Prosa poética, 22

25-09-2010.
G) DOS POEMAS EPÍGONOS
Terminada la antología, he creído conveniente añadir dos últimos poemas (epígonos), uno en prosa y otro en verso. La razón es íntimamente personal. El 31 de agosto de 2004 me jubilaba, después de 40 años como profesor. El 22 de febrero de 2006 nacía Claudia, mi “otra” nieta. Y he querido que estos dos momentos cierren ‑ahora sí‑ este libro que os ofrezco.

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Jubileo (*)
Fue la despedida que hice en el Claustro del Instituto
A. Ganivet, cuando me jubilé. 30 – junio – 2004.
«2:1 Así fueron acabados los cielos y la tierra y todo su cortejo.
2:2 Y rematada en el día sexto toda la obra que había hecho, descansó Dios en séptimo día de cuanto hiciera».
Génesis
Es aquí ‑en el claustro‑ donde he tenido especial interés en despedirme de vosotros y rendiros mi pequeño homenaje. Porque siempre he creído que el claustro debe ser el espacio natural del centro y la voz colegiada del profesorado; porque en este claustro luché y con él me hice… y porque por aquí, en esa esquina, debe estar agarrotada aquella ilusión primera de hace ya 21 años y que ‑como la de tantos otros compañeros‑ forman la intrahistoria del instituto Ángel Ganivet.
En este Claustro…
Tuve una voz de soprano, tuve una lágrima,
tuve un esguince de tibia, una silueta,
tuve un aroma, un guiño, una mochila…
y, sin embargo, ahora… la marea me lleva.
¡La marea me lleva! Esta ha sido la broma, intensamente seria, que he pregonado durante todo este curso. Pero cuando la marea nos lleva también nos deja. Nos deja en nuestra huella. Y en ella queda la voz de alguna música acorde o disarmónica; queda la luz de alguna idea atinada o dispar; queda el dulzor de algún beso o, tal vez, alguna herida. Con la marea nos queda lo que fuimos: el recuerdo olvidado, los sabores perdidos y los lentos minutos alargados… definitivamente.
Vive la enseñanza un tiempo de rastrojos en el que los tamborileros de la demagogia y los mercanchifles de la calité, como en aquel cuento de Cortázar, «tanto aplaudían y vitoreaban en el concierto que impedían la audición de la sonata».
El verbo despedirse debiera ser siempre pasivo, no reflexivo. No nos despedimos, nos despiden. No conozco ninguna despedida mejor que aquella que se hace por el otro. «Despídeme del sol y de los trigos», escribe Miguel Hernández a Josefina Manresa.
Despedidme del aula 15, del segmento de ocio, del papeleo inútil, de la terminología hueca, de la entrada por Santa Bárbara, de todos los itinerarios. Despedidme de la enseñanza como escaparate, como pirueta, como páramo, como mogollón docente. Despedidme de la marea… y quedaos con toda la esperanza.
***
Quiero dejar escrito mi orgullo de haber sido profesor de este instituto, mi reconocimiento a nuestra tarea compartida, mi gratitud para todos vosotros (para algunos más que para otros, si se me permite). Y, por especial motivo ‑entendedlo‑, para mis compañeros del Departamento de Lengua con los que compartí los renglones torcidos, el dolor de las vocales y los bravos adjetivos.
Ahora que la marea me lleva, os aseguro que amé la enseñanza y me entregué a ella, como a una novia virgen y a la vez tan puta, durante 40 años. En vosotros queda el mar y los metales, las cerezas y el vientre, el prestigio de este claustro. Os pido que le deis brillo.
Os aseguro que hice lo que pude. Creo honestamente que me voy con el deber cumplido, tajo a tajo, viento a viento, sueño a sueño… Pero os aseguro también que estoy cansado.
***
Ojalá que os vaya bonito. Nos seguiremos viendo en las esquinas del mundo. Y termino con Alberti: «en este tiempo de fuego, os digo adiós… urgentemente».

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