Un libro amarillo: «Tumbas sin nombre», y 5

05-08-2009.
Desde Andújar, le preguntamos a nuestro estimadísimo en el Cabezo, Íker:

¿En qué andará pensando usted, para que existiendo bajo las teleplastias Misteriosa expresión, cuando se le reconoce no fraudulenta, cuya génesis y motivación se ignora, que aparece, desaparece o se perpetúa en el tiempo, mutando su expresión o, lo que es más curioso, cambiando a veces ligeramente su emplazamiento en el suelo. de Bélmez un osario de decapitados, es decir, de esqueletos sin cabeza, no profundice con su sapiencia bajo esas baldosas y aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid o el Jándula por Lugar Nuevo, venga hasta nosotros a hurgar en el asedio al Cabezo, sabiendo como sabemos nosotros, por fe e intuición, que si aquello ocurrió, que si desde un 18 de agosto hasta un primero de mayo, por nuestra Montaña Sagrada corrieron la sangre y el odio, no fue casualidad, sino una lógica “causalidad” de los poderes ocultos de nuestra tierra, que llevó a los hermanos de uno y otro bando a perpetuar el pecado del cainismo, sobre los cimientos ocultos del fortín del Xhándola, como si de aquellas razias Batida, redada. entre calatravos y almohades o entre templarios y hospitalarios se tratase? ¿Sabe usted algo de eso?
¿Tanto miedo le dan a estos personajes los cadáveres decapitados de Bélmez como para agarrarse al clavo ardiendo de Bru y compañía, salir corriendo al Santuario y equivocarse de fechas en ese capítulo de su libro que titulan: “Mayo 1936-Abril 1937: Del asedio a la locura”;cuando tal asedio se inicia con motivo de una concentración de paisanos y guardias civiles un 18 de agosto de 1936 para acabar el 1 de mayo de 1937?
¿Por qué tuvieron necesidad de llevar a Carmen Porter en plena oscuridad al Cerro? ¿Es que no pudieron buscar lo que todos tenemos atado y asumido a plena luz del día?
«Todo transpira tragedia y abandono»,escriben en la página 96 de su best seller. ¿No sintieron también, un poco de esperanza y nobleza? ¿Es que esperaban ustedes que las piedras viejas de la Casa de Colomera luciesen todavía, sobre el musgo de sus humedades, el color madroñero de la sangre?
¡Qué pena que sus facultades olfativas solo husmeasen angustias, gritos, casas siniestras y matojos y no haber saboreado el incienso serrano de nuestras jaras, de nuestros romeros, de nuestros riscos y de nuestros lentiscos! ¿No vieron ni una estrella sobre nuestros cielos? ¿No respiraron las brisas piñoneras que rinden pleitesía a nuestra Montaña Sagrada y se arrodillan contra los roquedales de ese Cabezo?
¿No escucharon ‑sin psicofonías‑ Grabación de sonidos atribuidos a espíritus del más allá. los ecos de los cánticos, las coplas, las salves y los rezos del pueblo andaluz, del pueblo manchego, del pueblo español, alabando, que nunca idolatrando como ustedes afirman, a María de la Cabeza?
Al parecer, su vocación es tan extraña como los objetos desconocidos de los que Viven, una vocación macabra, de osamentas que gritan y de espíritus que se retuercen, olvidando que, tras la muerte, hay un túnel de luz que todo lo quema, todo lo transmuta en amor y perdón.
¿Por qué no profundizaron ustedes en la anécdota que el médico forense, don Pedro Sánchez, pone en esta historia, al decir que el cuerpo del que “irrespetuosamente”ustedes identifican con “el Pelao” se mantuvo incorrupto, durante su estancia, en esa otra “tumba sin nombre” como fue la que le asignaron las autoridades republicanas de Andújar al Capitán Cortés en el camposanto de Andújar? ¿Por qué?
Son ustedes capaces de venir a Sierra Morena con una linterna para volver a Sigüenza a encajar sus fantasiosas encrucijadas y no se atreven, que nosotros sepamos, a llamar con la aldaba de su experiencia a las puertas de su catedral para preguntar al “Doncel” por sus cuitas de amor. Mucho menos al Cardenal Alonso Carrillo de Albornoz que, junto a Santa Librada, hermana de nuestra Santa Quiteria, forman y conforman una trinidad con muchas más tragedias, infamias, pecados y virtudes que las que adjudican en su libro a los asediados y sitiadores del Cabezo.
¿Acaso no vieron estos ocasionales protagonistas la silueta, gótica y modernista a la vez, de la Virgen de González Orea sobre el pedestal pétreo del desaparecido Museo del Ased¡o?
Cuando miraban hacia arriba, desde el frío de las tumbas sin nombre, entre el imperceptible ruido de las grabadoras, buscando la noche estrellada, ¿no contemplaron las campanas romeras de la espadaña más alborozada de las Andalucías?
Les anegaron el corazón los tufillos negros de la muerte, les cubrió con su sombra la pintura negra de la sangre cuajada y no vieron los lunetos, Bovedilla en forma de media luna abierta en la bóveda principal para dar luz a esta. entre otros, de Luis Aldehuela, de Jerónimo Mata, de Franchu Medialdea, pintores de la Andalucía nueva, limpia y viva que heredamos de aquellos hombres que en uno y otro bando lucharon por la libertad.
Hasta la policía científica, en la persona de Salvador Ortega Mallén, viene a caer en este laberinto de prisas y snobismos.
Si es mágico y heterodoxo su estudio, como pregonan en sus páginas primeras, si la sensitiva Ana Castillo es testigo de cargo cabal y creíble, si el libro está escrito para lectores que no intenten una sosegada reflexión, ¿por qué echan mano o piden auxilio a un policía que, por cierto, ya tendría bigote cuando la oprobiosa Operación Tridenteestrangulaba la libertad de expresión y de él nada sabemos en esos tiempos?
¿Qué les parece a nuestros lectores que todo un investigador, acostumbrado a las gusaneras de las morgues Lugar, generalmente provisto de refrigeración, donde se depositan los cadáveres que, por motivo de investigación científica o judicial, no pueden ser enterrados en el tiempo habitual. criminalistas, como es Salvador Ortega, se le ponga los pelos como escarpias, mientras remueve los hielos de su vaso de Coca-Cola?
De la parte del libro ‑recuerden que estamos hablando de Tumbas sin nombre‑ que anda con grafías y fotografías entre ocres y violáceas, nada que comentar. No merece la pena perder el tiempo en cotejar los rasgos faciales y morfológicos de unas teleplastias mutantes, con los rostros humanos de hombres, mujeres y niños que sólo se merecen la paz del silencio y el descanso en Dios.
Acabo este capítulo, con la mano abierta, con la mirada extendida hacia el infinito horizonte de la infinita gente, en la posible y deseada esperanza de que algún día, Íker y su compañero de aventuras, vengan sosegados, sin prisas, serenos que no medrosos, hasta esta ciudad de Andújar y nos presenten una quinta o una sexta edición de su obra, corregida y apta para la reflexión. Ellos son capaces de hacerlo.
Corregida con serenidad de ánimo y abundando en testimonios enraizados, aumentada con parsimonia creativa basada en la documentación y festoneada de esoterismo, De difícil acceso para la mente. que ambas cosas no se contraponen, diseccionando su opinión con el bisturí que separa lo uno de lo otro, cerniendo, con los arneses de su ética, los campos fértiles de la verdad, de los barbechos estériles que conducen a la oscuridad.
Ellos saben muy bien que no se puede servir a dos señores a la vez; no es correcto escribir un capítulo en misa y el resto repicando; no se puede avivar la llama del misterio con las coordenadas de una computadora digital. Eso es pecado mortal de incoherencia, capaz de hacer inviable la incógnita de cualquier enigma.
Estoy seguro de que si estos dos buscadores de misterios hubiesen conocido a Paco Calzado y hubiesen leído su libro El enigma de la Virgen de la Cabeza, ellos hubiesen seguido buscando OVNIS para dulcificar los insomnios de los radioyentes de Milenio 3.

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