Cavernícolas

¡Mira que el mártir arzobispo se está llevando palos…! Total, por decir lo que piensa el hombre. ¿No existe la libertad de expresión es este país, o eso dicen…?

Claro, claro, cierto es, que tiene todo el derecho el eclesiástico a decir lo que piensa, mas habremos de hacernos la pregunta pertinente: ¿cómo lo piensa porque es eclesiástico?; ¿cómo lo piensa como persona individual?; ¿cómo lo piensan los demás correligionarios…? En suma, cuando habla en el altar y en ceremonia litúrgica ¿cómo entender el sentido de su expresión? (Esto, en realidad, es uno de los temas alargados en el tiempo histórico, sin llegar a resolución para cualquier situación semejante).

Estas preguntas nos las haríamos o se han hecho siempre desde la aldea más humilde hasta la gran capital, cuando un eclesiástico o autoridad religiosa interviene públicamente; si lo hace fuera del ejercicio de su ministerio (o sea, fuera de la liturgia), deberemos creer que lo hace como persona individual o representante de una asociación determinada, en este caso de líderes religiosos; pero, si lo hace ejerciendo el rito, ¿habremos de entender, absurdamente, que lo hace bajo determinada iluminación divina? Creo que todos estaremos de acuerdo en que eso no es lo normal. Luego las opiniones, vertidas en sermón u homilía, lo son del ejerciente a título; en general, personal. Y a eso deben atenerse en aciertos y desaciertos.

Lo normal, pues, es que las últimas intervenciones de Rouco en su catedral sean entendidas como aportaciones de su pensamiento. Discutibles o aceptables.

Pero esta no es la cuestión, pues se le da la oportunidad de hacerlo, hágalo el señor cardenal enhorabuena (o mala). Estaría bien que, estando en su terreno, el purpurado no aproveche; lo comprendo. Sí, lo comprendo y tal vez yo, en su situación (que ya es pensar posibilidades) haría lo mismo. Pero es que esta no es la cuestión.

No, no lo es; que es desenfocar adrede. La cuestión de fondo es: ¿Por qué se da esa situación en un Estado supuestamente aconfesional (que no laico)? A esta pregunta, una sencilla respuesta: Porque no lo es.

Ahí la madre del cordero. No se ha sido capaz (y no pongo el plural, porque sería falso) de hacer la debida separación entre Estado y religión (católica, desde luego). No se ha querido. Ningún poder del Estado ha sido capaz de ir a la raíz del asunto y cortar de una vez los vínculos (algunos dirán que son indisolubles) entre el poder temporal y el poder espiritual. Porque el poder espiritual se comporta con una fortaleza temporal extraordinaria, apegándose a todo lo que ello le reporta y conviene. Utiliza variada argumentación, pillada a veces con alfileres, pero propagandísticamente eficaz.

La primera falacia es la de definir a todo movimiento, en el sentido de separación Iglesia‑Estado, como un ataque directo contra ella; como un ateísmo encubierto (o expresamente radical); como un deseo de destrucción. No niego que rebrotan caducas plantas radicales (al menos en sus eslóganes) viejas y retrógradas, mas serían anécdotas si no se las magnificase por mor de la propaganda. Pero también rebrotan con fuerza las nunca extintas (e impuestas mucho tiempo) manifestaciones religiosas, que sobrepasan los límites de una demostración de creencia, para intentar convertirse en cuerpo de práctica social.

La segunda falacia es la existencia real de esta separación, cuando se proclaman actos de carácter de Estado (como el reciente dedicado al difunto expresidente Suárez) con base en un ritual confesionalmente católico (que nunca sería denegado ni impedido a sus particulares, como así sucedió en Ávila). Ahí, el cardenal Rouco encontró la oportunidad y la aprovechó, y yo por eso no lo critico. Esta remisión al rito y simbología católica, como expresión de un acto de entidad estatal o en el que toman parte miembros u organizaciones con ese carácter (o servidores del mismo Estado), es lo que todavía no se ha logrado erradicar en la supuesta y constitucionalmente definida como estado aconfesional, que debiera ser España.

Calderón de la Barca fue soldado, literato y eclesiástico y nos lo pusieron como grandísimo ejemplo de la comunión efectiva y virtuosa de la pluma y de la espada (y de lo eclesiástico en los dos aspectos), y así parece ser que deberemos estar por los siglos de los siglos, si queremos en realidad ser España (que no podrá existir fuera de ello). Tal fuerza tiene este pensamiento y esta concepción unívoca y esencial, que fue uno de los motores más importantes para lograr la justificación del derribo de la II República.


Nunca me expliqué la conjunción de lo religioso con lo militar (desfiles en procesiones, aunque admito que vistoso lo es), como la pervivencia del crucifijo en juzgados, organismos oficiales o actos de posesión de cargos; pero ahí siguen. Nunca creí que un cuerpo militar fuese más efectivo o estuviese más protegido por mantener misas y símbolos religiosos; menos todavía que a una imagen se le pusiese un fajín de general (¿mandato de tropas?) o se le impusiese una medalla al mérito… ¡Qué barbaridad!, ¡qué anacronismo!

Habré de admitir que, antropológicamente hablando, la tribu y sus caciques, y sus guerreros y sacerdotes, necesitan la simbología del tótem representativo y, a la vez, guardián y protector (y, si es eficiente en ello, necesitan el orgullo de poseerlo frente a los enemigos). Habré de admitir que, al fin y al cabo, no hemos avanzado tanto en el desarrollo de la Humanidad, que seguimos siendo deudores de nuestros antepasados cavernícolas.

 

marianovalcarcel51@gmail.com

Autor: Mariano Valcárcel González

Decir que entré en SAFA Úbeda a los 4 años y salí a los 19 ya es bastante. Que terminé Magisterio en el 70 me identifica con una promoción concreta, así como que pasé también por FP - delineación. Y luego de cabeza al trabajo del que me jubilé en el 2011. Maestro de escuela, sí.

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