Autoestop por España, 02

07-08-2009.
Viernes, 7 de agosto de 1964.
Primera etapa: Andújar-Almería.
16 h, Motril. Sí, Motril: un récord según diría luego el especialista del asfalto, Márquez. A las 9 de la mañana, en Andújar, me coge un señor llamado Orea (escultor de oficio, según nos dijo), a quien acompañaba un italiano (poeta, según nos dijo), y me lleva hasta la salida de Jaén, carretera de Granada.

Me tomo un bocadillo con una Coca-Cola. Tabaco. Un tiempo de espera y de agilizar el pulgar, y se para un francés (transcribo tal cual): S’il vous plais, monté-moi jusqu’à Granada. Acepta y, a trancas y barrancas, comprendo que va a Motril. Oui, oui, moi aussi aller Motril. Suspense: el francés parece tener mucha prisa, pues conduce su Fiat y atraviesa los pueblos a gran velocidad. «¡Cabrones, hijos de puta!», se oye gritar a los lugareños. Monsieur, s’il vous plais, doucement, doucement. Merde, merde, respondía el francés; y fumaba un cigarrillo tras otro. Y de un tirón me lleva hasta las puertas de Motril, en donde me deja.
Sardinas asadas, tinto con casera y desesperación a las puertas de Motril: llevo más de dos horas agilizando el pulgar y nadie para. Son ya las seis de la tarde. Tampoco he visto pasar a ninguno de los compañeros. ¿Nos veremos todos, esta noche, en casa de Márquez, como habíamos previsto?
Por fin se para un Seat 600, conducido por un hombre joven. Él también va a Almería y dice llamarse Mikael Kennedy O’Brien. Es canadiense, católico y bilingüe. Estudia ‑dice‑ Filosofía Católica en la Universidad de Halifax y le gusta la guitarra. Es de carácter alegre y charlamos dentro de nuestros límites. Me vi negro en comprender que estaba leyendo Los cipreses creen en Dios de J. M. Gironella. Very good, ‑decía‑; very good.
El paisaje es ciertamente maravilloso y nuevo para mí: nunca había visto estos caseríos con techos chatos (me vienen a la memoria mis tebeos de niño o las postales navideñas de sabor israelita). O’Brien conduce sensatamente. A nuestra izquierda, tras un pequeño llano con matojos de esparto amarillentos, las montañas se alzan fuertes, ariscas, ásperas con el mismo color del esparto. A la derecha, ese azul verdoso inconfundible del mar. Pocas playas, muchos acantilados y, en medio, nosotros, sobre esa serpiente alquitranada, cuya cabeza empezó a deslizarse en Andújar.
Hace rato que pasamos Adra y El Ejido. Quedarán unos 20 km, porque hemos llegado a un pueblito llamado con el bonito nombre de Aguadulce. O’Brien decide pararse en una pequeña cantina y me invita a bocadillo y coca-cola, que acepto con hambre y agradecimiento. Fumamos Edimburdo. Estamos cansados y está anocheciendo. O’Brien lleva otra guitarra; dice que le costó 200 dólares y, efectivamente, es bonita y parece buena. Toca algo de flamenco y ritmos populares canadienses. Se pone a tocar y no lo hace nada mal.
Reanudamos carretera a Almería, adonde llegamos pasadas las 21 h. Nos dirigimos a la casa de Márquez (calle Silencio, 5) y, como lo indica el nombre, silencio total: la puerta está cerrada y ni Márquez ni ningún otro compañero ha llegado aún. Hotel, dice O’Brien y me hace entender que «Si no llegan tus amigos, te vienes conmigo».
Llegamos al hotel Costa del Sol y pide una habitación doble: 750 pesetas. Vuelta a casa de Márquez. Nadie ha llegado. Espera en un bar. Jugamos una partida de dominó. Y me surge la idea de hacerle una especie de entrevista a O’Brien: yo le pregunto y él me responde por escrito en el cuadernillo‑diario. Hela aquí:
—¿De dónde vienes, señor O’Brien?
From Gibraltar to Torremolinos, to Málaga, to Motril…
—¿Cuánto tiempo estarás en España ?
For three weeks.
—¿Cuál es tu ocupación favorita?
On the beach swimming, visiting historic sites and listening to flamenco.
—¿Tienes amigos en Andalucía ?
I have very few friends here… Only one lady in Málaga.
Aquí paré la cosa, porque el bueno de O’Brien tardaba demasiado tiempo en comprender lo que yo le preguntaba. Volvimos a casa de Márquez y ya estaba. Cena de circunstancias y más o menos divertida, porque del canadiense había agarrado una disentería.
A mí me tocó dormir en una hamaca. Sobre ella estoy escribiendo lo que hoy ha acontecido. Sé que olvido un montón de cosas; pero estoy acabado, medio dormido y nervioso: don Jesús, Compains, Lorite, Martos y Ferrer no han llegado aún. Lo dejo, porque estoy molido. Hasta mañana.
Vista de Almería desde la Alcazaba.

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