Mi currículum vítae

01-01-2112.

Nací en Jaén, capital, a las tres de la mañana del cuatro de octubre de 1943. Hace ya de eso cincuenta y tres años, cinco meses y unos cuantos días.

Mis padres me bautizaron en la mozárabe iglesia de Santa María Magdalena con los nombres de José María Francisco de Asís. Cosas de la época posbélica civil española.

Estudié primeras letras en la escuela «Amiga de piedra» de las hermanas religiosas de San Vicente de Paúl. Me acuerdo de sor Amalia, porque ella me enseñó a leer, y porque era muy guapa, para ser monja. Y cuando apenas tenía seis años, pasé a la escuela primaria «Mariano Velasco», un dulce recuerdo de mi infancia. Sus maestros me mimaron y aconsejaron a mis padres que estudiase algo superior. Yo ya había conseguido ingresar en el Instituto de Enseñanza Media «Virgen del Carmen», de Jaén, cuando don Luis MARTÍNEZ PIÑA, el director de mi colegio —q.e.p.d.— les dijo a mis padres que me presentase a un examen para ingresar en la «Sagrada Familia» de Úbeda.

Fue un examen larguísimo, de cuatro horas, a muchos niños de once años. Se controlaban conocimientos, actitudes, aptitudes y deseos. Y todo ello para seleccionar a los que podíamos llegar a ser maestros de la Safa. Recuerdo que el examen me gustó, a pesar de su dificultad. Estuve muy flojo en conocimientos. En los otros ejercicios no supe nunca cómo estuve.

La Safa es algo mío, después de vivir en ella los nueve juveniles años de mi vida. O, si prefieres, la Safa soy yo y muchísimos más. Me llevaron a ella mis padres el cuatro de octubre de 1955, o sea, el mismo día en que cumplía los doce años. Cuando salí de ella, tenía ya los veinte, dos títulos de maestro —por la Iglesia y por el Estado— y una incipiente historia de amor, sin canción desesperada.

En ella conocí grandes anhelos y a un profesor: Jesús María BURGOS GIRALDO. En la última carta que me ha escrito me recuerda que él no era de los que se dedicaban a instruir a los alumnos, sino a educarlos.

Me fui a Madrid, por gusto amoroso, a trabajar como maestro en el «Hogar del Empleado», una institución privada. Fueron cuatro años intensos. Alguna vez he llevado a mi hijo Daniel para que vea dónde y cómo empecé. Durante aquellos cuatro cursos, mi entusiasmo juvenil y mis errores anduvieron repartidos por los que ahora serán padres de familia de unos cuarenta años. Que ellos, de los que no he vuelto a saber, me comprendan y perdonen. Pero conservo sus rostros y algún apellido. Allí, en Madrid, aprobé mi primera oposición libre —de Maestro Nacional— en el año 1965. Aún recuerdo el nombre de mi primera escuela estatal, de la que no llegué a tomar posesión: «Cerro del Tío Felipe». Seguí en mi escuela privada, y pedí excedencia. A los catorce meses reingresé, porque mi centro privado pasó a ser de Patronato y pude acogerme al beneficio de la doble pertenencia: privada y estatal.

Yo había salido de Úbeda tocado de amor. Durante dos cursos viví a su lado, hasta que terminó sus estudios y volvió a su ciudad natal. Solicité volver con ella y me fue generosamente concedido. El curso de 1968 lo empecé en mi querida Safa. En marzo de 1969 me casaba con Tony.

Había traicionado mi intención estudiantil, al irme a Madrid, por cumplir mi anhelo amoroso. Quiero decir, que yo quería seguir estudiando una licenciatura. Y es verdad que inicié estudios de Aparejador, en una academia privada. Después de la escuela, acudía a ella hasta las diez de la noche y pagaba silenciosamente. La experiencia me duró tres meses. Aterricé y reconocí fallido mi primer intento casi universitario.

Cuando la UNED inició su atrevido camino en 1973, me apunté a ella, con ánimo marcial, en Filología Hispánica. El curso 1979 ya era el licenciado número doce de la incipiente historia de la Universidad a Distancia. Ese mismo año, durante el verano y en los terribles calores de Sevilla, aprobé las oposiciones libres de Agregadurías a Lengua española y Literatura. Comencé una nueva etapa de mi vida, con dos hijos —ya había nacido Raquel— y un corazón preocupado. Mi mujer me animaba.

Inicié un nuevo periplo —esta vez con treinta y seis años— teniendo como referencia el pueblo de Úbeda. Estuve en Mancha Real, cuando era sección delegada del «Virgen del Carmen» de Jaén; estuve en el «Cástulo» de Linares, cuyo nombre sustantivo se debe a una sugerencia mía; estuve en el «José María Iparraguirre» de Zumárraga (Guipúzcoa); estuve en el «Virgen de Alharilla» de Porcuna; y estoy, desde 1983 en el «Juan López Morillas» de Jódar.

En el año 1990 me atreví a editar un libro sobre comentario de textos, titulado Bases para el comentario, con la idea de ayudar a los estudiantes en su principal tarea de comprender los textos de literatura. Porque la literatura son los textos y no las teorías sobre ellos. Porque la literatura es creación y no memorización. Porque la literatura es asombro y no aburrimiento.

En fin, después de tres listas, aún sigo apareciendo entre los que hemos accedido a la condición de catedrático. No me gustaría desaparecer de ellas. Pero deseo más que todos mis compañeros entren a poseer la misma condición que ahora tengo.

En Úbeda, a 15 de marzo de 1997.
berzosa43@gmail.com


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