Prólogo, 1

12-10-2008.
Si escribir siempre conlleva el asumir responsabilidades, el sacar a la luz un libro como éste, libro escrito entre cielos y tierra, pudiera acarrear, a mi propia carne y a mi íntimo espíritu, un costurón que ya doy por hecho y que únicamente el bálsamo del tiempo zurcirá.

Si, hace años, el intimismo primaba en mis poemarios y, en mis relatos, los recuerdos de mi infancia, la magia de los alfares y los yunques de las fraguas templaron o desbocaron mi imaginación, las caídas en el camino me han llevado a bucear en los naufragios de nuestra historia cercana, a hurgar en los dogmatismos surgidos de los falsos cronicones, a apuntalar las leyendas, sabiendo que todo cuanto se dijo o se escribió trajo hasta Andújar luces y sombras
Es extraño que un pecho adicto al verso y a la metáfora abandone los odres del ritmo y de la rima, de los sentires y de los impulsos…
A mí me ha ocurrido y por partida doble, pero tal ocurrencia ha tenido sus motivos y sus motivaciones.
En la primera ocasión, sucedió que un tal Cárdenas, de cuyo apellido no debo olvidarme, se permitió el lujo de ningunear a nuestra ciudad y a nuestras mujeres, convirtiéndose en inquisidor de nuestras hermosas brujas. No me pasmó su atrevimiento y falta de ética profesional. Lo que me dejó entristecido fue el lacerante silencio, la bobalicona pachorra y el trágala de la sociedad andujareña que, inmersa en fiestas y novenarios, no se molestó en alzar la voz contra el desaforado vocinglero.
De aquel pasmo me nació una novela, una obra que pellizcaba a la sociedad andujareña y ello, sin otro objetivo que el intentar, con aquel zarandeo, que nuestra ancestral prestancia no tuviese hollines. Aquella novela, llevaba el título de Andújar, la ciudad de los tarandos.
Han pasado diez años, ha transcurrido una pequeña rebanada de eternidad y han vuelto, hemos vuelto a las andadas; pero esta vez de un modo más mediático y compulsivo.
Esta vez, los personajes, que ‑con intención o sin ella‑ han intentado embarrancar el vuelo de nuestra historia o la magia de nuestras leyendas, se han multiplicado por arte o artimaña de Canal Sur con su programa de Regreso al pasado y por causa del amarillismo oportunista de un libro cuyo título es tan tenebroso como liviano: Tumbas sin nombre. Y, para poner la guinda, llega un juntaletras irrespetuoso y sandio de la capital del Santo Reino que, en un alarde de grosería, osa (nunca mejor dicho) escupir, sin remilgo alguno, sobre nuestro más “Sagrado Símbolo”.
Y la sociedad andujareña, cansada de tanto hacer el Camino Viejo, transida de conformismos…, permanece impasible, callada, sumisa, permisiva; lejos de la altivez y cerca del servilismo.
Pero siempre, en ambos casos, hubo sus excepciones; excepciones que aún abren rendijas a la esperanza…
Ante estas últimas nieblas, las de Flash back, las de Tumbas sin nombre y la blasfemia de Jesús Tíscar en el Diario Jaén, un escaso grupo de andujareños reaccionaron.
Reaccionaron unos escasos creyentes, algún que otro agnóstico y algún superviviente directo de aquella “paz del Talión”. Personas que pudieran estar al uno o al otro lado de las alambradas del mundo, ciudadanos del siglo XXI, hijos unos de los que descansan en esas tumbas sin nombre, hijos otros de los que aún esperan descanso en fosas comunes, indignados por ver el modo con el que algunos ocasionalistas manoseaban nuestra historia.
Contra tales desmanes sólo quedaba un remedio: hacer un alto en el camino, reflexionar, documentarse, airearse, consultar con los hombres y mujeres que aún tenían las cicatrices a flor de piel, y… dar un paso al frente; un paso que, a la vez que dignificara a la historia con el intento de la verdad, pusiese sobre los heterodoxos de siempre unas gotas de duda; gotas que lavasen las escorias de los falsos profetas, con una vocación por la búsqueda en nuestras raíces y poner una pátina de aurora boreal sobre las tradiciones; y ello para que nunca más haya sobre nuestra tierra una tumba sin nombre, nunca más regresemos al pasado, nunca más permitamos que se nos adjetive de rebaño…
Andújar, la ciudad de la mano negra y la mano blanca; la ciudad que tuvo por patrona a Santa Potenciana y tiene a San Eufrasio; la ciudad que, clavada en el sur, se desatina con el norte; la ciudad desmemoriada con sus hijos y casquilucia con los foráneos; la ciudad que fue convento y prostíbulo a la vez; la ciudad que levantó durante siglos el Santuario de las Andalucías, para derruirlo a sangre y fuego en nueve lunas y volverlo a levantar con el sudor de los vencidos y la venganza de los rebeldes; la ciudad donde el maniqueísmo es pandemia desde la Maestra a los arrabales; la ciudad que, como una princesa encantada, espera narcotizada la mano mágica de un príncipe que la despierte; la ciudad andaluza que más gasta en cera e inciensos, mientras anda en números rojos para dar refugio a los emigrantes que nos llegan en busca de trabajo; la ciudad que sueña con una “Basílica” sobre la cumbre de su Montaña Sagrada, mientras olvida levantar un paraninfo en el valle para que su juventud levante el vuelo; la ciudad que es capaz de signar con humaredas los añiles de sus cielos, convocando a la sabatina con docenas de cohetes, mientras permanece cruzada de brazos y huera de pancartas, pidiendo dignidad para los niños con deficiencias psíquico-motoras.
Es una ciudad que deberá replantearse sus actitudes ante el futuro porque, de permanecer anclada en esta mar chicha de sinergias sin que dé opción al oleaje sobre los acantilados, se convertirá, si es que ya no lo está, en una sociedad invertebrada; en un colectivo que regresa una y diez veces al pasado, no para hacer memoria de los hechos y corregir los rumbos, sino para tragarse todos los capítulos que los chamanes se inventaron y que tan buena cuenta de resultados les ha dado.
¿Quiénes son los demonios? ¿Quiénes serán los ángeles? ¿Por qué sobre el Cabezo de la Cabeza este volar y revolotear de tronos y de diablos, de dominaciones y de luciferes, de héroes y de villanos, de mártires y de verdugos, de calatravos y de templarios, de cruces y de medias lunas, de príncipes moros conversos y de reyes con cruces en sus lábaros?
Ángeles y demonios, demonios y ángeles que suben y bajan, serpenteando el Xhándola, en una larga y permanente batalla a través de los siglos. Una batalla invisible con episodios y tempos tristemente tangibles y concretos, en una lucha ‑a veces sorda, a veces estruendosa‑ entre los poderes y el pueblo, donde a éste se le encadena y se le encandila con la fe y la tradición, con tal de que el espíritu templario permanezca ‑para lo bueno y para lo malo‑ en connivencia con los poderes de turno, prometiendo el paraíso al pueblo sumiso y devoto, honrado y trabajador, fiel y leal; mientras los demonios atesoran denarios y amillaran tierras, sin dejar media fanega de realengo al peregrino para sembrar el trigo que dé pan a sus hijos, o plantar la vid que traiga vino a su mesa.

 

 

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