Autoestop por España, y 23

28‑08‑2009.
Viernes, 28 de agosto de 1964
Madrid-Córdoba-Villanueva de Córdoba.
Pues sí hubo la suerte que yo nunca pensé que habría de tener: no sé qué habré yo hecho para que al final me hayan salido las cosas tan bien. A este señor Dios no hay quien lo entienda.

¿Y cómo le habrá ido a Pepe Berzosa? ¿En qué parte de España estará con su sombrerete y su guitarra haciendo autoestop? Ojalá tenga suerte y esté ya en casita… ¿Y los demás, por dónde andarán? ¿Cuándo nos volveremos a ver, puesto que, para mí, la Safa se ha terminado; y mi futuro, aparte el servicio militar, parece incierto? En fin…
Los señores alemanes decidieron no ir a Toledo; sino, atravesando Madrid, enfilar hacia Andalucía por Aranjuez. A buen ritmo, atravesamos Guadalajara; a la altura de Barajas y a unos 500 m, vimos aterrizar a cinco reactores. Impresionante.
El inmenso Madrid se nos echa encima con su ajetreo de tráfico y de gente, andando deprisa y como nerviosa, característica de las grandes ciudades. A cada instante, preguntamos por la carretera de Andalucía y nos hacen gestos de seguir adelante. No sé como hemos llegado aquí; pero a nuestra izquierda vemos a la majestuosa Cibeles. Lo suficiente como para recordarla como un sueño agradable.
La gran cantidad de indicaciones nos confunden y, sin saber cómo, nos vemos en la carretera de Valencia a las 9:30 de la noche y con la imposibilidad de dar la vuelta, debido al tráfico. «Adelante, adelante». Pasamos el barrio de Vallecas y no vemos ningún hotel en donde pasar la noche. Y ninguno de los tres desea volver a Madrid, porque nos abruma tanto movimiento. «Adelante, adelante», dice el señor alemán, por la carretera de Valencia.
Llegamos a Arganda, un pueblo con su plazuela apuntalada con troncos, para una becerrada en las próximas fiestas del pueblo. Es, por lo visto, tan extraña una parada de turistas aquí, que pronto nos vemos rodeados de gente. A mí me toman por hijo de la pareja. Y me tratan con una amabilidad que, estoy casi seguro, no hubiera sido la misma de ser español. Sólo había una dificultad: que cuando tomabas algo, te clavaban. Dificultad que se soslayaba, preguntando antes el precio.
—Coca-Cola. ¿Cuánto? (Pregunto, imitando un acento del que yo mismo me espanto; pero ya en la Safa habíamos hecho mucho teatro).
—25 pesetas, señor.
—No, gracias; mucho caro.
Como me veo en la imposibilidad de tomar algo en su justo precio, me separo de la pareja con una excusa y me voy a un bar de las afueras. Y en mi español-andaluz pido:
—Una Coca‑Cola y un bocadillo de salchichón.
—20 pesetas.
—Vale, gracias.
Con el estómago relativamente satisfecho, me vuelvo al centro, a que me sigan haciendo los honores estos tontucios argandeses o argandinos.
Todo esto lo estoy escribiendo en la habitación de la fonducha de mala muerte que hemos encontrado. A mí me cuesta 35 pesetas, después de haber rebajado desde 50; y a la pareja alemana le costó 200 pesetas. Sería por el chucho.
Duermo a pata suelta. Ojalá mañana esté en casa.
(Escribo ahora en Adamuz y en la alsina que me conduce de Córdoba al pueblo donde nací, Villanueva de Cordoba. Aprovecho la parada de más de media hora para, tomando un café, poner punto final a mi «Diario del Tour»).
Salimos de Arganda a la 9:30; buscamos y encontramos por Chinchón y Aranjuez la carretera general a Andalucía. Y, una vez allí, el Opel recupera los 140 k/h como si nada. La Mancha es ancha y llanita. El día espléndido.
Bastantes paradas (que a mí me parecían demasiadas) con Coca‑Cola y charla, de tal manera que, una tras otra, nos permitieron conocernos un poco. Y nos hicimos mutuamente las presentaciones. Él, me dice, que es novelista y librero. Se llama Karl Heinrich Hass. Vive en Hamburgo. Participó en la Segunda Guerra Mundial y estuvo en un campo de concentración de Leningrado, durante casi toda ella. Ha escrito varios libros y ahora tiene en proyecto uno que trate de «España y Portugal, madres de la cultura hiapano-americana». Ha viajado muchísimo por el mundo.
Ella es periodista y, a la vuelta, piensa escribir algunos artículos sobre España. De ahí que la vea tomar notas constantemente. Tienen cuatro hijos: un varón y tres chicas. Ahora piensan pasar tres semanas en un bungalow de Estepona. Y les dije:
Yo soy de un pueblecito del norte de la provincia de Córdoba. He estudiado durante nueve años en un internado de jesuitas, llamado Safa, y ahora soy maestro. He disfrutado de mis primeras vacaciones, recorriendo en autoestop con un grupo de compañeros casi toda la costa mediterránea. Pensaba visitar Andorra, pero no ha podido ser. Ahora voy de vuelta a casa.
La Mancha es muy llana y con buena carretera. Sólo algún que otro Citröen-Tiburón francés se atreve a adelantarnos. Cruzamos lo últimos pueblos de Ciudad Real y nos metemos en Andalucía por Despeñaperros (impresionante y peligroso), La Carolina, Guarromán y, por fin, Bailén. En el cruce, deciden venir a Córdoba; decisión que me “hace un pie agua”.
Larga parada en la estación de engrase de Andújar. Ellos se bañan en una cercana piscina, mientras yo tomo café. De nuevo me toman por extranjero. Y esta vez hice el papel conscientemente, ante esa gente bobalicona: el perrito, al lado, mientras “los padres” se bañan; paquete de Malboro en la mesa, ojos de buey hastiado, (lástima que no tenía gafas de sol), café a pequeños sorbos… eran suficientes para que las bañistas lucieran sus jóvenes piernas (lo cual no me disgustó, es verdad) y te miraran casi con descaro. Y más aún si te veían subir al Opel 1700 con aire displicente. «Vaya tontería», me dije a mí mismo ya en el coche.
De Andújar, directos a Córdoba. Rápida visita a la Judería, el exterior de la Mezquita y una cerveza en la Plaza del Gran Capitán. Eran las 16:30 y tenía que marchar a la alsina, que salía a las 17:30 para Villanueva. Despedida cordial y me dan su dirección, con la promesa de intercambiar postales. Rápidamente, visito a mi familia cordobesa y tomo un bocado, porque los minutos son escasos.
Y aquí estoy en Adamuz, en la cafetería de la parada de la alsina Córdoba‑Villanueva. Dentro de una hora estaré en casita. Mis padres y mi tía me abrazarán con sorpresa, pues nada saben. Y quizá, mañana o pasado, escriba alguna apostilla con reflexión acerca del Tour. Vamos a la alsina, camino de casa.
Villanueva de Córdoba.
 

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