Firme en su puesto. Don Isaac Melgosa, 2

05-01-2011.
Aquella mañana de finales del cincuenta y ocho se mantiene viva en mi recuerdo. Hacía un par de meses que, al fin, habíamos ingresado en Úbeda. Sueño de sueños e ilusión de ilusiones, para nosotros y nuestras familias. Cursábamos Preparatoria y los profesores, don Lisardo Torres y don Francisco Gallego, comenzaban a forjar nuestra personalidad y a modelar nuestras conciencias, fomentando, desde el primer día y sin perder un momento, virtudes que nos convirtieran hoy en “semillas”, y mañana en “realidades y esperanzas para Andalucía”.

Por aquel entonces, la responsabilidad y la integridad tenían una importancia suprema. Por el contrario, la falsedad, la hipocresía y el disimulo representaban los pecados más abominables, repugnantes y odiosos. Hasta Jesús, en el Evangelio, llamaba a los hipócritas «sepulcros blanqueados». De tal forma caló en nuestras mentes de diez u once años esta doctrina que, si alguien te llamaba hipócrita, tenías todo el derecho ‑y así te lo recomendaban de forma especial‑ de partirle la cara de un guantazo al temerario compañero que osara endilgarte tal calificativo.
Todos los días, a última hora de la tarde, en el estudio había una hora de charlas formativas. Era este uno de los momentos más agradables del día. Oír hablar de hombría, valor, integridad a la edad de once años es algo muy importante. Con suma atención, con los ojos clavados en el educador, absortos, sin dejar escapar ni un gesto, ni un matiz de su charla, lo escuchábamos con curiosidad, voluntad y empeño, seguros y convencidos de nuestra integridad, valentía, hombría y honradez, tal como proclamaba en su ardorosa filípica, nuestro inspector.
Debían de ser casi las ocho de la “madrugada”. Como todos los días, nos habíamos aseado con austeridad y prudencia. Después de recoger nuestros efectos de aseo personal y hecho las camas, todo estaba en silencio y a punto para iniciar, en fila, a la voz de «¡Adelante!», la marcha hacia la iglesia. Entretanto, se produjo un pequeño retraso de nuestro inspector, don Lisardo Torres, y, ¡claro!, un grupo de chicos, junto a sus camas, esperando ‑a una edad en la que no se sabe esperar‑ presagiaban muy malos augurios. Sucedió de repente: un empujón, una cama deshecha, explosión de risas; el compañero que se levanta y larga otro empujón, más críos sobre las camas, risas, alboroto por doquier, más jaleo, almohadas que vuelan, ¡el desastre!, ¡el delirio!
Aparte de honrosas excepciones, que las había, todos participamos en aquel alboroto sin valorar las consecuencias. Los compañeros del curso superior al nuestro se creían los reyes de la fiesta y eran los más activos. Nosotros, olvidando por un momento nuestras virtudes de honestidad, integridad y hombría, retornamos a la infancia feliz e irresponsable de nuestros pocos años. A la añorada y perdida edad de oro. De pronto, un silencio, una actitud de escucha, una tos característica y singular: “¡El Viejo!”.
En décimas de segundo, todo aquel maremágnum volvió a la normalidad, al orden y a la disciplina. La tos, in crescendo, ahora más cerca. Era don Isaac. Su carraspeo matutino, profundo e inconfundible, producto del humo de miles de paquetes de Ideales, brotaba de su garganta abrasada por el fuego del tabaco, templada por la nicotina y pulida por la copa cotidiana de coñac “salta trincheras”, recuerdo de otros tiempos.
Apareció por el fondo del pasillo y, al llegar a la altura del dormitorio, saludó a don Lisardo, que regresaba. Nosotros, con cara de no haber matado una mosca y con la normalidad restablecida, después de escuchar el «¡Adelante!» preceptivo, comenzamos, en fila ‑por supuesto‑, a caminar hacia la iglesia.
Los integrantes de la schola cantorum oíamos misa diaria desde el coro de la iglesia, junto a don Isaac, su director, y al organista Vicente Colomina, alumno de los últimos cursos. Todos convertíamos aquellas misas en emotivos y cálidos recitales. Él solía interpretar personalmente los “solos” de la comunión. Aún se me encoge el corazón al recordarle cantando, en aquellas mañanas de sueño y frío, plegarias a la Virgen que él convertía en obras de arte y que hablaban de todo lo que carecíamos y que con más fuerza podíamos desear:
Quiero, Madre, en tus brazos queridos,
como niño pequeño dormir
y escuchar el caliente latido
de tu pecho de Madre nacido,
que late por mí.
No era fácil conocer a don Isaac. Tras su aspecto severo, duro, hermético, reservado y difícil, escondía una profunda soledad y una aceptada, meditada y demostrada vocación docente. Su falta de amigos la llenaba con el enorme afecto que nos profesaba, estima que yo tuve la fortuna de percibir en múltiples ocasiones.

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