«Nuestro sueño hecho realidad»: viaje a Suiza (23/29-08-2011), 1

02-01-2012.

Introducción.

De pequeño, mandaba yo cartas prefabricadas a las diferentes embajadas extranjeras, sitas en Madrid, para que me enviasen folletos y/o información sobre sus respectivos países (Estimado Sr. Embajador: Me gustaría…) y, precisamente, uno de los primeros y magnánimos a la hora de enviarme folletos y material turístico fue el de Suiza… ¿Quién me iba a decir que, a mis 57 años, vería cumplido este sueño, gracias a nuestra hija Margarita que nos ha invitado y fue la que tuvo la idea de realizar este viaje? También invitamos, cómo no, a nuestra querida hija Mónica. Destacaré, entre otros muchos momentos, la subida al Jungfraujoch JuanFran, como le llamaba cariñosamente y, españolizándolo, Margui madre-, la mayor altura de Europa a la que se puede acceder con “tren cremallera” que llega hasta sus 3 454 metros de altura, incluyendo un extenso túnel que, precisamente en el 2012, cumple cien años.

MARTES, 23.

Nos levantamos temprano, pues queríamos ir a la búsqueda de un taxi que nos llevase desde Torre del Mar al aeropuerto de Málaga. Esta idea se cuajó el día anterior en Nerja, pues fue Stéphane quien me la sugirió también me lo habían aconsejado anteriormente mis hijas , ya que era una barbaridad dejar el coche en un aparcamiento durante una semana, pues me iba a costar más caro y, además, sería mucho más dificultosa la llegada al aeropuerto sin saber dónde estaba la terminal por la que teníamos que embarcar, etc. ¡Mereció la pena seguir el consejo!

Luego fui a sacar más euros por si faltase dinero… Los francos suizos ya los había cogido el día anterior, estando el cambio más barato para el euro (un euro = 1,999 francos suizos).

Estuvimos esperando un tanto nerviosos hasta las once, en que llegó con antelación el taxi. Con buen ritmo, arribamos a las doce a la terminal 3 del aeropuerto de Málaga. Por nuestro excesivo celo, cogimos la primera cola de facturación de Swiss, nuestra compañía de vuelo que vimos, siendo precisamente del avión que iba a salir antes que nosotros; hasta que a las 13:20 o sea, dos horas antes de nuestra partida, empezaron a facturar los ocupantes del nuestro y entonces, ya sí, nos admitieron…

Nos pusimos en la fila y ocurrió la anécdota del abuelo que se quería colar pues, según él, había dos colas, y no era así. Después, como se puso sentado detrás de nosotros, en la última sala de espera para tomar el avión, nos enteramos de que era un matrimonio de la provincia de Málaga que se había marchado hacía más de cuarenta años a Australia y vivía cerca de Sídney, donde tuvieron cuatro hijos, habiendo vuelto a España en sólo cinco ocasiones. La primera vez, con su esposa, que era la que lo contaba todo: fue a los 25 años de haberse marchado, teniendo entonces 23 (ahora, pues, con 48), por lo que no conocía a su madre cuando la volvió a ver…

Ahora explicaba iban a tardar tres días en llegar y tendrían que hacer noche en algún sitio. Se juntaron con unos jóvenes malagueños, que iban de viaje de novios a Bangkok, que es la capital y ciudad más poblada de Tailandia, y la novia, por lo visto, era la primera vez que se montaba en avión… Hacían transbordo en Zúrich y luego tendrían diez horas de vuelo… ¡Buen bautizo iba a tener en el aire…! Llevaban la maleta vacía para traerla llena de ropa de marca, pues allí estaba muy barata, ya que ese país es el paraíso de la imitación en ropa; al menos, eso es lo que dijeron ellos…

La espera fue fresquita, aunque un tanto larga y, al final, nuestro vuelo de las 15:20 salió estupendamente y sin complicaciones de ningún tipo, tanto en el despegue como en el aterrizaje y llegada. Sólo ocurrió un incidente, al principio, viendo cómo se levantaba una pasajera de la parte delantera de la sección turista que tenía mala pinta, sin que hubiésemos despegado totalmente, por lo que tuvo que salir el “azafato” o segundo de abordo para recriminarle, de muy buenas maneras, que se sentase. Yo, en principio, pensé que sería una drogata y que íbamos a tener problemas en el vuelo… Al final, aunque se puso en pie varias veces más para hablar con alguien de la parte de atrás, no hubo problemas al respecto.

El tiempo fue espléndido y muy bien avisado en las pantallas por dónde íbamos pasando, hasta que llegamos a Zúrich con puntualidad inglesa. Después, tardamos bastante en recoger las maletas pues, al salir yo del avión de los últimos por estar al final, además de medio cojo y esperarme mi familia, tuvimos que coger el segundo autobús habiendo perdido el primero que nos llevaría a la recepción. Luego fuimos al servicio y llamé a los abuelitos paternos para decirles que habíamos llegado bien. Hice lo mismo a la tita Juani pero, como no cogió el móvil, llamé al tito Pepe, siendo la tita Paqui quien me habló, para avisarles de que habíamos aterrizado sin novedad y que se lo dijera a la abuelita Paquita, aprovechando que esa misma noche se iban todos a cenar a Cádiz.

El vuelo transcurrió plácidamente indicando recorrido, horario y kilómetros o millas que faltaban a todos los pasajeros, mediante unas pantallas, para llegar puntuales a nuestro destino. En el trayecto, nos habían dado una rica pizza, aunque pequeña, con agua para beber y pasado la bandeja de chocolatinas para que ya se nos hiciese “la boca agua” con el rico chocolate suizo con leche…

Después de discutir si cogíamos autobús para el hotel o un taxi, tomamos la segunda opción. Nos tocó en suerte una fornida y morena taxista turca, por cierto que estuvo todo el rato hablando con Margui en inglés, pues francés y español no sabía -sí alemán y turco- y le aconsejó que cogiésemos un coche de alquiler para desplazarnos por Suiza.

Como ya habíamos hablado por teléfono anteriormente y comunicado por correo electrónico con Antonio Lara Pozuelo, no nos pareció buena esa idea y pensamos comprar el Swiss pass para nosotros cuatro, 4 días seguidos, que serviría para todo: viajes en tren, autobuses, tranvías, entradas a museos, etc. El taxi nos llevó, entre el denso tráfico, desde el aeropuerto que dista unos 20 km de la ciudad al hotel Alexander, donde nos dieron las habitaciones 101 y 301 para padres y niñas, respectivamente. Comprobamos que estaba céntrico y limpio, aunque había un olor raro a fritanga -que luego supimos por nuestra hija menor, pues lo había leído su novio en internet-. Yo creo que olía más bien a cerrado… Luego se disipó, una vez estuvimos dentro, y dormimos bastante bien en la cama, sin colcha encima y solamente con un edredón doble, por si querías echártelo por encima.

El famoso y apetecido rösti.

Hicimos nuestra primera salida nocturna paseando hacia el centro, junto al río Limmat, que atraviesa Zúrich, con sus muchas arañas y telarañas correspondientes por entre los barrotes de las barandillas que lo rodean y algunos cisnes, que imprimían colorido y exotismo al lugar. Hablamos telefónicamente con Antonio Lara Pozuelo y nos volvió a sugerir que cogiésemos el Swiss pass para cuatro días -y cuatro personas- y que luego nos enviaría un mensaje para ver qué día nos iría a recoger a la estación ferroviaria de Lausana, pues él vive a unos kilómetros de allí. Más tarde, nos mandó un mensaje al móvil, diciendo que sería el sábado su día libre, pues el domingo tenía un compromiso que luego nos explicaría: era el vigésimo quinto cumpleaños de la novia de uno de sus hijos y, como esa fecha es muy importante que celebrar en Suiza, no podía ni quería faltar a la fiesta que organizaba su futura nuera. También me comentó que este año no iría en octubre a la Asamblea Anual de la Safa puesto que su hija, que es cantante de música clásica profesional y vive en París, tiene un concierto en Tokio para noviembre, donde es lógico que vaya a verla. Quise contestarle un mensaje confirmándoselo, pero no me entró, ni al día siguiente tampoco, por lo que tuve que llamarlo por teléfono. También nos aconsejó empezar pronto las visitas, pues los días pasan que vuelan…

Por la noche, empezó una especie de tormenta y comenzaron a caer unas gotazas grandes. Menos mal que duró poco, si no, nos empapamos; aunque nos volvimos al hotel, porque era un poco tarde y también estábamos cansados. Antes habíamos cenado en la misma calle peatonal donde vivíamos.

Pronto nos fuimos a la cama, pues los cuatro estábamos agotados, incluso sin escribir el diario, que haría a la noche siguiente, pues estaba cansado; pero, valiéndome de unas notas que tomaría por la mañana, durante el viaje en tren que hicimos, al siguiente día, a Berna. Según nos dijeron, teníamos internet gratis en el hotel y nos habían dado las claves para hacerlo. Pensé intentarlo al día siguiente.

La cena fue bastante buena, pero de un solo plato para cada uno y, además bastante cara, que se podía pagar en francos suizos o en euros, que era algo menos. El menú fue variado. La madre, que fue quien acertó, pidió rösti; Margui y yo salchichas de ternera; y Mónica, rösti pero con queso…

Llegamos a la noche buscando el descanso y la buena cama. Quedamos en levantarnos temprano, el día siguiente, a las siete y media, para bajar a desayunar a las ocho menos cuarto e irnos lo más pronto posible a Berna, una vez que comprásemos los Swiss pass.


Elegantes cisnes en Lucerna.


Puente de la Capilla y Torre del Agua en Lucerna.

fsresa@gmail.com

 

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