Docente decente

Volvió a salir el malhadado Informe PISA y volvimos a salir pisados del mismo.

Nada, que no levantamos cabeza. Que seguimos en puestos de cola para nuestra vergüenza y hay países considerados del tercer mundo que nos mojan la oreja; no digamos ya los del primero… Este, como otros temas, nos muestra a las claras dónde estamos y qué nivel tenemos internacionalmente. Habremos de admitir, sin chovinismos inoportunos, pero también sin derrotismos absurdos y deprimentes, que España, internacionalmente y en su conjunto, no anda en el grupo de las grandes potencias, ni en el de las medianas; vamos, que se nos tiene bastante poco en cuenta.

Pero volvamos al inicio; al tema PISA.

Se detecta que nuestros escolares tienen pocas capacidades resolutivas, de respuesta inmediata ante problemáticas cotidianas. Pocas capacidades ‑diría yo‑ de inteligencia práctica, que es en realidad la que vale para el desarrollo personal diario. En resumen, que tenemos ante nosotros unos inútiles, que estamos fabricando meros ineptos no ya conceptuales, sino prácticos. Puede que sea así y andarse con justificaciones es sólo un intento de parchear o tapar las propias vergüenzas.

Claro que siempre, cuando surgen estos informes, se apela a la necesidad perentoria de tomar medidas correctoras, mas… ¿dónde, cuándo y cómo se hace eso? Por la experiencia de años anteriores, hay mucho cacareo y poco huevo puesto; o sea, en realidad, nada de nada. Se diría que también, a efectos prácticos ‑que es lo que importa‑, la carencia de iniciativas y acciones es tal, que parece todo el sistema contagiado por la torpeza crónica, ante la necesidad de afrontar con hechos nuevos los hechos viejos. Todo está paralizado, metido en una dinámica estática de miedo escénico, de miedo insuperable a la acción (si no es que se trata de inacción misma). No se aborda la problemática con valiente decisión porque, en esta como en otras cuestiones que afectan al conjunto nacional, se ha llegado a tal parálisis o condicionamiento partidario que se ve menos que un burro con anteojeras; nada. Más allá de esos intereses partidistas, doctrinarios y hasta económicos y de la mala leche secular entre españoles (que prefieren cortarse un brazo con tal que el otro quede manco), no hay horizonte que contemplar.

La verdadera reforma educativa (de la totalidad del sistema) está siempre por venir. Una reforma tal, que perdurase en sus líneas generales, admitiendo los retoques necesarios, pero nunca sometida al vaivén y a la zozobra, a la inestabilidad, sino al destrozo cada vez que hay un gobierno nuevo. ¿Pero en qué consistiría esta reforma? Obviamente, ni este es el espacio ni yo soy el indicado para hacer una pormenorizada descripción de la misma; mas sí me centraré en un punto clave (‘el sostén del arco o bóveda’).

Hay que empezar desde cero; hay que empezar por reformar todo lo concerniente al profesorado (en la II República lo tuvieron claro); puedo tener los planos de una bonita casa, pero ¿y si no tengo los obreros que sepan hacerla? No vamos a derribar la casa anterior sin tener a los obreros que nos hagan la nueva; eso sería temerario; pero, en cuanto estén esos obreros a disposición, podré empezar a destruir y luego construir. No han funcionado las reformas habidas (ni las que habrán), si no se enfrenta definitivamente este reto; hasta ahora, múltiples factores conjuntados lo han impedido. Cuando se menciona lo de carrera docente parece que se esté nombrando a la bicha. Claro, es natural; a muchísimos no le interesa… empezando, paradójicamente, por el mismo estamento formativo y docente y sus castas; tampoco a la administración; ni a la estructura privada y empresarial; por no decir a la sociedad en general y especialmente a los padres, a los que se les puede atragantar la reforma; ni a las facciones políticas o sindicales.

Todo estriba en que la docencia (especialmente los estadios iniciales y medios) ha de ser poco apreciada y, para ello, ni su nivel económico ni social ha de elevarse. Se pasó de «Pasas más hambre que un maestro de escuela» hacia unos sueldos reconocibles, pero no excesivos; se pasó del “maestro Ciruela” a ciertas capacitaciones, en verdad, más bien justitas. Esas cosas sí se han hecho, pero no fueron verdaderas reformas. Luego tenemos los “saltos” en la escala laboral docente, tan absurdos, tan estancos, tan excluyentes y además disfuncionales, sin que a mayor titulación responda automáticamente más capacitación (y si esto es evidente entre maestros y licenciados, no lo es menos entre éstos y los catedráticos de universidad). Unos a otros se miran de reojo; unos a otros se entorpecen; y unos a otros se largan la culpa del actual desastre. Y la tienen todos.

Así, digo yo, que empezando este negocio talmente que el edificio para todos sea el mismo y sea común, todos dentro y bajo las mismas reglas, luego se vayan decantando según opción, según excelencia y según necesidades del sistema, por la mejor salida. Claro, se descubre el pastel. Esto, necesariamente, conlleva a la mejora forzosa en la cualificación del nivel del profesorado como docente (la docencia como meta inicial y no subsidiaria, cuando no se tienen otras salidas profesionales o cuando se cubren ciertos fracasos) y a la subsiguiente mejora social y salarial; también a la independencia y valoración del propio trabajo. Y ya, esto no le interesa a nadie.

marianovalcarcel51@gmail.com

Autor: Mariano Valcárcel González

Decir que entré en SAFA Úbeda a los 4 años y salí a los 19 ya es bastante. Que terminé Magisterio en el 70 me identifica con una promoción concreta, así como que pasé también por FP - delineación. Y luego de cabeza al trabajo del que me jubilé en el 2011. Maestro de escuela, sí.

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