Versos sembrados, 13

02-10-2008.
84
Un poema que tiene mi expresa voluntad ‑lo declaro‑ de ser mi último mensaje… como testamento para después de mi muerte. Como esas personas, tan previsoras ellas, que pagan Santa Lucía ‑a plazos‑ la cuenta de su entierro, así yo, poeta de la sombra, quiero que al esparcir mis cenizas en el Rincón de los Poetas, alguien recite este poema.

Lástima que yo no lo pueda oír…, aunque a lo mejor lo acuno. ¡Quién lo sabe!
Epitafio…
AYER ME FUI.
DEJÉ MIS HUELLAS ROTAS
POR LA VEREDA DESIERTA.
Y MI SOPLO QUEDÓ FRÍO
SIN LAS MANOS AMIGAS QUE LO ESTRECHABAN.
DUERMO UNA VIDA CON PÁLPITO LATENTE
ENTRE UN GRITO DE SILENCIOS.
VENDRÉIS A MÍ
PARA LEER ESTOS VERSOS AMARILLOS.
TAL VEZ CON LÁGRIMAS Y RECUERDOS,
PERO YO ME HE IDO A ESE MUNDO IGNOTO
DONDE HABITAN LAS ÁGUILAS BABOSAS.
DEJÉ MI MENTE ENTRE LOS LEVES SURCOS
DE CABEZAS JUGUETONAS
QUE OLVIDARÁN ESTE MENSAJE INCONCLUSO.
DEJÉ MI SANGRE EN LA SANGRE DE OTRAS VENAS,
Y AQUELLOS BESOS DE CLAVELES
REPOSARÁN JUNTO AL HIELO DE ESTA TIERRA.
AYER ME FUI.
UNA CAMPANA RONCA
SONARÁ A DIFUNTOS CADA AÑO,
Y CADA MOMENTO SE DETENDRÁ
EN UN RINCÓN —POETA DE LA MOTA.
TÚ QUE OYES SU VOZ: iDILE QUE CALLE
85
En La Tira
Te escribiré mañana, tal vez, acaso,
contándote mis últimas tareas,
y hasta pudiera vaciarme en la memoria,
morirme hecho pavesa
o convertir el collage hecho un cumplido.
 
EN LIBROS DE OTROS
86
En Hoy he salido al campo, de C. Sánchez Cañete.
Prólogo. Agosto, 84.
Siempre amapolas
Después de tu paseo,
juncos del estanque oliva,
barbechos de cenizas, arroyos, rocas
que nos brindan el canto y las cigüeñas;
después de tu paisaje,
grillos del oscuro campo,
camisas de reptiles ya quemados
por el gas del abono, pájaros sonámbulos
que alegran nuestro tiempo con las rimas;
después del paisanaje,
mujer de sierra y viento,
niños del columpio en la arboleda
jugando a descifrar los pentagramas,
campanas de la ermita, nube, espigas
que riegan nuestros surcos de esperanza;
después de tu remanso,
viento flauta de un alba ya gozosa,
cerezas de carmín, besos del agua
encima del cristal de las palabras,
tal vez Eros, cansancio en las raíces
y un inmenso resumen de silencios:
…siempre en amapolas viva.
 
87
Y otro sueño roncado por soñar
En Epígrafe para poetas, de M. Peñalver.
Utrera (Sevilla, 1987).
Levantarse a las nueve, tosferina,
la meada de siempre, picha tiesa,
una mueca cosida en el espejo
con la pasta amarilla del colgate.
Se ha quedado la tos con esta fiebre,
aquel mirar al techo, el anuncio de lluvia
con su cara alargada comiéndose el pastel,
un bostezo sin alas, butano en la cocina,
y un florero se rompe, qué más da.
Se me muere ese pulpo aquí en la sien
y el sabor de guindillas se repite
aquella noche lunar de la cantárida,
cuando lento le digo a mi cigarro
que un posible responso, qué más da.
Hoy pillé a mis huellas dactilares
apretando el reloj de una muñeca,
y volví a poner sábanas limpias
por si acaso, tal vez, quizás mañana…
sin embargo, hay goteras, qué más da.
Dibujé el corte inglés aquí en la nuca,
un borracho da voces, un sueño ronca
con su ronco ronquido por soñar,
el lagarto del cómic allá en los pinos,
Pinochet y ese póster, qué más da.
Es mañana quien hace las maletas
y traerá un adiós mirando al suelo,
la vecina, este grifo, aquella muela
siempre dando por culo con su pus,
unos versos de ira y, qué más da.
Un bocata tal vez, otra aspirina,
la mirada perdida en la cerveza,
mientras tanto su sexo duerme y late,
buenas noches de culo en el petate.
Y otro sueño roncado por soñar.

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