El firmamento, y 2

04-01-2011.
De los egipcios puedo decirte que me asombró su fanatismo religioso. Pensaban que los ritos eran más importantes que las creencias. Sus dioses no eran tan humanos como los nuestros. Se les respetaba por ser agresivos, sangrientos y aniquiladores. El miedo anidaba en el espíritu de los devotos. Hasta los príncipes vivían empeñados en la religión como única ley de poder, o como un auxilio poderoso para sus planes políticos.

Aprecié entonces cuán burlones resultan nuestros dioses, por muy atareados que se encuentren en trabajos esforzados para el mantenimiento del orden cósmico. De aquella obsesión había nacido una jerarquía de sacerdotes, tan poderosos como los mismos príncipes.
Era un pueblo más antiguo que el nuestro, pero menos lúcido a la hora de gozar de la vida. Ni siquiera su más celebrado rey, Sesostris, del que escuché algunas hazañas por boca de Cleotas, el viejo maestro, había sabido darle la alegría de vivir. No sé cómo pudo Melenao, al regreso de Troya, permanecer siete años entre ellos. Si bien, cada hombre sabe adaptarse a las circunstancias, movido por fuerzas íntimas de difícil interpretación.
Me pareció un pueblo que no tenía más finalidad que dar culto a sus muertos. Ese mismo rito parecía paralizar la vida. Intuí una especial regla de compensaciones. Los sacerdotes, ante el pueblo, hablaban de la divinidad de los reyes, pero no era sino una fórmula externa para tenerlos bajo su tiranía sacerdotal. Por su parte, los reyes hacían construir grandes templos para acrecentar de ese modo su propia gloria y contentar la ambición de los pontífices. En definitiva, las dos grandes fuerzas no hacían sino utilizar el prestigio de cada una de ellas en provecho mutuo. El pueblo era manipulado a su antojo.
En torno a los templos y los palacios crecía un cinturón de tallercillos de artesanos que se dedicaban a las más extrañas industrias, todas ellas relacionadas con el mismo asunto. Se vivía para la muerte. Los hombres se sentaban en los telares; las mujeres preparaban las tinturas más llamativas para teñir la lana; los niños eran recogidos en escuelas próximas a los talleres y se les enseñaba a hilar, moler colores y dibujar una y otra vez el mismo pájaro, la misma flor de loto, la misma navecilla, la misma palma. Se premiaba la habilidad y la exactitud de la imitación, nunca el destello de la originalidad, de lo diferente. Se les estimulaba a conseguir la forma final limpia, pulida y nítida de perfiles.
Sais no era una gran ciudad, pero sí estaba situada estratégicamente en la ruta de los valles. Desde nuestro campamento, parecía una mancha dorada y verde a orillas de un río que, a veces, se ensanchaba casi como el mar; pero un río rojizo, oscuro. Nada parecía preparado para la guerra. Los artistas seguían en sus talleres, repitiendo las líneas, los perfiles rotundos de los príncipes, diluyendo colores, buscando las nuevas técnicas de fijación sobre la piedra; los canteros desbastaban los bloques hasta dejarlos lisos como la piel de los recién nacidos; los escribas se sentaban a la puerta de sus despachos con los libros en las rodillas, aguardando a los clientes; los maestros canturreaban sus lecciones ante los distraídos muchachos que más pensaban en remojarse en las aguas doradas del río que en repetir las cantilenas; las moscas hostigaban los hocicos de las vacas que, de adormiladas, más parecían moribundas; y los muertos navegaban en sus naves transitorias, y los vivos en su muerte cotidiana.
Hasta nuestro campamento acudían al atardecer, cuando las aguas del río se tornaban de plata roja, las esclavas que los príncipes habían puesto a disposición de Peliades para desahogo de los soldados. Llegaban en carros tirados por bueyes, engalanadas con guirnaldas llamativas de flores, pintados de azul los ojos, ruidosas y festivas. Eran muchachas aún más oscuras que las doncellas de Sais, traídas del interior, del corazón del Nilo. Cada primavera se organizaban expediciones para reclutarlas tierras adentro y desde allí, hasta donde las embarcaciones podían hacer viajes seguros, eran custodiadas por una tropillas de guerreros eunucos. Muchachas con los pechos al aire, que nada más verlos hacían berrear como venados a los más jóvenes y suspirar hondamente a los soldados de más edad; negras eran sus tetas, como pan de pastor, y sus cinturas breves y los labios carnosos, como pulpa de fruta. Algunas eran expertas danzarinas que se quebraban ante las hogueras al son de flautillas y panderos o de crotalillos de metal que sonaban entre los dedos.
Eran la falsa paz que presagiaba la guerra, el anticipo de la victoria futura, el estímulo para el ánimo retraído. Yo las contemplaba a través del fuego y las deseaba a todas a la vez; pero Peliades había establecido un riguroso orden de visitas en una tienda preparada con pieles de cabra. Sólo si alguno, o por dinero o desgana o desvío de placer, renunciaba a su turno, podía ceder su puesto a otro soldado.
Fui de los más dados a la bebida, el más perseverante en la danza, el más activo en el amor, el más escandaloso en las risas, el que pagué más turnos y el que menos tiempo estuvo dedicado al sueño. No porque el miedo me atenazara el espíritu, sino porque había que aprovechar los escasos regalos que la vida te otorga. Durante aquellos días me olvidé de mi joven compañero de Quíos, que había preferido retirarse para hacer unas mediciones del campo de batalla por encargo de Peliades; a él siempre lo tendría a mi lado, pero a aquellas muchachas desnudas, escurridizas como peces entre las manos, de pechos duros y brillantes como piedras de Magnesia y boca de fruta fresca y de extraños sabores, desaparecerían como por ensueño con las luces del alba, igual que el humo se diluye en el viento.
Fui el último en retirarme a descansar y en abandonar el jarro de vino y el muslo de la última esclava que huía hacia los carretones como una diosa melévola, riéndose de mi torpeza de lengua debida al vino; y era yo quien apagaba el rescoldo del fuego que había incendiado la noche del campamento.
Fueron, mi amigo Cirno, unos días de aturdimiento. Viví consciente de que cada grumo de mi piel debía percibir el goce con igual intensidad; que mi mano derecha acariciara las mismas nalgas que la izquierda y mi oído izquierdo percibiera la misma música que el derecho; y así, igualmente, con mis ojos, mis pies, mis muslos, mis labios, y cada uno de los dedos de mis manos.
Y no me dormía, sino que deseaba la vigilia, porque temía la inesperada muerte de un momento a otro. El aire olía a muerte, no a ramera ni a vino derramado en el polvo. Peliades lo sabía y nos regalaba con aquellos dones de la carne. Era un error por su parte, pero una manera de conservar su jefatura.

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