Viaje al «Imperio del sol naciente», 15

06-04-2012.

Como al personaje del filósofo ginebrino Rousseau en su libro Ensueños de un paseante solitario, también al silencioso y recoleto filósofo japonés Nishida Ikutaro ‑muerto en 1945‑ le gustaba meditar mientras paseaba bajo los cerezos que crecen al borde del arroyuelo que une los famosos templos Ginkaku-ji y Nykuo-ji. Hoy ‑al camino lo llaman «Paseo de la filosofía»‑, el arroyuelo lo han convertido en un canal por el que navegan multicolores carpas y son centenares los visitantes nativos y extranjeros los que, por esa senda, deambulan de un templo a otro.

Con la espalda apoyada en el tronco de un potente arce y acurrucados al borde de la estrecha ribera, suele haber dibujantes y acuarelistas que, sobre una simple plancha de madera y con una escuálida pluma o un flaco pincel, plasman con una perfección y facilidad excepcionales el paisaje que los rodea. Por unos yenes se puede obtener un recuerdo más vital y brioso que el que a menudo ofrece la frígida fotografía.

Anouschka y Angèle, eligiendo una acuarela.
Un dibujante del «Paseo de la Filosofía»

Que me disculpe el lector si, en esta entrega, me excedo en ilustraciones. Y no es porque me adhiera a ese dicho, según el cual «Una imagen vale más que mil palabras». Palabra e imagen son dos medios de comunicación complementarios, pero que individualmente valen lo que significan. Ni más ni menos. ¿Cuántas imágenes se necesitarían para explicar la destrucción y el dolor que encierra la palabra tsunami? Si me desbordo en ilustraciones es porque no veo otra manera de «hacer ver lo que vi».

Aquel día, nuestro verdadero primer día de estancia en Kyoto, lo dedicamos a visitar la parte noreste de la ciudad y, más concretamente, los edificios religiosos ‑templos, pagodas y santuarios‑, los puentezuelos de madera ‑que tienen un valor ornamental además de su propósito funcional‑, y los jardines, que no sólo tienen una finalidad figurativa, paisajística y recreativa, sino también simbólica desde el punto de vista filosófico‑religioso. Por suerte, todo ello se encuentra a lo largo del famoso «Paseo de la filosofía».

Y allá nos dirigimos en un impoluto y rápido tren de cercanías, tras haber tomado el desayuno a la japonesa, es decir, variedad de legumbres y verduras, pescaditos y sopas con algas y tofu, huevos duros o en omelette a la japonesa y trozos de frutas. Y el conjunto, distribuido en un montón de preciosos cuencos, en donde nunca faltan el que contiene arroz blanco y el del té verde. Ni que decir tiene que, para los japoneses, el desayuno es la comida principal del día.

Ya, durante el desayuno, Anouschka nos había explicado que Kyoto, como otras antiguas ciudades de Japón, está asentada en un valle y rodeada de boscosas serranías. Como según viejas creencias, las montañas eran el territorio de los dioses y las llanuras el de los humanos, las laderas de las montañas, es decir, las estribaciones entre bosque y ciudad eran un espacio de intenso valor simbólico y ritual; de ahí el hecho que, a menudo, sea en esta área en donde se agrupen edificios religiosos ‑templos, pagodas, santuarios‑ como lugar de transición entre lo divino y lo humano. Así, en la foto siguiente, hecha desde la balconada del templo Ginkaku-ji se puede apreciar una parte de las montañas que rodean a Kyoto.

A diferencia de las catedrales de occidente, el acceso a los templos suele estar precedido por un poderoso pórtico con arcadas de madera, a menudo de color ocre, con una o varias puertas precedidas o seguidas de una pequeña cisterna, en donde los peregrinos se purifican lavándose las manos y enjuagándose la boca; un caldero, en donde queman incienso, porque se piensa que el humo protege de enfermedades y desgracias; y una campana para anunciar su presencia a los dioses. Si ninguno de estos tres rituales es necesario para entrar en el templo, muchos son los peregrinos, sin embargo, que cumplen con estas formalidades.

Jóvenes peregrinos quemando incienso, con Angèle y Anouschka al fondo.

Dos cosas me impresionaron especialmente, durante esta visita a los templos y jardines del llamado «Paseo de la filosofía»: los jardinillos y la variedad de estilos en la composición arquitectónica de los templos. Como, de los segundos, ya el lector tendrá seguramente conocimiento, sólo me referiré a los primeros en sus dos modalidades de jardinillos «naturales» y jardinillos «secos». La jardinería es una de las actividades más populares del Japón y, según una reciente estadística, en Japón hay cerca de cuarenta millones de expertos en jardinería. Pero dejo esta cuestión para la entrega siguiente.

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