Constancia de sus propias virtudes, 1

13-09-2010.
El hombre no siempre tiene constancia de sus propias virtudes. Me refiero al hombre verdaderamente virtuoso. Yo sí la tuve, a pesar de mi corta edad, de mi oscura belleza, y quise usar de ese conocimiento, porque la belleza, a veces, no es nada más que un esplendor esporádico que florece unos instantes, unas horas, o a lo sumo una estación; y otras, es como una floración sucesiva: la evolución de las formas del cuerpo, siguiendo o despreciando, según los casos, el embellecimiento o la degeneración del espíritu.

Recuerdo que en Naxos, el joven Tersites alcanzó fama por su hermosura, que hacía palidecer a la de muchas doncellas de reputada gentileza, semejante, para algunos, a la del mismo Apolo o a la de Aquiles o a la de los dioses tracios de ojos azules y cabellera pelirroja; pero su corazón guardaba la dureza del pórfido roca compacta y dura’ y su mente sólo concebía estrategias para un rápido enriquecimiento, aunque sabía esconder celosamente sus intenciones. En una misma jornada igual ofrecía sus nalgas al filósofo Sicintas para conseguir de él que le abriera las puertas más recónditas de los banquetes de la clase noble o lo hiciera aparecer en sus escritos de ética y así alcanzar la gloria que queda tras la muerte; o se entregaba a un rico comerciante de lanas venido de Ténelas, que tenía por nombre Iremeo, y le pagaba en monedas del reino de Ashur, de gran valor entonces en el cambio; o se pasaba las noches de lecho en lecho, sin despreciar los mimos de la gruesa Arignota que lo ahogaba en resuellos y sudores, y que, en recompensa, lo colmaba de falsas joyas que luego lucía el joven con la ostentación de una ramera. Tampoco vi hacerles ascos a las baladas de la flautista Cora, afamada en todas las islas del archipiélago, que se inspiraba en él para sus tonadas. A pesar de lo torcido de su cuello y el mal aliento que le producían los trastornos del menstruo, era Cora requerida para amenizar las más exquisitas fiestas.
Una noche acudió a mí Tersites. Dijo que había oído mis versos en labios de Cora, la flautista, y que quería conocerme. Viéndome a la puerta de una taberna contemplar las estrellas primeras de la tarde en su desnudo esplendor, apoyó su brazo desnudo en el dintel, igual que hacen las hetairas jóvenes, y me llamó por mi nombre. Su voz era dulce, en verdad, y su rostro ciertamente hermoso, y su cuerpo agraciado bajo la túnica. Porque sé que la fortuna nos regala a veces la ocasión del goce, acepté su compañía. Después de unos jarros de vino, desató su lengua y me habló de la soledad y del efecto que produce en el alma, aún tierna, quedarse a solas con sus demonios. Los demonios de la niebla. Y yo no podía entender que, a su edad, la niebla fuera ya un espectro, vagando por su alma y convocándolo a la muerte.
Estuvimos a solas. Juntos. Gozando de nuestros cuerpos. Yo supe que el suyo estaba a punto de pudrirse y sentí ese infinito amor por las cosas hermosas que amenazan ruina, como esos lilios dorados que exhalan un aroma quebrado, siendo sus pétalos aún brillantes y tersos. No le dije nada. Como no tenía ya en esos días ni dinero, ni joya, ni gema alguna, aunque él no me lo pidió, yo le pagué con unos versos que le compuse, mientras dormía desnudo sobre el camastro y los rayos del sol le iluminaban su pecho y su vientre. Él no supo apreciarlos en su valor, porque no era moneda de su uso. Los leyó como distraído:
Breve la flor alcanza su belleza
y mece el aire su talle esbelto;
sólo un soplo de más o un rayo perverso
agosta lo que fuera galanura.
Deja que cubran mis brazos tu cintura
y que tu voz se vuelva aire con mi aliento.
Nadie sabrá que la flor se muere,
si antes no aspiró su cruel perfume.
A su lado me eché y me sorprendió un sueño profundo. No lo sentí marchar. Jamás lo he vuelto a ver; pero sé que su nombre figuró entre los enfermos de lepra de la isla de Ios, y Cora aún estuvo entonando sus baladas durante muchos años y llorándolo con muy amargas lágrimas.
De mi primera belleza tuve repetidos reconocimientos. No sólo el que ya te he referido de mi maestro de armas, que me inició en el placer, sino el de otros que se acompañaron de mayores signos externos.
De entre los más jóvenes que frecuentábamos la escuela de Efialtes, yo poseía, además de esa impudicia que la edad concede a los adolescentes, el extraño adorno de una piel exótica, infrecuente entre los patios, con el suplemento radiante del sol acumulado por las largas horas que dedicaba a pasearme desnudo por los acantilados.

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