no habíamos oído ruido de motor ni voces de ningún tipo; pero eso no demostraba nada. ¿Formaría ese silencio parte de su plan para intrigarnos más?

En la tensa espera, íbamos del sofá a la puerta y de la puerta al sofá, totalmente desconcertados por la situación y sin pensar en acostarnos.

Desde luego, los de fuera estarían disfrutando de nuestro nerviosismo, viendo las rendijas de luz que delataban nuestra “intranquilidad”, por decirlo de forma suave.

—¿Y si apagamos la luz para que vean que pasamos de ellos? A lo mejor se aburren y se van de una vez. Podemos encender un par de velas, que eso no se aprecia desde fuera.

Así lo hicimos. Melchor echó otro palo a la estufa y se sentó frente a mí.

—¿Hago café? —preguntó serio—.

—Si es descafeinado… Ya sabes que yo a estas horas… ¿no sería mejor hacer manzanilla?

—Tienes razón —respondió, mientras se levantaba a buscar las bolsitas—.

Tomamos la manzanilla en silencio. Hacía rato que no se oían golpes. Eran casi las tres de la madrugada. ¿Se habrían ido por fin?

Aunque dentro de la casa, y mientras no saliéramos, podíamos sentirnos casi seguros, teníamos la preocupación añadida de que hubieran podido dañar el Discovery: rajar las ruedas, abrirlo y llevarse todo, pintarrajearlo, cualquier cosa que se les ocurriera. Recordábamos las miraditas que nos habían echado, cuando fuimos a por agua; y luego, cuando nos siguieron por la carretera.

Al cabo de un buen rato, sin decir nada, Melchor se fue a la puerta y pegó la oreja a la chapa. Yo le seguí. El silencio era absoluto.

—¿Abrimos a ver? —pregunté curioso—.

—No; vamos a esperar al día, que lo veremos todo mejor. Ahora no podemos hacer nada. Acuéstate y descansa, que mañana vienen las mujeres y habrá que trabajar.

—Pues, venga. Buenas noches, Melchor.

—Buenas noches. Hasta mañana.

Me fui a mi dormitorio, me metí en el saco y acabé durmiéndome; pero, antes de caer del todo, oí tras el tabique los inquietos movimientos de Melchor y su tos característica. Seguramente, estaba dando vueltas en la cama, sin lograr cerrar los ojos.

Me levanté a eso de las nueve, sin saber lo que me iba a encontrar. Ya era pleno día. Melchor estaba preparando el café para el desayuno. Había puesto las tazas en la mesa, junto con las rebanadas de pan, el tomate, los ajos y el aceite. La puerta del cortijo estaba completamente abierta. Fuera, el Discovery estaba exactamente como lo dejamos. Salí a ver y no aprecié ni rastro de los gamberros, ni nada de particular.

Antes de que yo despegara la boca, mi amigo con la voz fresca, casi jovial, como si hubiera descansado estupendamente, exclamó sin mirarme, vuelto como estaba hacia la cocina:

—Manada de cabritos…, la noche que nos han dado. Tendría que haberlo supuesto.

—¿Los gamberros de las motos, dices?

—Qué va, hombre. ¿No has visto las pisadas? Si te lo estoy diciendo: los ciervos, tío, ¡los ciervos!

jmferc43@gmail.com

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